Este
lugar es un bodrio, es tan gris, es tan oscuro, es tan llorón, se parece a vos
cuando nos peleamos. La cama que tengo es chiquita, y pienso que no
entraríamos, entonces nos pelearíamos, entonces vienen los besos. Sabés que no
se preparar mate, quisiera que estuvieras acá. Y hablaríamos de que Lanús es un
llorón.
Ayer
se me apareció Sombra otra vez, pero todavía no dice nada, solamente está de
espaldas y cuando la miro se va. Quiero verle la cara, debe estar rota, o fea,
desgraciada, ¿Por qué no quiere que la vea? Por algo se aparece. Sombra es
mujer, lo puedo sentir, porque tiene timidez femenina, no hay violencia en su
transparencia oscura. O es mujer o es un hombre muy chiquilín. Me sorprende que
me haya seguido hasta acá…
Me
voy de tema, que terrible egoísta, siempre bla bla bla de mí, pero no te
pregunto cómo estás porque sé que estás bien, vos sabés cuidarte, aunque a
veces siento que no y me acuerdo de que sos humana como yo. Disculpa la
frivolidad. Lanús sin vos es un bodrio gris oscuro y llorón, tal vez si
estuvieras acá Lanús sería hogar.
P/D:
No uso perfume, capaz para mi cumpleaños me compre uno y lo use, eso de que me
inventes un olor no me gusta, me hace sentir medio desnudo
Diciembre,12 Tadeo, Te pido que te pongas algo de perfume, y que siempre uses el mismo cuando nos encontremos, así te me quedás grabado para siempre. El perfume es eterno, y los que crean los perfumes, además de crear perfumes, crean memorias. La memoria olfativa es de las mejores. No tiene fecha de vencimiento. Ponete cualquier perfume. O mejor te invento un olor, como los tienen las casas. Olorcito a vos. No hace falta un Hugo Boss, vos ponete el que quieras. Capaz usas perfume pero no lo siento, debe ser muy suave. ¿Que perfume usas? Quiero que cada vez que pase alguien con tu perfume te me vengas a la mente. Aunque sea un viejo demacrado que ni se parecería a vos aunque yo estuviera miope. Aspirar, y que ahí estes. ¿Cuando volvés?, ya te espero desde antes de saber que lo estoy haciendo Lucía, tuya
Mara mira por la
ventana y contempla una Argentina que la desapega de todo nacionalismo latente
y diminuto que haya tenido antes, cuando ve que en las paredes hay graffitis
insultando a compatriotas, que más que eso son hermanos, compañero de tierra,
quién sabe si traidores o no, pero hermanos, y a veces los hermanos se pelean o
tienen desacuerdos, también, hablan mal del otro, pero al final del día, la
hermandad tiene que seguir porque es casi una obligada unión, como cuando
compartimos banco en la primaria, y entonces nos llevamos bien de a ratos y de
a otros somos falsos, algunos, indiferentes. Se seca la vista de esa imagen y
va hacia los canillitas de la esquina o a la bandera más atrás flameando como
en una película, parece tener vida propia, y gritar “acá estoy, soy suya, son
míos, somos nuestros” aunque con voz ronca. Mara escucha. Prende un cigarrillo
y tira el humo en aire compartido. Prende la radio y escucha las noticias tristes
del día, parece que las noticias felices no tienen lugar en los titulares, y
las pocas que hay concurren en el nacimiento de animales en cautiverio o alguna
otra pavada amarillista. Mara se pregunta, a veces, que es la patria, y le gustaría
volver a la primaria, ahí donde preguntan esas cosas, donde todavía tenés
inocencia, lo que también puede ser ignorancia. Siempre contestaba que la
patria era la bandera, o la escarapela, o el amor a alguna de esas dos. Pero
era algo más. Más que Belgrano o que el himno. No era querer a una cosa, ni
siquiera era querer. Era amor abstracto que recién se sentía en épocas de
exilio o de atentado. Recién cuando la patria estaba siendo amenazada, recién ahí
venia el amor, la necesidad de querer abrazarla, consolarla, curarla. No sabía
si la patria era un sentimiento, una pasión, o una ilusión del corazón, ni si existía
en todos, o solamente en algunos. Pero tenía que existir, en algún lado estaba
escondido ese significado de patria, porque alguien invento esa palabra, y a
toda palabra se le da un significado. A veces lo palpaba cuando veía que los
otros miraban partidos de futbol y gritaban. Pero eso era más amor al futbol,
se repetía. Otras, lo escuchaba gritar de dolor cuando escuchaba algún relato
de Malvinas. Cuando escuchaba Costumbres Argentinas y La Argentinidad Al Palo. Cuando su abuelo escucha tango o una zamba. o se leía en poemas que
rimaban en actos del colegio. Pero ella pensaba que nosotros no éramos yanquees
que tenían un 4 de Julio. Teníamos al 25 de Mayo o al 9 de Julio, también el
Día de la Tradición. Pero en ningunos se olía la patria. Piensa que hay que
imitar ese nacionalismo yanquee, pero no tan al extremo. Igual Mara lo piensa y
se ríe. La patria estaba ahí, mendigando amor en los disfraces de damas antiguas
o aguateros, en los actos infantiles, entre las bolsitas de escarapelas, al
borde de la cornisa del cabildo, en alguna estrofa del himno. Igualmente,
siempre, existía. Estaba ahí. Mara prepara el bolso, tira unos borcegos negros,
y todas sus remeras favoritas, las que no lo son también, más ropa para
nombrar, y en fin, todo listo. Tira el cigarrillo por la ventana porque ya le
estaba quemando los dedos el filtro. Se lava la cara y del espejo se sigue
viendo la bandera a lo lejos (¿la estará despidiendo?) Sonríe, no sabe porque.
Antes de marchar, un último tour por la casa. Antes de despedirse uno trata de
impregnar el recuerdo en la memoria, y que la despedida quede, ¿Por qué queremos
guardar despedidas si tanto las detestamos? No sé, será porque necesitamos un
final asegurado para todo eso que se nos va. Mira, escucha, siente, huele,
toca. Hay ecos rebotando y aunque sea un espacio confinado sin significado, se
vuelve como la boca de un enamorado, y no la quiere dejar ir. La casa no la
suelta, porque aunque no haya nada de Mara adentro, sigue ella ahí parada, todavía
no se fue. Parece que se besan, o tratan de intercambiar un abrazo telepático.
Unos pasos atrás, y sus pies pisan el pasillo: ya no está en la casa, su casa,
sus pies ya no están, ya Mara se fue. Adiós Casa. Fue una despedida rápida, sin
lágrimas, pero la casa lloro unos días hasta que encontró colgada en la pared
una de las fotos de Mara. Y se quedo mirándola por meses. Mara está yendo a pie
y paso lento al aeropuerto, se fue a pie aunque eran más de 30 cuadras. Se
dedico a observar todo por última vez, hasta eso que alguna vez detesto, o lo
que nunca había notado. Parecía una turista más. Hasta tenia curiosidad del país
en el que había convivido hace más de 20 años. Algunos se van sin haberlo
visitado todo, completo, hasta la última colina o valle. 20 años y siempre en el
mismo lugar, ni siquiera tuvo tiempo de apreciar el lugar en donde estaba
siempre, menos lugares que estaban a kilómetros de distancia. Llega al
aereopuerto, pisa los primero escalones, y siente que le tiemblan las piernas.
No le sale llorar pero algo le pasa adentro, muy adentro, a flor de piel. El
ultimo suelo Argentino que pisaba, pero la patria no era solamente suelo, era
mucho más, era la hermandad que unía el suelo, la libertad que mandaba al
pueblo, el orden que reinaba, no solo el suelo, porque el suelo es tierra sin
nombre, y cuando a esa tierra se le da un nombre, nace la patria, y cuando la
patria encuentra a un hombre, nace el amor. Y entonces borro por unos segundos
la corrupción, el engaño, el fastidio, la guerra, la decadencia, y toda la
maldad que aquellos que lideran suelen tener hacia la patria, hacia al suelo,
hacia nosotros. Unos segundos sin malicia, unos segundos de solo lo bueno y
nada más que lo bueno. Pero, después, descubrió que la patria también era todo
lo malo, todos los sufrimientos, todos los sacrificios, todas las luchas, todas
las caídas y todas las muertes. Entonces, la patria era todo: la muerte, un
niño, el amor, la codicia, la humildad, el odio, el sentimiento, la frialdad,
la lucha, la paz, la victoria y la derrota, entre otras dualidades infinitas.
La patria se sentía cuando uno se iba, o cuando lo echaban, pero, la patria
nunca nos dejaba, porque siempre que se iba, en verdad no se iba, nosotros la dejábamos
por ahí, o nos olvidábamos de buscarla, pero nunca se iba. Era el lugar en
donde queríamos morir, porque pese a todo, era un hogar, una madre postiza, una
tierra con alma, una democracia.
La patria era libertad.
Horas después, Mara arriba en
Barcerlona. Ella no estaba en su patria, pero seguía sintiéndola igual. La
patria, era amor. Un último adjetivo que la definía en claridad.
Cuando estoy con vos
soy La Nada
y me siento aguas
que van y vuelven
que se van y se callan
Quizás a la deriva
quizás desnuda
quizás destrozada
Cuando estoy con vos
soy El Todo
y me siento gigante
te miro desde arriba
como mirabas antes
Quizás fuerte
quizás mejor
que antes
Cuando estoy con vos
en tus abrazos
en tu ojos
o en tus besos
tambien
en tus hombros
y en tu espalda
cuando estoy ahí
en vos
con vos
me siento todo
me vuelvo nada
frágil
ligera
fuerte
pesada
y en mi nada sos mi todo
y en tu todo soy tu nada
Déjenme explicarles, que es muy raro (No es raro
extraño y raro ni es extraño
que me sienta así otra vez un proceso natural
que no quiera soltarme de ahí pero si es del corazón
que no quiera salirme entonces vale la pena dudar).
y huir
mientras tanto y entre el beso, se me corre la mejilla (Un simple beso,
se me va hacia atrás la pera simple si se le puede llamar,
sobre el hombre la pera quieta ningún beso es simple
pero luego tiembla, casi que se cae, está a la orilla a menos que un "simple" vaya a besar).
ya no más el beso (Besar en la frente
un beso en la frente y otro más se parece a beso maternal
no lo miro a los ojos beso de los mas puros
parezco asustada estar cuando se trata de besar
no lo miro a los ojos y mirar a los ojos
no lo quiero mirar mejor que palabras dar).
ya el abrazo abraza y abrasa (Si el abrazo no abrasa
ya el beso besa y pesa es muy mala señal
ya en la felicidad hay mucha tristeza como si en vida no hubiera felicidad).
Déjame explicarte (No hace falta que lo diga,
cuan importante hace falta que lo sienta
resulto esa sensación tener presente y aquel entonces lo sentí
porque en mi mente desde aquel entonces hasta aquí
pareció mucho de mi
que por fin ha cambiado el amor volvió saben que es muy gra(nde)ve
y esta vez, diferente el estar en(amor)ado).
¿Cuál es el verdadero límite de lo imaginario?, ¿cuál es la
verdadera esencia de lo real?, ¿que existe y que no?, ¿que es imposible y que
es alcanzable?, ¿de qué están hechas las realidades, y todas las verdades,
dogmas o pasajes?, ¿Porque no puedo llamarme creador? Crear cosas que solo su
progenitor pueda observar, imágenes que solo él pueda ver, porque son sus
obras, sueños suyos, escapes, laberintos, ventanas, grietas que el mismo
fabrica para salir de la línea en la que todos van, lo monótono, lo cotidiano,
para escapar de una creación ajena creada para él y para más, crea mundos que
lo saquen de ese mundo que no es de él, entonces no intimo, entonces no le
gusta, le molesta en algún lado, le pincha, le sopla, le estorba en el ojo y en
el corazón, no es de él, ni para él, entonces no siente que ese mundo lo abrace,
ante la escasez de eso que el busca, que mejor solución que crear el mismo lo
que no tiene y solo él puede llegar a hacer intimo, para él solo, con
posibilidad de compartir (o no), pero aun así, propio, de él, nada más que del
creador, y entonces nace una colección de fotos superpuestas entre sí, un poema
sin rima, una canción garabateada, pinturas terciopelo, acuarelas en los dedos,
lagrimas en las hojas, ojos apretados cantando y zumbando música, cuerpos sin
cuerpo y sin dirección que se mueven y se desplazan siendo nada más que otro
cosa que no es cuerpo, escritos sin terminar en cajones, bibliotecas amadas de
libros infinitos, sonrisas al ver una creación terminada, eso que llamo arte,
amor o goce, algo que se hace parte del mundo, mi mundo, ahora finalmente mío,
para mí, y también para los otros, pero antes que aquellos es para mí, siempre
está para mí, eternamente disponible para abrazarme, tocarme de lejos, dejarme
llevar, anestesiarme, hacerme dormir, ayudarme a escapar de mí, del mundo que
no es mí mundo, y ese mundo del que yo soy creador, ese es el mundo mío, mi
mundo que más se parece a un hogar, a brazos de madre, a casita de juegos, a
escondidas, a fortines con sabanas, a unión, a homogeneidad de toda el alma
mía, a todo eso que soy yo, y todo eso que no, que en mi mundo, pasa a ser
realidad, mí realidad fantástica que aún lo llega a ser real, porque solo en mi
ojos así se verá.
Dar un oído al que necesita que lo escuchen, dar abrazo al que no lo pide, dar una campera aunque vos estés muerto de frío, dar aliento al no tiene esperanza, dar fé al que no la tiene en sí mismo, dar millones de consejos a quién te los pide, haciéndote el experto, aunque vos estés más perdido que el otro. Reírse de un chiste que no te dió ni la más chiquita de las gracias, ir a comprarle el perfume que le gusta aunque sabés que tiene mil, besarla/o achicando la espalda porque no llega a tu altura, mirar esa película que le gusta aunque te resulte aburrida, donar unas horas de tu tiempo para estar ahí. "Estar ahí..." Estar por estar, presencia (porque con el "deseo" de estarlo, no hacemos nada). Estar ahí, querer estar ahí y estarlo, yo te miro, me ves, sabés que estoy ahí y no te das una idea de que bien se siente que estés acá, y aunque nadie lo note, uno no se puede decir amar a alguien cuando no está ahí, si no allá. Amar o querer, la mayoria del tiempo, es simplemente estar ahí, pese a todo, contra a nada, en felicidad o tortura, en libertad o cárcel, en pelea o entendimiento. Estár ahí. Decir presente en el otro, que el otro lo sienta, me sienta, y entonces se produce lo recíproco. Estoy. Estás. Estamos.
Sentís el frío apoyarse en la planta de tus pies, como se arremete entre tus dedos, y te causa escalofríos, tus piernas se balancean hacia delante y atrás, y tus uñas tienen vértigo. Tus manos bailan, haciendo equilibrio, con miedo en las puntas se ondean, y toda la parte de tu pecho se ensancha, luego se hace pequeña, y luego gigante de vuelta, todas tus respiraciones se vuelven nada, son las ultimas, son nada pero al la vez todo. Una respiración más, una muerte más. Tus pestañas se mueven al ritmo del viento, y tus ojos no se quieren abrir hasta terminar de absorber la ultima bocanada de aire fresco, limpio, puro, todo eso que es contrario a todo aquello que hay adentro tuyo en ese momento. La luna te mira testigo, la única testigo presente, no sabe si llorar lluvia o ocultarse atrás de las nubes nocturnas que se asoman para verte. Esto ya no es un juego, como en ese vídeo musical que tanto te gusta. Siempre fuiste más oscura que el negro color, pero no eras maligna como gato negro, más bien eras un tono elegante que sensualmente era único. Una ultima mirada al cielo oscuro, y sé que elegiste la noche porque todo de ella siempre te parecía extraordinario, su belleza, sus secretos, su soledad, su personalidad. La osa mayor, la menor, más allá las tres marías, y esa que parece la Cruz del Sur está más brillante que nunca. Mucha iluminación mata a la natural hermosura de la noche en la ciudad, aún así, ese será tu ultimo paisaje. Inhalas. Fuerte. Rápido. Ahora vas lento. Te dejás caer hacia adelante, y tus brazos abiertos parecen abrazar a ese vacío que ahora se completa con tu densidad y se hace un todo lleno de nada. Mientras caés, sentís una sensación extraña pero conocida: cuando te caías de la cama y mama te decía tranquilamente: "Ya pasó, solamente un golpecito, no llorés más, volvé a dormir". Ahora mamá no te mandó a dormir, pero supongo que hiciste de ella por ese segundo, y te dijiste a vos misma "A dormir...", porque únicamente así los problemas se iban: solo si vos te ibas. Sentís un dolor que pasa a ser tortura, y de a segundos no sentís nada, porque el dolor te fatiga todo el cuerpo y se va durmiendo. Escuchás voces. ¿O es música? Tal vez ambas. Ves una luz rara, amarilla, que no encandila pero ilumina todo. "Ya pasó, hija, solamente un golpecito..." y después, la eternidad desconocida, que preferís no revelarme, porque ese es un secreto que ni en los sueños se puede decir.
Abrazar un muñeco de la infancia, tan fuerte que el olor a tierra y risas se desprende de la tela, y cerrar lo ojos, pensar que presenció mis primeras palabras y sonrisas de bebé, llenas de esa inocencia que no se encuentra nunca después de los gloriosos 5 o 6 años. Después de esa edad no nos dejan llorar mucho, como antes, y entonces guardamos esas lagrimas para cuando nos raspamos las rodillas o algún capricho. A medida que pasa el tiempo, esas lágrimas se guardan más, ahora ni siquiera lloramos para que nos cumplan caprichos, quizás solamente nos dejen llorar cuando nos golpeamos fuerte, pero en ese "golpearnos fuerte" no hablamos de temas del corazón. Te miran como bicho raro, y quizás te digan el famoso "Hay cosas peores", pero para vos lo peor es eso que estás pasando. Sin darte cuenta ese "fin del mundo" que te hizo lloriquear a escondidas, pasa. Y volvés a guardarte las lágrimas, porque están marginadas al lado de las sonrisas, tan bien vistas, tan alagadas, tan necesarias para la empatía. Al parecer la tristeza está mas juzgada que la felicidad, aunque sean sentimientos. El adulto llega a un punto en que ni siquiera puede llorar para sí mismo, porque él solo se juzga y se siente humillado, chiquilín, "¿para que llorar por esto?" o "ya estamos grandes", y entonces el adulto llora muy poco, o capaz algunos ni tiempo de eso tienen, tan ocupados con la rutina y el trabajo. Los sentimientos después, más tarde, eso no importa, y todo eso se va reprimiendo adentro, molestando a todos los órganos, y ni se dan cuenta, porque es muy difícil entre tanto ruido y sueño. ¿Querés llorar por dentro? ¿Por fuera? ¿O simplemente sentir sin querer? Abrazá a ese muñeco de la infancia, mirá esa foto de tu papá o mamá, escucha la introducción de ese dibujito animado que mirabas a la tarde, algo que te conecte a esa época miniatura en la que la mayor preocupación era tener un compañerito con quien jugar o simplemente jugar. Porque la vida es eso: jugar. Solo o acompañado, pero jugar el juego hasta el final.
Existió una
simbiosis entre nosotros que desencadenaba en aquella relación de mentes increíblemente
iguales en cuanto a deseos, pensamientos, y también porque no, oscuros
pensamientos y deseos. Dionel notaba ese roce suave y casi ficticio que hacían nuestras
palabras cuando se encontraban intimas entre sí, y encajaban perfectas una con
la otra, oración tras oración, como en un rompecabezas asiático. Había pistas y
momentos que dejaban al descubierto hacia los demás esa condición especial
entre nosotros dos, y quizás los otros envidian aquel aspecto, aunque más
supongo que lo tomaban como algo vulgar y obvio entre dos. Teníamos
desacuerdos, si, pero discutíamos por el solo placer implícito de avivar el
vinculo, ya que el amor ama el conflicto, y los humanos también desean ese
desorden que los altera hasta terminar de ordenarlo esporádicamente a su gusto,
y sigilosos esperan otro desorden, que si no surgen ellos mismos lo provocan
sin querer queriendo. Pues, en la música, también discerníamos, y eso era algo fantástico,
ya que pude aprender de Stevie Wonder o los Yeah Yeah Yeahs como nunca en las
revistas, y debo admitir que me llego a gustar
aquello que ignoraba por completo, porque uno se alimenta del otro, y
toma cosas buenas, malas, y algunas otras sin clasificación, que se pegan en la
personalidad o carácter de uno como chicle o pintura roja. Así es que,
compartiendo gustos, íbamos de cine en cine criticando como los mejores a las
peores películas del cine Argentino que salían a cartelera, y entre parejas que
se besuqueaban en el fondo de la sala, nos reíamos de las malas actuaciones, así
cuando terminaba la película, salíamos de allí, rompíamos el pacto ficcional, y
seguíamos el film nosotros mismos, y aunque fuera en otra parte de la ciudad o
en Misiones, el escenario no importaba porque teníamos la imaginación por dos
cabezas.
Una tarde de Octubre
llamo Nulú, y que Dionel tenía a Julieta y a Camille, ya hace 2 meses de esta
mentira, que a ella le mintió porque le decía que iba a Buenos Aires por
cuestiones de la empresa, ella su esposa para siempre, y yo una veinteañera que
tan inteligente no era se ve, porque así nomás te engañaron a vos, una putitaingenua más. Guardé silencio y solo dije perdón. Ni sabía a quién
se lo estaba pidiendo o diciendo, solo sabía que el silencio otorgaba y algo debía
decir. La simbiosis mental que en mi encontraba Dionel y yo encontraba en el,
era una relación de pensamiento, de atracción cerebral, nuestros besos eran
largas charlas de café sobre Cortázar o Da Vinci, yo también tenía a Dante, el
tenía a Nulú. Todo era explicito pero a la vez oculto y raro, no hablábamos de
ellos porque no sabíamos si era infidelidad o que cosa. Nuestro final llego
como empezó lo nuestro: sin querer. Pero nosotros no nos separamos, no alejo el
destino disfrazado de cordura, realidad, o tal vez Nulú, también Dante, que
luego me dejo porque según el aquello fue una traición. Y le terminé dando la razón,
y más que eso, le pedí el perdón, porque me di cuenta de que la atracción mental
era aun más peligrosa (e íntima) que la física, ya que se puede besar más apasionadamente
con palabras y se puede llegar al placer o al amor con solo dos voces hablando
entre sí.
"Te extraño, ¿sabés?
No, no lo sabés.
Como si te importara siquiera.
Te necesito ¿podés creer eso?
Claro que lo podés creer, si siempre me hiciste necesitarte.
Te necesito más que nada por las noches, el sol es mi anti-depresivo, mi sol erás vos, y tenés otra cosa en común con esa estrella ahora: estas lejísimo; pero igual te sigo sintiendo en la piel, aunque eso es lo peor, porque no puedo tocarte, solamente sentirte y verte, aunque me dejes ciega y seas una visión.
¿Porque seguis acá adentro mío? ¿Me superaste? No podría superar que me superes.
Te amo. Esas palabras del diablo y de Dios. ¿Crees en Dios? Se que no crees en él, pero en las noches alguna que otra plegaria se te suelta sin rezar, como al mi algún que otro recuerdo tuyo me hace llorar.
Todavía te amo. Y odio eso, pero odiarte a vos es imposible.
Ese es mi infierno, vos mi edén.
Besame.
Matame.
Llevame al más allá.
A donde quieras.
Salvame de este quicio que es extrañarte en mi silencio.
Te necesito.
Aunque no sepa que signifique eso y quizás no te "necesite", si no que te quiero conmigo por capricho o soledad. O eso que llamar "amor" algunos.
Esta noche, vi a tu nuevo amor, quizá eso me hizo acordarme de vos." Él recibió aquella carta y la rompió. Al igual que rompió el corazón de esa chica que la mandó.
En el bajón del Domingo, todo puede pasar. El Domingo es un día especial, en el que todo se vuelve más denso, más pesado, más melancólico. Aunque sea en algún momento de él, así sucede, que nos volvemos una cara larga que no sabe que le pasa y prefiere no saberlo. Todo empieza cuando ponés play a esa canción que siempre te causo escalosfríos, o alguna que otra que te dedicaron o dedicaste, vaya forma de arruinar una canción, que esté atada a un recuerdo del pasado. Tarareas la letra en tu cabeza, hasta que llegas a esa parte en la que gritas cada palabra de cada estrofa: "Si te veo ahora, aunque termine en unos vicios, tomo una botella y juego a la botellita, con vos". Gritás la letra. Y casi que llorás cuando termina de sonar la canción. Así continuas escuchando música, hurgando en las canciones más viejas, en las carpetas más olvidadas, en las listas de reproducciones más oscuras. Lo extrañas. O la extrañas. O extrañas un momento, un lugar, una voz, esa risita que te llenaba el oído, la forma en que te abrazaba o los besos que se fueron. Después, te sentís inútil. Frágil. Te sentís un nene que llora cuando la mamá se le va, vulnerable de nuevo. Y te rebajas a ese nivel que todos hemos tocado, cuando en verdad llegamos al fondo de ese barril grande y hueco que es la melancolía de llorarle a alguien o a algo que ya no está, que se fue, que no existe más. No sabés a que le estás llorando, si a la pérdida o si a la soledad, si te frustra no poder despegarte de ese pasado o el simple hecho de que ese "pasado" ya ni te registre. No sabés a que o quién le lloras, pero vos llorás. Deseás que muchas cosas no hubieran pasado, o que algunas no estuvieran en tu memoria, y que otras en vez de estar allí estuvieran presentes en tu realidad, esa que en el Domingo te asecha y cómo el cuco te hace llorar como un nenito de mamá. Y en alguna parte del día, te das cuenta, que al fin y al cabo, siempre se llora por uno mismo. Sentís que el nudo de la garganta se va desenredando, los ojos se te limpian solos, mirás para abajo, movés la cabeza de izquierda a derecha, y seguís escuchando canciones tristes. Pensar que el Domingo está hecho para eso, para sentirse vacío, y allí conectarse con lo que nos llena, con todo eso que somos: nuestro pasado, el presente, y ese futuro que con suerte será mejor que hoy.
Abrazo un recuerdo, pero no un cuerpo que ya hace mucho no veo, ni siento, y en ocasiones ni lo puedo memorizar. Se que mis brazos iban por sobre tus brazos, y que mi cabeza en tu pecho apoyada estaba, mientras cerrabas los ojos, y la punta de tu pera rozaba suave entre mi pelo. Mis manos sienten tu espalda, tán frágil, tán lastimada, tan flaca y débil, tu cuerpo era algo que parecía romperse si muy fuerte lo apretaba contra el mío, pero aún así lo extraño. Tu tez, tu textura, tu olor detrás del cuello. Hacer puntas de pie porque eras muy alto. Y eso era lo que más me gustaba, siempre inalcanzable, siempre austero, siempre altísimo. Largos ratos en tus brazos, tan largos que sentía que allí era donde mis respiraciones iban a terminar. Te corres el pelo de la cara, mientras frunces el seño y la nariz, cómo siempre lo hacías, una especie de tic que no te conocías, pero yo sí. Me miras con tus ojos negros y pequeños, y vuelves al abrazo.
Abrazo un recuerdo de un abrazo. Extraño un cuerpo que me es extraño. Amo este amor que ya no me ama. Odio este dolor que ya no es dolor...si no un intento de olvido.
Hay un ultimo beso, que tiene gustito a olvidar, a últimos momentos, a pequeña muerte, a desapego y a despedida. No se percibe como ultimo beso, si no como un apretón de manos, como un "Buena suerte", que despliega la seguridad de que ese beso no sera el ultimo de los últimos besos, si no una pausa, una tregua, un recreo para volver al mundo real, porque vivir en jardines no siempre se puede, el mundo es peligroso pero allí hay que vivir. Nuestro jardín o habitación es un espacio secreto, intimo, porque lo arreglo y lo pinto a mi gusto, en el mundo, el artista es el destino, y ahí te quiero ver. El beso es eso, intimidad entre multitudes. Un jardín secreto. El prototipo de un éden. Hay un beso, un micro-beso, un abrazo de bocas, un lenguaje sin palabras, que tiene gustito a todo y no es de nadie, viene y va, hasta que termina en un recuerdo, y allí perdura entre otros besos ajenos, pero nunca como último beso es recordado, ninguno de ellos lo será jamás, y esencialmente eso es porque no lo sentimos cómo último beso cuando lo estamos dando, en el medio de nuestra creación de un beso con el otro. Es que, de ser así, de saber que aquel sera el fin de los besos, seguiríamos besando por la eternidad. Todos los besos son los últimos, los últimos hasta que nos volvamos a besar.
Pareciera que el Bar Spaña es un antro valdío y solitario durante las madrugadas. Ni un grillo ambientador se oye rozando siquiera su cu
erpo a tierra, ni el zumbido titilante de una mosca. Pero, tal vez, si se apreciera más de cerca y con el oído limpio hasta la médula, se podría escuchar cómo Gardel hace puntitas de pie, y sigiloso se va colando entre las paredes y muros del bar, para escaparse afuera y vaguear por las calles en busca de nuevas musas que refresquen su cancionero olvidado que ya sin tangos garabateados está. "Y si solo en tus ojos está esa belleza, ya no sé que adjetivo ponerle a lo demás...", piensa para sí cómo público ausente mirando a alguna muchacha pasar. Se podría escuchar cómo Charles Chaplin baila por encima de las mesas y se escucha cantar cuando el eco de su voz rebota en las paredes al unísono. Hay un cuadro de Sábato que recita antiguas y célebres frases cómo "Ella me daba la mano y eso era amor..." y al fondo un Borges pintado a acuarelas repite romántico "...Me gustas cuando callas", y si gusta, se escapa del marco para tomar un trago de Whisky. Muy escondido, cera del baño de hombres, esta la imagen de Cortázar que siempre quieto se sienta a observar las caras de los que pasan y colecciona sus facciones para luego imaginarlos en alguna aventura. En un cuadro muy tímido, en el baño de mujeres, se puede leer en imprenta minúscula: "Avanza sin miedo" y de madrugada a madrugada, las letras salen a jugar con un John Lennon en blanco y negro, que distante se alegra de ser acariciado por tan solemne calor como el que dan las letras al alma sin palabras. Comienza el sol a dar entre las sillas de madera barnizadas, la temperatura calienta los asientos rojo viejo, y el polvillo se vuelve amarillo diáfano. Todos de vuelta a su lugar, hasta la próxima noche será.
Afuera llueve a cantaros y Franco camina por una vereda más
oscura que una boca de lobo feroz. Yo cruzo la calle para ir detrás de él. No
tengo miedo, pero el camina como si alguien lo estuviera apurando. Silueta
perfectamente negra y manos inquietas que golpean sus piernas y rodillas al
compás de la canción que sale del auricular. De a ratos movía la cabeza cuando
el coro lo llevaba a un éxtasis mayor y tarareaba el grito final. Se dio la
vuelta porque escucho que me reí, porque ver de nuevo a ese Franco emocionado y
feliz que tocaba una guitarra de aire me daba cierto placer y algo de melancolía
por haberlo olvidado. Él me mira como me solía mirar cuando me aparecía por su
puerta de sorpresa. Me sonríe. Yo empiezo a llorar pero mis lágrimas se
traspapelan entre las gotas de lluvia, entonces no nota que lloro por él. Me
sonríe aun más. Me toma de las dos manos, que parecían lastimadas, porque dolía
que me tocara la piel, como si me quemara de forma suave pero peligrosa. Me
dejé tomar las manos solamente porque era él, y recordé que así se sentía también
cuando me besaba. Los relámpagos se hacían más fuertes hasta que me asustaron
cómo a una nena huérfana en el medio de su habitación oscura y prematura.
Entonces Franco se hizo aún más alto de lo que era, y posó todo su mentón sobre
mi cabeza mojada y temblorosa. Me besó la frente. Yo quería un beso de aquellos
de antes, pero él me dijo que era malo para los dos, no, tampoco es que quiera, vos provocaste que yo no te pueda besar, y me consolaba con un
abrazo nada más, que me conforme, que no me queje porque eso era bastante. Yo
me reí porque recordé cuando él simulaba enojarse conmigo y yo como nena tonta
lo perseguía por toda la casa. El también se rió, pero de un segundo a otro se
volvió serio.
Franco dice una frase que no logro entender, me grita, me
insulta, me apunta con el dedo índice y me empuja, pero al mismo tiempo me pide
perdón y me sostiene en el aire denso y húmedo de la noche de lluvia. Me deja
tirada en la vereda que también arde en el cuerpo. Cuando esta por desvanecerse
entre la neblina y las líneas rápidas de lluvia dulce, se da la vuelta. Corre.
Vuelve hacia mí corriendo. No llega, no llega. Nunca llega a mí como si mi cuerpo fuera un oasis. A la mitad del camino, se
detiene de nuevo cómo arrepentido de volver, y me mira con pena pero amor. Se larga a llorar y a reírse al mismo tiempo. Se pone serio
de nuevo. Grita desde muy lejos, consejero y a punto de echar a correr su partida:
“Aprendé a levantarte sola, vos bien sabés que tenés que
hacerlo de una vez por todas. Sola, mi amor, sola.” y entre el eco de aquel Sola... con la voz de Franco, me despierto
del sueño y afuera llueve a cántaros.
León trona los dedos y eso es lo único en común que tenemos
los dos. El es parecido a una extraña imagen paterna que tengo desconocida por
siempre, no sé, quizás algo en su forma de caminar o en la tez trigueña que
porta con esa finura de galán novelero, clásicamente chamuyero elegante,
siempre fiel a la libertad aunque a veces le asusta y otras se da cuenta (menos
mal) de que no sabe bien qué es eso, pero con un par de tragos se le pasa todo
este desmadre de cuestiones. Para mí, nadie toma por el placer de degustar
sabores etílicos, ni siquiera los someliers, más bien se toma alcohol por su
remedio sedante, sí, con efectos secundarios dirás, pero estos se toleran solo
porque entre tantos dilemas, la resaca es un grano de arena más en una playa
vacía. Cualquier mezcla sirve, mientras saque esa nitidez que porta diabólicamente
la realidad ante los ojos de un sobrio mal vivido, creo yo. Ahí sí que no
existen finolis, y si los hay no
están lo suficientemente desesperados. Nos gusta el Rock Nacional e
Internacional y cuando nos miramos, ahora algo me dice que él tiene que ser mío.
Tiene algo, un extremo o rincón que tal vez ni él conocía, ese “algo” me llama
de a ratos, y entonces lo sigo queriendo
de a tirones. O mejor dicho, deseando a ese León que idealizo sobre aquel León
que poco conozco. ¿Sabés como nos conocimos, no? Te cuento con mis aires poéticos/cursis/que
no te gustan para nada porque vomitas.
Era Agosto, una tarde-noche cualquiera de Viernes, el sol, irónicamente,
brillaba por su ausencia en el cielo nublado hasta más no poder, así como me
gusta. Yo estaba sentada en ronda, por algunos bancos blancos afuera de ese bar
que está en la esquina, justo paralelo a un banco (No me acuerdo el nombre, ¿sí?),
con una amiga de la infancia que mentí reconocer y Lorena. También estaba
Lucas, el novio de Lore, pero ese rubio desopilantemente enano y engreído le
hacia una burla a todo lo que se llamara masculinidad.
Un frio despampanante y ese gorila presumido llevaba una musculosa blanca de
una banda inglesa que ni conocía segura, solamente para mostras sus bíceps marcados
en un intento superficial de llamar la atención y agradar. Iagh. Volviendo al
tema…este monigote, me dice –“Este es León, es un primo que volvió de Córdoba para
quedarse a vivir por acá de vuelta”. Sabés como soy. Adoro conocer gente nueva,
sea quien sea, hacerles miles de preguntas como hice con vos. Tuve una decepción
al principio. No me intereso nada. Ni siquiera de forma superficial. Y eso que
cada vez que conozco a alguien estoy más feliz que nene con juguete nuevo, me
decepcioné al ver que este ideal de persona que tengo yo armadito en cabeza no
se reflejaba en León. Ya sabés, esa ilusión que tengo de las personas, de que
tengan, conscientemente o no, una mente atractiva, interesante, diferente, pero
sobre todo, yo quiero esa mente con la que se puede hablar desde la Guerra Fría
hasta que significa tal sentimiento para el mundo. Busco complicidad, pero una
que no esté ligada a la inhibición de pensamiento por complacer al ego del que
piensa distinto. Complicidad pero no condescendencia. Durante la noche encontré
una pequeñísima y prematura complicidad cuando sonó de fondo un tema de The Smiths y León tarareo el coro al
mismo tiempo que yo. Compartir el gusto en la música siempre es una virtud que
se agradece. Se puede tener lenguas recónditamente indiferentes pero si se
comparte la música todo lo demás sobra y es secundario, no hace falta, más si a
la música se ama sin fanatismo extremista. Lo único que me atraía de ese flaquísimoser (temporalmente en ese
momento, había que esperar) era su altura, que para mí es signo de austeridad y
protección que considero, no elemental, pero si un requisito para llamar la atención
de esta Milena superficial que llevo adentro que coexiste con mis defectos y
complejos. Aunque lo más importante es la mente, el pensamiento. No soy académicamente
pretensiosa, lo sabés, como esos geniecitos matemáticos fisicosnosecuánto
que se ríen de la ignorancia ajena, si no que necesito de un pensamiento que me
enseñe cualquier aspecto de la vida o el mundo, porque aprender es mi pasión,
pero no quiero hacerlo encerrada en un cubículo con lecturas obligadas de El Martin Fierro o aprendizajes de
memoria sobre teorías y dogmas filosóficos. Quiero aprender de a sorpresa, sin
reglas. Y no encuentro en nadie eso. Bueno, sabés en quién sí lo encontré, pero
Andrés se fue. Simulo olvidarlo de a ratos, para ridiculizar al amor y toda la
pavada, por eso prefiero que no lo nombren ni nombrarlo, así capaz es más fácil
olvidar esa combinación de letras que forman su ben(mal)dito nombre. Sí, ni me lo digas, se que “estoy bien sin él”,
y puede que “mejor”, ni lo digas. Lorena me dijo “León te busca por todos lados
y vos ni rastros, nena”, después de conocerlo aquella tarde-noche, que casi ni
hablamos, en el departamento de la calle Ardiles, entre medio de cafés mal
preparados por el sueño.
León es un mujeriego de los tontos, que “supuestamente” ya se
curó de esa fama que tiene de engañar, porque le dieron de pagar con la misma
moneda, y como todo aquel que se cree experto total de algo, no le hace muchas
gracias que alguien lo haga mejor que él, pegándole al ego de un mentiroso con
mentiras en respuesta es la peor pesadilla para chicos como él, aun mas para
alguien que lo hace sin culpa y con orgullo machista. Me propuse no sufrir por
este idiota, pero eso solamente depende de algo: el cariño que le tome (por no
decir “amor”). ¿Y eso de que depende? De nadie, no está en mi control. Eso me
descoloca. Decidí algo: hacerme la dura con él. No mostrarle afecto alguno ni
decirle piropos que lo alaguen, porque así me expongo a una fragilidad que
antes permití, y con la experiencia vino el aprendizaje, entonces esta vez no
voy a cometer el mismo error, tal vez cometa otros, pero no este. ¿Sabes qué?
Antes pensaba que tenía que seguir mis sentimientos, mi “corazón”. Hace poco leí
que cuando hay sentimientos de por medio, el cerebro no piensa con racionalidad
ni lógica (En otro lenguaje, surge lo que llamo El Efecto Adolescente Enamorado. Y eso si que es una tragicomedia
universal de todas las generaciones de la raza humana). Entonces, justo desde
ahí, deje de confiar en mis sentimientos, porque los resultados cada vez que los
seguía, me dejaban con ganas de no tenerlos.
Hay un problema: creo que ya le tomé cariño (no digas amor,
no digamos amor) a León.
Somos necesitados de
algo más que la existencia para aferrarnos, pero siempre se habla de la Vida
Perfecta cómo una en la que no tenemos lazos, nada a quién extrañar y nadie a
quien perseguir. La existencia es una pequeña parte de nosotros, más
superficial que todo lo que posibilita el existir, cómo aprovechar esa
existencia viviéndola. De mi existencia se desprenden infinitas variables, que
me afectan y afectan a mí alrededor, de ella se formula un nexo con los otros y
sus mentes sin enfermedades, con ella puedo ser y hacer lo que quiera, aunque
siempre está presente la ley de Causa y Efecto. Pero la majestuosa existencia
nunca nos basta, por más gigante que se luce de un concepto ínfimo como la
evolución o la creación, no nos basta porque somos la ambición explicita, la
raza que no cesa de la carencia, la continua adolescencia. Y quizás eso sea
humano.
¿Cuántos poemas de
amor habrá en el mundo entero desde la imprenta?
¿Cuántos lutos románticos que hicieron el corazón más fuerte?
¿Cuántas canciones del olvido habrán sido cantadas en lágrimas?
La existencia no nos
basta porqué el placer está más en el disfrutar la risa del otro que la propia
risa presa de la compañía; porque la risa es un conjunto, una reunión de sonidos,
una situación tan intima como libre, pero es deseosa de aquello mismo: alguien
más que el uno mismo. Es como la mirada, como el abrazo o el beso. Y así, poco
a poco, de un tiempo a otro, año a año, nuestra mente se va volviendo más
homogénea y ya no está llena de un egocentrismo vacío. Por supuesto que a veces los recuerdos o las
memorias llenas de algún sentimiento, nos descargan y desnivelan, pero qué más
maravilloso que la simple presencia de él, ella o nosotros en la mente propia,
que hace de la mente un lugar tan hermoso como temible, pero lleno, gigante,
basto, eterno.
Sucede que a
veces miro a Genoveva y pareciera que el Alzheimer se separa de su cuerpo y
mente, de todos sus recuerdos olvidados como despedazados, y entonces la
enfermedad, ese veneno que parece un virus informático eliminatorio, forma
parte, por unos segundos, de una pequeña, fina e invisible realidad alterna del
universo total de la nada misma. Entonces Genoveva es libre al fin, por una
fracción de tiempo tan corta que ni ella puede percibir, y recuerda sus recuerdos
cuando sus memorias le son devueltas. Se resuena de los ojos de su abuela en el
cajón de cedro español, los abrazos tibios de su padre cuando volvía de trabajar,
la primera vez que vio a su hermana en brazos de su madre, la melodía desu canción favorita, como también de su primer beso y que Lennon contaba diciendo Sugar
Blueberry, Sugar Blueberry en vez de 1,
2, 3,4. Algunas veces, creo yo, recordaba mi nombre y más que eso, quizás
lo que significaba mi nombre en su vida, y todo lo que el suyo significaba en
la mía. Tal vez me recordaba, o yo prefiero así suponerlo, creerlo, elijo amar
esa “suposición” que para mí es certeza por fe de errata, y para otros no es
más que cosa de locos. Y yo les
contestaba a esos que prefería ser un
loco soñador que un cuerdo sin fe. Eso les hubiera dicho Genoveva. O Beba cómo le decía su padre. Ahora el
rostro de esa mujer venía empeorando con los años, y con ellos venían las
arrugas, también las grandes ojeras y bolsas por debajo de sus ojos achinados
pequeñísimos, su rostro parecía ser un lienzo libre en donde la edad dibujaba
sus garabatos más pobres y tristes. La enfermedad le había consumido la
existencia, más que nada la vida, porque Genoveva existía pero su vivir era muy
precario, era algo sin personificación, un cuerpo inanimado, inexorable, porque
una mente sin recuerdos tiene cómo resultado un cuerpo sin dirección. Ella no
sabía a quién abrazar, a quién odiar, a quién debería mirar con amor y a
quienes con repudio, si sus besos eran de tal o si su silencio era merecedor de
aquél otro. Sucede que a veces la miro en su cama, toda arrugada igual que su
cuerpo, toda abandonada igual que su alma, desarreglada y blanca como ella, y
pareciera que me mira de vuelta, entonces es cuando siento que me dice en voz
baja procurando ser intima: Acá estoy.
Acá estoy. Acá estoy. Y yo le devuelvo la complicidad con una sonrisa
tímida, luego toda la tarde me quedo pensando si en verdad ella esta, y ella
es, si es que ya se fue o si aún sigue en su cuerpo, y toda la noche la sueño,
para que en el mismo sueño me vuelva a repetir: Acá estoy. Y es ahí, en esa fracción de segundos del tiempo, en el
momento en que ella me mira con amor o me roza la mano por el hombro mirando a
la nada, cuando yo creo en que ella
sigue siendo Genoveva debajo de su piel desarreglada y de su mente invertida. Es
un secreto nuestro, pero ella sigue ahí, muy escondida, solo hay que saber
buscarla y escuchar muy por debajo de los sonidos humanos su dulce y calmante: Acá estoy.
¿Felipe? ¿Que te digo deese? Ya no se que hacer con él,
ni creo que él sepa lo que se hace a sí mismo. Es un caso perdido. Hace algunos
días, me dijo que sentía algo rarocada vez que cometía alguna mentira,
trampa o maldad piadosa. "Algo raro", me dijo. Le dije que se llamaba
consciencia y que la tenemos desde los 3 años. (En realidad, dijeañitos, con diminutivo para
aclarar que me estaba burlando de él). Se enojó. ¿No te parece que es así? Para
mí todos tenemos nuestro propiodiablitorojo sangre, con colmillos en la
boca, como así también con cuernos grandes por encima de la cabeza, y por otro
lado, está nuestroangelitovestido con toga blanco seda, que
toca el arpa dorada similar a una decoración; y se posan en cada uno de
nuestros hombros, uno por el hombro izquierdo, otro por el derecho, allí hacen
su trabajo imaginario y nos dan la libertad de elegir:el camino del bien o la ruta del
mal.
Parece que él tiene los hombros vacíos,
los ojos vendados por él mismo, el gusta de ser su propio esclavo, su propio
diablo, su propio mal. Juega más con las mujeres que con las propias cartas.
Las relaciones con ellas, para él, son eso: un simple juego de cartas y azar, donde
el ganador es el que más mujeres-cartas tiene. Y él siempre gana. Y nunca
ordena cuando termina de jugar, deja los naipes tirados, sucios, rotos. Supongo
que tenía razón acerca de él esa parte mía que decía que no era de confiar. Las
malas lenguas también la tenían, las mismas que me hicieron pensar que el era
unpobre diablo.
Tiene la enfermedad del Turismo Femenino. Es que, es increíble cómo domina ese
arte fantástico de atraer a las mujeres a través delas palabras. Manipula los
sentimientos de ellas (y los míos) poniéndole palabras universalmente lindas a
toda oración.Felipe es pura
palabra y poca acción. Sus versos prometen una historia tan bien programada que
es irresistible no comprarselá. Todas (y yo) quieren (y quiero) su historia,
valga lo que valga, pese lo que pese. Duela lo que duela. Lástima que toda esa
subasta llena de mujeres, donde hace su discursito estratégico perfecto para
ilusionar corazones solos, sea la gran estafa.
Tengo dos opciones:
A)Comprarsu historia
B)Cambiarsu historia
¿Vos que decís? Mejor que el tiempo
decida, yo no puedo con él.
Felipe me lastima. Duele. ¿Pero cómo
voy a dejar de quererlo, de desearlo? Compre o cambie su historia, la subasta
llena de mujeres bien dispuestas a comprar su mentira siempre va a estar. Con
una no le basta.
¿Porque algunos hombres son asi de
mentirosos, tramposos, zanateros?
Pensándo bien, me sigo quedándo con
Felipe (no es mío igualmente) por una razón rara: siento que tengo algo que
descubrir en él. Simplemente así. Tiene algo. Pero...¿Qué tendrá? ¿Qué
esconderá? ¿Quién es?
Si, ya sé, cómo vos decís...Que el
tiempo resuelva aquello que los humanos no razonan.
Aún tengo tu cicatriz en mí. Quizás de este mismo dolor que causo tu adiós, surja la felicidad de encontrar algo aún mejor.
Quizás.
Tal vez. Puede que.
No quiero tu cicatriz en mí, cambiar de cuerpo no es una solución cambiar de mente no es una opción aún tengo tu cicatriz en mí, quizás desaparezca tal vez se desvanezca puede que para siempre te pertenezca.
Entre la soledad y estar mal acompañada, prefiero estar
acompañada de la soledad, pero entre líneas cambio secretamente de rol en la
obra de mi vida, y de repente soy alguien que busca besos en quién no busca más
que eso, entonces mis historias de amor son una burla al género y pasan a ser
tragedias románticas en donde la chica se queda sola y el chico se queda con
todas las demás, nunca solo, nada más que mal acompañado. Quizás cuando las
luces se apagan y todos bailamos pegados a otros, no importe la soledad, aunque
estemos mal acompañados por desconocidos, algunos intoxicados, otros falsos, o
incluso enemigos encubiertos con risas y miradas críticas. Entre la fiesta y la
euforia inventada la soledad no importa, la engaño, por unas cuantas horas, y
se va de mí, me río de ella porque no está conmigo, la reemplazo por la música
fuerte, bien fuerte, así aturde todo sentimiento negativo o toda lagrima que
atente a caer. Quizás entre toda aquella pantalla, esa realidad alterna
nocturna que tenemos, la soledad no importe. Pero el dilema es cuando estamos
en silencio con nosotros mismos, solos con la soledad. ¿Qué se hace en ese momento?
Ruidos, quiero ruidos, una voz, unas voces, caras, música, distracción, alguien
o algo. Nunca silencio, por favor. Eso que pasa en la realidad donde cantando
bailo y no canto llorando. Y otra noche, miles de caricias verdaderas fueron
cambiadas por miles de besos traicioneros dados por un pirata del corazón. Sé que en la mañana no recordará mi nombre y
que en la siguiente noche se olvidará del nombre de otra más. Pero es que entre estar solo y mal
acompañado, ¿Quién elije a la soledad?
Distráeme luna azul que desvela a los más dormidos Desnúdame grito eufórico que aturde a los más sordos Diviérteme canción descartable que levanta a los más caídos Que hoy no tengo ganas de recordarte Que mañana no quiero tener ganas de olvidarte Y siempre puedo cantar y huir de mí, también de vos y tu recuerdo cantar, huír de aquí, huit de todos. ¿Porque no cantar y vivir dos veces? Que hoy no voy a sobrepensar Que mañana no voy a lamentar Y siempre puedo con todos ser y siempre puedo con nadie estar y entre ninguno caminar y entre todos siempre cantar ¿Porque no cantar y vivir dos veces, aunque sea a veces? Pequemos hermosamente esta noche, porque nada más valdrá pequemos esta noche porque esta noche no volverá
La euforia de hoy no me la quita nadie, pequemos hermosamente hoy sin causa aparente con los hermosos y encantadores pecados del infierno ardiente.
Me aferro a una idea de
lo busco y quiero. Porque ojos que no ven, corazón que inventa. Tengo un
corazón creador de personas, gustos y miedos, y no sé que busco en vos o de
vos. O que busco de mí y en mí. Necesitaría averiguarlo, pero es una necesidad
precaria, sin apuros ni límites de tiempo o lugar, necesito averiguarlo
despacio y de forma suave, cálida, y qué vos me guíes y enseñes el camino hacia
ese lugar indefinido, qué no importa si tiene fin o destino asegurado, lo que
más importa es el camino. Necesito averiguar que necesito, pero es una urgencia
que quiero resolver a un ritmo lento y sin censuras. No es una urgencia veloz que me desespere, es
una necesidad fuerte, porque a la misma vez, me gusta saborear esta intriga de
lo que podría encontrar y conocer en el camino que me muestres. No sé quien
sos. Vos tampoco sabes de mí. Me gustaría conocer más de eso que sé y cuando
conozca todo eso, conocer lo que nadie sabe, ni siquiera vos mismo.
Creo en la frase “para que nada nos separe, que nada nos una”,
porquetambién, para que nada nos
dañe, que nada nos provoque sentir amor. Y para que nada arruine este camino,
mejor no recorrerlo e imaginarlo perfecto, dejarnos con esa idea, esa noción de
fantasía desconocida. Pero, a veces hay que tomar riesgos, y caminar a pesar de
las sorpresas con anticipos que uno sabe se va a llevar de él camino a recorrer.
Estoy lista para que me rompas el corazón, porque de todas maneras, inconscientemente, mi corazón lo busca; para aprender y crecer aún más que la primera vez que mi corazón se rompió. ¿Este corazón esta sano y listo para seguir en el presente? ¿O este corazón esta roto y condicionado por el pasado? No. Este corazón no es un corazón, es mi vida, y dejándote entrar, te ofrezco la posibilidad que a ella la destruyas o acompañes. Hagas lo que hagas, tené en cuenta, que mi corazón no es un corazón, soy yo misma dañada, destruida, reconvertida y nueva, con algo de lo viejo, de lo espontáneamente clásico. Y si rompes mi corazón, me romperás a mi y a lo que soy, que de todas maneras, es lo único que tengo. Además de vos. Este corazón que tengo yo ahora, es mi vida, mi pasado, mi historia futura, mis deseos íntimos y más que nada mis miedos. Sobre todo mis miedos. No te lo regalo, ni te lo presto, ni te lo entrego. Solo te doy la bienvenida. Estoy lista para que llegues a mi. Y sí, es mentira.
"Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra que desnuda de ese terror.
Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodistas, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocando como necesidad de las investigación, convierten a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límites y el fusilamiento sin juicio."
Fragmento de la Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar. Rodolfo Walsh, 24 de marzo de 1977.
El ESMA era el centro
de detención clandestino más famoso de la Argentina, entre 1976 y 1983, funcionó desde un principio de Marzo de aquel año y no fue hasta el fin
del oscurantismo que trajo la dictadura militar que dejó de ser un
infierno en la tierra prometida. Los pasillos que conectaban las habitaciones
de los secuestrados-desaparecidos, eran aún más tristes que los pasillos de
hospitales, porque en estos últimos al menos hay lugar para las esperanzas, que se entremeten en las
paredes sucias o se escabullen en las visagras de las puertas, para que no las
limpien ni las borren. En el ESMA, en cambio, lasesperanzasno duraban ni la mitad de un
segundo, lospatotaslas aniquilaban de un soplo, y si
eran muy fuertes, de un balazo. Entonces llegó un momento en que las pocas
esperanzas que acudían a esos pobres, no los visitaron nunca más, por miedo.
Aunque, al fin y al cabo, los oficiales y cabos les tenían más miedo que ellas,
porque lasesperanzashacen que todo circule, y no se
detenga. Y sin ellas, llegó la resignación, luego el abandono, luego la nada
misma de la nada total. Los pasillos se hacían cada vez más angostos, a medida
que ellas se iban, y no regresaban. Solo quedaba oscuridad. Muchos de ellos
esperaban la muerte o el exilio, y la esperaban cómo quién no tiene reloj:
perdidos, desconcertados, nerviosos. ¿Que tenían en común todos ellos? Quizá
nada, nunca antes se habrían cruzado, y no sabían de sus pasados, solo del
presente, que aún así era borroso.
Dórrego
(n° 56) en la habitación 135, con Páez (n° 55) y Ezeméndez (n° 54).
Dórrego
fanático de Gardel. Paéz amante de Sinatra. Ezeméndez era sordo.
Tangos.
Sinatra.
Sordera.
Buenos
Aires.
Córdoba
Mendoza.
La
habitación, lo único en común.
Cada
cual en su mundo encerrado y oscuro, en las celdas de tortura, tan apretadas y
sin aire fresco, se comunicaban por sonidos, rascando la pared o el suelo con
alguna parte del cuerpo que se pudiera mover, o golpeteando el concreto,
suspirando, silbando vagamente, sólo ruidos, que muchas veces no se podían
escuchar porque los gritos o las maquinarias bulliciosas no lo permitían.
Ezeméndez era sordo, les podría haber enseñado a todos ellos cómo se lidiaba
con el silencio absoluto (entre ruidos), si es que el nunca saboreó una palabra
dulce ni extraño una voz ajena. Páez lo envidiaba por eso. Dórrego le tenía
pena, porque él nunca podría escuchar la voz de su hija o su esposa. Supieron
que Ezeméndez era sordo cuando escucharon a los civiles. "El mudito",
le decían. ¿Y si hubiera un no-vidente? "El cieguito". Aunque todos
surgían como ciegos temporales, cerraban los ojos y veían oscuridad, los abrían
y esa imagen se repetía. No había diferencia. Salvo que, con los ojos abiertos
en la oscuridad, surge la desesperación, la necesidad de luz como urgencia, y
surgen las ansias de correr para no ser detenido en el tiempo, y uno comienza a
mirar para un lado y al otro, buscando una mano, una puerta, o cualquier cosa
que lleve a la luz. Uno lo intenta. Menos el no-vidente. Esa oscuridad en la
que estaba inmerso era su luz, porque siempre ignoró lo que es para nosotrosluz, claridad, y brillo.Y quizás por eso se sentía menos
acorralado, porque no se tuvo que "acostumbrar" a la oscuridad, él
nació con ella, y no la repudia, quizás la quiere, muy en el fondo, porqué es
parte de él, como su dedo gordo o su nariz.
"El
cieguito" era Molinares (n°120). Tenía el oído más agudo de todos, porque
así sucede cuando la vista no existe. Por eso Molinares era el más
desafortunado de los desafortunados. Escuchaba todo con más espanto."Roxana, Roxana,
Roxana...",y cada día
con más fuerza, la voz más gastada, más ronca, hasta que un día no lo escuchó
más. Molinares pensó que era un grito de auxilio, pero luego concluyó a que era
un grito de resignación a la muerte, y un ultimo pedido en sus gritos: "Roxana,
Roxana, Roxana...".Con amor. Voz
fuerte, voz algo fuerte, voz tenue, voz liviana, voz cansada, voz pobre y
cansada, voz de últimas voces, y luego, ninguna voz."Quizás la parca es sorda,
porque ante un grito así no se puede no tener piedad, no se puede..."
pensaba.Ezeméndez ignoraba
gritos, pero podía ver miradas, y esas sí que dan sentimientos por demás, y
siempre diferentes, únicos. Y entoncesla
parcaera algún súbito de
Massera.
Molinares indagó
y supuso que González era ciego, igual que él. Solo así era posible que no
gritara cómo los demás ante la sorpresa de abrir los ojos y ver solo
oscuridad.
El ESMA era un
tatuaje no deseado, un lunar, una marca de nacimiento imborrable.
González no era
ciego: no gritaba por una sola razón: si abría la boca, iba a ser para gritar y
llorar el nombre de su mujer (Raquel Rosales) y de su hija (María Julia
González), en medio de ese ambiente de horror y sufrir, el nombre de lo más
importante y sagrado. Por eso no gritaba, porque si se le soltaban sus nombres
de la boca, se irían al aire o a la pared, y allí, los aniquilarían, al nombre
de su mujer y su hija, porque así le hacían a cualquier cosa que diera esperanzas.