lunes, 14 de octubre de 2013

Redención


Afuera llueve a cantaros y Franco camina por una vereda más oscura que una boca de lobo feroz. Yo cruzo la calle para ir detrás de él. No tengo miedo, pero el camina como si alguien lo estuviera apurando. Silueta perfectamente negra y manos inquietas que golpean sus piernas y rodillas al compás de la canción que sale del auricular. De a ratos movía la cabeza cuando el coro lo llevaba a un éxtasis mayor y tarareaba el grito final. Se dio la vuelta porque escucho que me reí, porque ver de nuevo a ese Franco emocionado y feliz que tocaba una guitarra de aire me daba cierto placer y algo de melancolía por haberlo olvidado. Él me mira como me solía mirar cuando me aparecía por su puerta de sorpresa. Me sonríe. Yo empiezo a llorar pero mis lágrimas se traspapelan entre las gotas de lluvia, entonces no nota que lloro por él. Me sonríe aun más. Me toma de las dos manos, que parecían lastimadas, porque dolía que me tocara la piel, como si me quemara de forma suave pero peligrosa. Me dejé tomar las manos solamente porque era él, y recordé que así se sentía también cuando me besaba. Los relámpagos se hacían más fuertes hasta que me asustaron cómo a una nena huérfana en el medio de su habitación oscura y prematura. Entonces Franco se hizo aún más alto de lo que era, y posó todo su mentón sobre mi cabeza mojada y temblorosa. Me besó la frente. Yo quería un beso de aquellos de antes, pero él me dijo que era malo para los dos, no, tampoco es que quiera, vos provocaste que yo no te pueda besar, y me consolaba con un abrazo nada más, que me conforme, que no me queje porque eso era bastante. Yo me reí porque recordé cuando él simulaba enojarse conmigo y yo como nena tonta lo perseguía por toda la casa. El también se rió, pero de un segundo a otro se volvió serio.
Franco dice una frase que no logro entender, me grita, me insulta, me apunta con el dedo índice y me empuja, pero al mismo tiempo me pide perdón y me sostiene en el aire denso y húmedo de la noche de lluvia. Me deja tirada en la vereda que también arde en el cuerpo. Cuando esta por desvanecerse entre la neblina y las líneas rápidas de lluvia dulce, se da la vuelta. Corre. Vuelve hacia mí corriendo. No llega, no llega. Nunca llega a mí como si mi cuerpo fuera un oasis. A la mitad del camino, se detiene de nuevo cómo arrepentido de volver, y me mira con pena pero amor. Se larga a llorar y a reírse al mismo tiempo. Se pone serio de nuevo. Grita desde muy lejos, consejero y a punto de echar a correr su partida:

“Aprendé a levantarte sola, vos bien sabés que tenés que hacerlo de una vez por todas. Sola, mi amor, sola.” y entre el eco de aquel Sola... con la voz de Franco, me despierto del sueño y afuera llueve a cántaros.


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