De: milenacarnivani@hotmail.com
Asunto: León es mi problema/solución.
Para: laotranochemagica@gmail.com
León trona los dedos y eso es lo único en común que tenemos
los dos. El es parecido a una extraña imagen paterna que tengo desconocida por
siempre, no sé, quizás algo en su forma de caminar o en la tez trigueña que
porta con esa finura de galán novelero, clásicamente chamuyero elegante,
siempre fiel a la libertad aunque a veces le asusta y otras se da cuenta (menos
mal) de que no sabe bien qué es eso, pero con un par de tragos se le pasa todo
este desmadre de cuestiones. Para mí, nadie toma por el placer de degustar
sabores etílicos, ni siquiera los someliers, más bien se toma alcohol por su
remedio sedante, sí, con efectos secundarios dirás, pero estos se toleran solo
porque entre tantos dilemas, la resaca es un grano de arena más en una playa
vacía. Cualquier mezcla sirve, mientras saque esa nitidez que porta diabólicamente
la realidad ante los ojos de un sobrio mal vivido, creo yo. Ahí sí que no
existen finolis, y si los hay no
están lo suficientemente desesperados. Nos gusta el Rock Nacional e
Internacional y cuando nos miramos, ahora algo me dice que él tiene que ser mío.
Tiene algo, un extremo o rincón que tal vez ni él conocía, ese “algo” me llama
de a ratos, y entonces lo sigo queriendo
de a tirones. O mejor dicho, deseando a ese León que idealizo sobre aquel León
que poco conozco. ¿Sabés como nos conocimos, no? Te cuento con mis aires poéticos/cursis/que
no te gustan para nada porque vomitas.
Era Agosto, una tarde-noche cualquiera de Viernes, el sol, irónicamente,
brillaba por su ausencia en el cielo nublado hasta más no poder, así como me
gusta. Yo estaba sentada en ronda, por algunos bancos blancos afuera de ese bar
que está en la esquina, justo paralelo a un banco (No me acuerdo el nombre, ¿sí?),
con una amiga de la infancia que mentí reconocer y Lorena. También estaba
Lucas, el novio de Lore, pero ese rubio desopilantemente enano y engreído le
hacia una burla a todo lo que se llamara masculinidad.
Un frio despampanante y ese gorila presumido llevaba una musculosa blanca de
una banda inglesa que ni conocía segura, solamente para mostras sus bíceps marcados
en un intento superficial de llamar la atención y agradar. Iagh. Volviendo al
tema…este monigote, me dice –“Este es León, es un primo que volvió de Córdoba para
quedarse a vivir por acá de vuelta”. Sabés como soy. Adoro conocer gente nueva,
sea quien sea, hacerles miles de preguntas como hice con vos. Tuve una decepción
al principio. No me intereso nada. Ni siquiera de forma superficial. Y eso que
cada vez que conozco a alguien estoy más feliz que nene con juguete nuevo, me
decepcioné al ver que este ideal de persona que tengo yo armadito en cabeza no
se reflejaba en León. Ya sabés, esa ilusión que tengo de las personas, de que
tengan, conscientemente o no, una mente atractiva, interesante, diferente, pero
sobre todo, yo quiero esa mente con la que se puede hablar desde la Guerra Fría
hasta que significa tal sentimiento para el mundo. Busco complicidad, pero una
que no esté ligada a la inhibición de pensamiento por complacer al ego del que
piensa distinto. Complicidad pero no condescendencia. Durante la noche encontré
una pequeñísima y prematura complicidad cuando sonó de fondo un tema de The Smiths y León tarareo el coro al
mismo tiempo que yo. Compartir el gusto en la música siempre es una virtud que
se agradece. Se puede tener lenguas recónditamente indiferentes pero si se
comparte la música todo lo demás sobra y es secundario, no hace falta, más si a
la música se ama sin fanatismo extremista. Lo único que me atraía de ese flaquísimoser (temporalmente en ese
momento, había que esperar) era su altura, que para mí es signo de austeridad y
protección que considero, no elemental, pero si un requisito para llamar la atención
de esta Milena superficial que llevo adentro que coexiste con mis defectos y
complejos. Aunque lo más importante es la mente, el pensamiento. No soy académicamente
pretensiosa, lo sabés, como esos geniecitos matemáticos fisicosnosecuánto
que se ríen de la ignorancia ajena, si no que necesito de un pensamiento que me
enseñe cualquier aspecto de la vida o el mundo, porque aprender es mi pasión,
pero no quiero hacerlo encerrada en un cubículo con lecturas obligadas de El Martin Fierro o aprendizajes de
memoria sobre teorías y dogmas filosóficos. Quiero aprender de a sorpresa, sin
reglas. Y no encuentro en nadie eso. Bueno, sabés en quién sí lo encontré, pero
Andrés se fue. Simulo olvidarlo de a ratos, para ridiculizar al amor y toda la
pavada, por eso prefiero que no lo nombren ni nombrarlo, así capaz es más fácil
olvidar esa combinación de letras que forman su ben(mal)dito nombre. Sí, ni me lo digas, se que “estoy bien sin él”,
y puede que “mejor”, ni lo digas. Lorena me dijo “León te busca por todos lados
y vos ni rastros, nena”, después de conocerlo aquella tarde-noche, que casi ni
hablamos, en el departamento de la calle Ardiles, entre medio de cafés mal
preparados por el sueño.
León es un mujeriego de los tontos, que “supuestamente” ya se
curó de esa fama que tiene de engañar, porque le dieron de pagar con la misma
moneda, y como todo aquel que se cree experto total de algo, no le hace muchas
gracias que alguien lo haga mejor que él, pegándole al ego de un mentiroso con
mentiras en respuesta es la peor pesadilla para chicos como él, aun mas para
alguien que lo hace sin culpa y con orgullo machista. Me propuse no sufrir por
este idiota, pero eso solamente depende de algo: el cariño que le tome (por no
decir “amor”). ¿Y eso de que depende? De nadie, no está en mi control. Eso me
descoloca. Decidí algo: hacerme la dura con él. No mostrarle afecto alguno ni
decirle piropos que lo alaguen, porque así me expongo a una fragilidad que
antes permití, y con la experiencia vino el aprendizaje, entonces esta vez no
voy a cometer el mismo error, tal vez cometa otros, pero no este. ¿Sabes qué?
Antes pensaba que tenía que seguir mis sentimientos, mi “corazón”. Hace poco leí
que cuando hay sentimientos de por medio, el cerebro no piensa con racionalidad
ni lógica (En otro lenguaje, surge lo que llamo El Efecto Adolescente Enamorado. Y eso si que es una tragicomedia
universal de todas las generaciones de la raza humana). Entonces, justo desde
ahí, deje de confiar en mis sentimientos, porque los resultados cada vez que los
seguía, me dejaban con ganas de no tenerlos.
Hay un problema: creo que ya le tomé cariño (no digas amor,
no digamos amor) a León.
Milena.

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