sábado, 5 de octubre de 2013
Memorándum
Sucede que a veces miro a Genoveva y pareciera que el Alzheimer se separa de su cuerpo y mente, de todos sus recuerdos olvidados como despedazados, y entonces la enfermedad, ese veneno que parece un virus informático eliminatorio, forma parte, por unos segundos, de una pequeña, fina e invisible realidad alterna del universo total de la nada misma. Entonces Genoveva es libre al fin, por una fracción de tiempo tan corta que ni ella puede percibir, y recuerda sus recuerdos cuando sus memorias le son devueltas. Se resuena de los ojos de su abuela en el cajón de cedro español, los abrazos tibios de su padre cuando volvía de trabajar, la primera vez que vio a su hermana en brazos de su madre, la melodía de su canción favorita, como también de su primer beso y que Lennon contaba diciendo Sugar Blueberry, Sugar Blueberry en vez de 1, 2, 3,4. Algunas veces, creo yo, recordaba mi nombre y más que eso, quizás lo que significaba mi nombre en su vida, y todo lo que el suyo significaba en la mía. Tal vez me recordaba, o yo prefiero así suponerlo, creerlo, elijo amar esa “suposición” que para mí es certeza por fe de errata, y para otros no es más que cosa de locos. Y yo les contestaba a esos que prefería ser un loco soñador que un cuerdo sin fe. Eso les hubiera dicho Genoveva. O Beba cómo le decía su padre. Ahora el rostro de esa mujer venía empeorando con los años, y con ellos venían las arrugas, también las grandes ojeras y bolsas por debajo de sus ojos achinados pequeñísimos, su rostro parecía ser un lienzo libre en donde la edad dibujaba sus garabatos más pobres y tristes. La enfermedad le había consumido la existencia, más que nada la vida, porque Genoveva existía pero su vivir era muy precario, era algo sin personificación, un cuerpo inanimado, inexorable, porque una mente sin recuerdos tiene cómo resultado un cuerpo sin dirección. Ella no sabía a quién abrazar, a quién odiar, a quién debería mirar con amor y a quienes con repudio, si sus besos eran de tal o si su silencio era merecedor de aquél otro. Sucede que a veces la miro en su cama, toda arrugada igual que su cuerpo, toda abandonada igual que su alma, desarreglada y blanca como ella, y pareciera que me mira de vuelta, entonces es cuando siento que me dice en voz baja procurando ser intima: Acá estoy. Acá estoy. Acá estoy. Y yo le devuelvo la complicidad con una sonrisa tímida, luego toda la tarde me quedo pensando si en verdad ella esta, y ella es, si es que ya se fue o si aún sigue en su cuerpo, y toda la noche la sueño, para que en el mismo sueño me vuelva a repetir: Acá estoy. Y es ahí, en esa fracción de segundos del tiempo, en el momento en que ella me mira con amor o me roza la mano por el hombro mirando a la nada, cuando yo creo en que ella sigue siendo Genoveva debajo de su piel desarreglada y de su mente invertida. Es un secreto nuestro, pero ella sigue ahí, muy escondida, solo hay que saber buscarla y escuchar muy por debajo de los sonidos humanos su dulce y calmante: Acá estoy.
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