sábado, 9 de noviembre de 2013

Cuatro son multitud


Existió una simbiosis entre nosotros que desencadenaba en aquella relación de mentes increíblemente iguales en cuanto a deseos, pensamientos, y también porque no, oscuros pensamientos y deseos. Dionel notaba ese roce suave y casi ficticio que hacían nuestras palabras cuando se encontraban intimas entre sí, y encajaban perfectas una con la otra, oración tras oración, como en un rompecabezas asiático. Había pistas y momentos que dejaban al descubierto hacia los demás esa condición especial entre nosotros dos, y quizás los otros envidian aquel aspecto, aunque más supongo que lo tomaban como algo vulgar y obvio entre dos. Teníamos desacuerdos, si, pero discutíamos por el solo placer implícito de avivar el vinculo, ya que el amor ama el conflicto, y los humanos también desean ese desorden que los altera hasta terminar de ordenarlo esporádicamente a su gusto, y sigilosos esperan otro desorden, que si no surgen ellos mismos lo provocan sin querer queriendo. Pues, en la música, también discerníamos, y eso era algo fantástico, ya que pude aprender de Stevie Wonder o los Yeah Yeah Yeahs como nunca en las revistas, y debo admitir que me llego a gustar  aquello que ignoraba por completo, porque uno se alimenta del otro, y toma cosas buenas, malas, y algunas otras sin clasificación, que se pegan en la personalidad o carácter de uno como chicle o pintura roja. Así es que, compartiendo gustos, íbamos de cine en cine criticando como los mejores a las peores películas del cine Argentino que salían a cartelera, y entre parejas que se besuqueaban en el fondo de la sala, nos reíamos de las malas actuaciones, así cuando terminaba la película, salíamos de allí, rompíamos el pacto ficcional, y seguíamos el film nosotros mismos, y aunque fuera en otra parte de la ciudad o en Misiones, el escenario no importaba porque teníamos la imaginación por dos cabezas.         

Una tarde de Octubre llamo Nulú, y que Dionel tenía a Julieta y a Camille, ya hace 2 meses de esta mentira, que a ella le mintió porque le decía que iba a Buenos Aires por cuestiones de la empresa, ella su esposa para siempre, y yo una veinteañera que tan inteligente no era se ve, porque así nomás te engañaron a vos, una putita ingenua más. Guardé silencio y solo dije perdón. Ni sabía a quién se lo estaba pidiendo o diciendo, solo sabía que el silencio otorgaba y algo debía decir. La simbiosis mental que en mi encontraba Dionel y yo encontraba en el, era una relación de pensamiento, de atracción cerebral, nuestros besos eran largas charlas de café sobre Cortázar o Da Vinci, yo también tenía a Dante, el tenía a Nulú. Todo era explicito pero a la vez oculto y raro, no hablábamos de ellos porque no sabíamos si era infidelidad o que cosa. Nuestro final llego como empezó lo nuestro: sin querer. Pero nosotros no nos separamos, no alejo el destino disfrazado de cordura, realidad, o tal vez Nulú, también Dante, que luego me dejo porque según el aquello fue una traición. Y le terminé dando la razón, y más que eso, le pedí el perdón, porque me di cuenta de que la atracción mental era aun más peligrosa (e íntima) que la física, ya que se puede besar más apasionadamente con palabras y se puede llegar al placer o al amor con solo dos voces hablando entre sí. 

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