"Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra que desnuda de ese terror.
Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodistas, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocando como necesidad de las investigación, convierten a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límites y el fusilamiento sin juicio."
Fragmento de la Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar. Rodolfo Walsh, 24 de marzo de 1977.
El ESMA era el centro
de detención clandestino más famoso de la Argentina, entre 1976 y 1983, funcionó desde un principio de Marzo de aquel año y no fue hasta el fin
del oscurantismo que trajo la dictadura militar que dejó de ser un
infierno en la tierra prometida. Los pasillos que conectaban las habitaciones
de los secuestrados-desaparecidos, eran aún más tristes que los pasillos de
hospitales, porque en estos últimos al menos hay lugar para las esperanzas, que se entremeten en las
paredes sucias o se escabullen en las visagras de las puertas, para que no las
limpien ni las borren. En el ESMA, en cambio, las esperanzas no duraban ni la mitad de un
segundo, los patotas las aniquilaban de un soplo, y si
eran muy fuertes, de un balazo. Entonces llegó un momento en que las pocas
esperanzas que acudían a esos pobres, no los visitaron nunca más, por miedo.
Aunque, al fin y al cabo, los oficiales y cabos les tenían más miedo que ellas,
porque las esperanzas hacen que todo circule, y no se
detenga. Y sin ellas, llegó la resignación, luego el abandono, luego la nada
misma de la nada total. Los pasillos se hacían cada vez más angostos, a medida
que ellas se iban, y no regresaban. Solo quedaba oscuridad. Muchos de ellos
esperaban la muerte o el exilio, y la esperaban cómo quién no tiene reloj:
perdidos, desconcertados, nerviosos. ¿Que tenían en común todos ellos? Quizá
nada, nunca antes se habrían cruzado, y no sabían de sus pasados, solo del
presente, que aún así era borroso.
Dórrego
(n° 56) en la habitación 135, con Páez (n° 55) y Ezeméndez (n° 54).
Dórrego
fanático de Gardel. Paéz amante de Sinatra. Ezeméndez era sordo.
Tangos.
Sinatra.
Sordera.
Buenos
Aires.
Córdoba
Mendoza.
La
habitación, lo único en común.
Cada
cual en su mundo encerrado y oscuro, en las celdas de tortura, tan apretadas y
sin aire fresco, se comunicaban por sonidos, rascando la pared o el suelo con
alguna parte del cuerpo que se pudiera mover, o golpeteando el concreto,
suspirando, silbando vagamente, sólo ruidos, que muchas veces no se podían
escuchar porque los gritos o las maquinarias bulliciosas no lo permitían.
Ezeméndez era sordo, les podría haber enseñado a todos ellos cómo se lidiaba
con el silencio absoluto (entre ruidos), si es que el nunca saboreó una palabra
dulce ni extraño una voz ajena. Páez lo envidiaba por eso. Dórrego le tenía
pena, porque él nunca podría escuchar la voz de su hija o su esposa. Supieron
que Ezeméndez era sordo cuando escucharon a los civiles. "El mudito",
le decían. ¿Y si hubiera un no-vidente? "El cieguito". Aunque todos
surgían como ciegos temporales, cerraban los ojos y veían oscuridad, los abrían
y esa imagen se repetía. No había diferencia. Salvo que, con los ojos abiertos
en la oscuridad, surge la desesperación, la necesidad de luz como urgencia, y
surgen las ansias de correr para no ser detenido en el tiempo, y uno comienza a
mirar para un lado y al otro, buscando una mano, una puerta, o cualquier cosa
que lleve a la luz. Uno lo intenta. Menos el no-vidente. Esa oscuridad en la
que estaba inmerso era su luz, porque siempre ignoró lo que es para nosotros luz, claridad, y brillo. Y quizás por eso se sentía menos
acorralado, porque no se tuvo que "acostumbrar" a la oscuridad, él
nació con ella, y no la repudia, quizás la quiere, muy en el fondo, porqué es
parte de él, como su dedo gordo o su nariz.
"El
cieguito" era Molinares (n°120). Tenía el oído más agudo de todos, porque
así sucede cuando la vista no existe. Por eso Molinares era el más
desafortunado de los desafortunados. Escuchaba todo con más espanto. "Roxana, Roxana,
Roxana...", y cada día
con más fuerza, la voz más gastada, más ronca, hasta que un día no lo escuchó
más. Molinares pensó que era un grito de auxilio, pero luego concluyó a que era
un grito de resignación a la muerte, y un ultimo pedido en sus gritos: "Roxana,
Roxana, Roxana...". Con amor. Voz
fuerte, voz algo fuerte, voz tenue, voz liviana, voz cansada, voz pobre y
cansada, voz de últimas voces, y luego, ninguna voz. "Quizás la parca es sorda,
porque ante un grito así no se puede no tener piedad, no se puede..."
pensaba. Ezeméndez ignoraba
gritos, pero podía ver miradas, y esas sí que dan sentimientos por demás, y
siempre diferentes, únicos. Y entonces la
parca era algún súbito de
Massera.
Molinares
(n°120). López (n°121). González (n°122).
Ciego.
Roxana.
Padre y esposo.
Molinares indagó
y supuso que González era ciego, igual que él. Solo así era posible que no
gritara cómo los demás ante la sorpresa de abrir los ojos y ver solo
oscuridad.
Molinares
(n°120). López (n°121). González (n°122).
Ciego.
Roxana.
Posible ciego.
La habitación, lo
único en común.
El ESMA era un
tatuaje no deseado, un lunar, una marca de nacimiento imborrable.
González no era
ciego: no gritaba por una sola razón: si abría la boca, iba a ser para gritar y
llorar el nombre de su mujer (Raquel Rosales) y de su hija (María Julia
González), en medio de ese ambiente de horror y sufrir, el nombre de lo más
importante y sagrado. Por eso no gritaba, porque si se le soltaban sus nombres
de la boca, se irían al aire o a la pared, y allí, los aniquilarían, al nombre
de su mujer y su hija, porque así le hacían a cualquier cosa que diera esperanzas.

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