Entre la soledad y estar mal acompañada, prefiero estar
acompañada de la soledad, pero entre líneas cambio secretamente de rol en la
obra de mi vida, y de repente soy alguien que busca besos en quién no busca más
que eso, entonces mis historias de amor son una burla al género y pasan a ser
tragedias románticas en donde la chica se queda sola y el chico se queda con
todas las demás, nunca solo, nada más que mal acompañado. Quizás cuando las
luces se apagan y todos bailamos pegados a otros, no importe la soledad, aunque
estemos mal acompañados por desconocidos, algunos intoxicados, otros falsos, o
incluso enemigos encubiertos con risas y miradas críticas. Entre la fiesta y la
euforia inventada la soledad no importa, la engaño, por unas cuantas horas, y
se va de mí, me río de ella porque no está conmigo, la reemplazo por la música
fuerte, bien fuerte, así aturde todo sentimiento negativo o toda lagrima que
atente a caer. Quizás entre toda aquella pantalla, esa realidad alterna
nocturna que tenemos, la soledad no importe. Pero el dilema es cuando estamos
en silencio con nosotros mismos, solos con la soledad. ¿Qué se hace en ese momento?
Ruidos, quiero ruidos, una voz, unas voces, caras, música, distracción, alguien
o algo. Nunca silencio, por favor. Eso que pasa en la realidad donde cantando
bailo y no canto llorando. Y otra noche, miles de caricias verdaderas fueron
cambiadas por miles de besos traicioneros dados por un pirata del corazón. Sé que en la mañana no recordará mi nombre y
que en la siguiente noche se olvidará del nombre de otra más. Pero es que entre estar solo y mal
acompañado, ¿Quién elije a la soledad?

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