Somos necesitados de
algo más que la existencia para aferrarnos, pero siempre se habla de la Vida
Perfecta cómo una en la que no tenemos lazos, nada a quién extrañar y nadie a
quien perseguir. La existencia es una pequeña parte de nosotros, más
superficial que todo lo que posibilita el existir, cómo aprovechar esa
existencia viviéndola. De mi existencia se desprenden infinitas variables, que
me afectan y afectan a mí alrededor, de ella se formula un nexo con los otros y
sus mentes sin enfermedades, con ella puedo ser y hacer lo que quiera, aunque
siempre está presente la ley de Causa y Efecto. Pero la majestuosa existencia
nunca nos basta, por más gigante que se luce de un concepto ínfimo como la
evolución o la creación, no nos basta porque somos la ambición explicita, la
raza que no cesa de la carencia, la continua adolescencia. Y quizás eso sea
humano.
¿Cuántos poemas de
amor habrá en el mundo entero desde la imprenta?
¿Cuántos lutos románticos que hicieron el corazón más fuerte?
¿Cuántos abrazos largos habrán robado cuantas sonrisas?
¿Cuántas tragedias habrán transformado una mente?
¿Cuántas canciones del olvido habrán sido cantadas en lágrimas?
La existencia no nos
basta porqué el placer está más en el disfrutar la risa del otro que la propia
risa presa de la compañía; porque la risa es un conjunto, una reunión de sonidos,
una situación tan intima como libre, pero es deseosa de aquello mismo: alguien
más que el uno mismo. Es como la mirada, como el abrazo o el beso. Y así, poco
a poco, de un tiempo a otro, año a año, nuestra mente se va volviendo más
homogénea y ya no está llena de un egocentrismo vacío. Por supuesto que a veces los recuerdos o las
memorias llenas de algún sentimiento, nos descargan y desnivelan, pero qué más
maravilloso que la simple presencia de él, ella o nosotros en la mente propia,
que hace de la mente un lugar tan hermoso como temible, pero lleno, gigante,
basto, eterno.

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