Existió una
simbiosis entre nosotros que desencadenaba en aquella relación de mentes increíblemente
iguales en cuanto a deseos, pensamientos, y también porque no, oscuros
pensamientos y deseos. Dionel notaba ese roce suave y casi ficticio que hacían nuestras
palabras cuando se encontraban intimas entre sí, y encajaban perfectas una con
la otra, oración tras oración, como en un rompecabezas asiático. Había pistas y
momentos que dejaban al descubierto hacia los demás esa condición especial
entre nosotros dos, y quizás los otros envidian aquel aspecto, aunque más
supongo que lo tomaban como algo vulgar y obvio entre dos. Teníamos
desacuerdos, si, pero discutíamos por el solo placer implícito de avivar el
vinculo, ya que el amor ama el conflicto, y los humanos también desean ese
desorden que los altera hasta terminar de ordenarlo esporádicamente a su gusto,
y sigilosos esperan otro desorden, que si no surgen ellos mismos lo provocan
sin querer queriendo. Pues, en la música, también discerníamos, y eso era algo fantástico,
ya que pude aprender de Stevie Wonder o los Yeah Yeah Yeahs como nunca en las
revistas, y debo admitir que me llego a gustar
aquello que ignoraba por completo, porque uno se alimenta del otro, y
toma cosas buenas, malas, y algunas otras sin clasificación, que se pegan en la
personalidad o carácter de uno como chicle o pintura roja. Así es que,
compartiendo gustos, íbamos de cine en cine criticando como los mejores a las
peores películas del cine Argentino que salían a cartelera, y entre parejas que
se besuqueaban en el fondo de la sala, nos reíamos de las malas actuaciones, así
cuando terminaba la película, salíamos de allí, rompíamos el pacto ficcional, y
seguíamos el film nosotros mismos, y aunque fuera en otra parte de la ciudad o
en Misiones, el escenario no importaba porque teníamos la imaginación por dos
cabezas.
Una tarde de Octubre
llamo Nulú, y que Dionel tenía a Julieta y a Camille, ya hace 2 meses de esta
mentira, que a ella le mintió porque le decía que iba a Buenos Aires por
cuestiones de la empresa, ella su esposa para siempre, y yo una veinteañera que
tan inteligente no era se ve, porque así nomás te engañaron a vos, una putita ingenua más. Guardé silencio y solo dije perdón. Ni sabía a quién
se lo estaba pidiendo o diciendo, solo sabía que el silencio otorgaba y algo debía
decir. La simbiosis mental que en mi encontraba Dionel y yo encontraba en el,
era una relación de pensamiento, de atracción cerebral, nuestros besos eran
largas charlas de café sobre Cortázar o Da Vinci, yo también tenía a Dante, el
tenía a Nulú. Todo era explicito pero a la vez oculto y raro, no hablábamos de
ellos porque no sabíamos si era infidelidad o que cosa. Nuestro final llego
como empezó lo nuestro: sin querer. Pero nosotros no nos separamos, no alejo el
destino disfrazado de cordura, realidad, o tal vez Nulú, también Dante, que
luego me dejo porque según el aquello fue una traición. Y le terminé dando la razón,
y más que eso, le pedí el perdón, porque me di cuenta de que la atracción mental
era aun más peligrosa (e íntima) que la física, ya que se puede besar más apasionadamente
con palabras y se puede llegar al placer o al amor con solo dos voces hablando
entre sí.
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