En el bajón del Domingo, todo puede pasar. El Domingo es un día especial, en el que todo se vuelve más denso, más pesado, más melancólico. Aunque sea en algún momento de él, así sucede, que nos volvemos una cara larga que no sabe que le pasa y prefiere no saberlo. Todo empieza cuando ponés play a esa canción que siempre te causo escalosfríos, o alguna que otra que te dedicaron o dedicaste, vaya forma de arruinar una canción, que esté atada a un recuerdo del pasado. Tarareas la letra en tu cabeza, hasta que llegas a esa parte en la que gritas cada palabra de cada estrofa:
"Si te veo ahora, aunque termine en unos vicios, tomo una botella y juego a la botellita, con vos". Gritás la letra. Y casi que llorás cuando termina de sonar la canción. Así continuas escuchando música, hurgando en las canciones más viejas, en las carpetas más olvidadas, en las listas de reproducciones más oscuras. Lo extrañas. O la extrañas. O extrañas un momento, un lugar, una voz, esa risita que te llenaba el oído, la forma en que te abrazaba o los besos que se fueron. Después, te sentís inútil. Frágil. Te sentís un nene que llora cuando la mamá se le va, vulnerable de nuevo. Y te rebajas a ese nivel que todos hemos tocado, cuando en verdad llegamos al fondo de ese barril grande y hueco que es la melancolía de llorarle a alguien o a algo que ya no está, que se fue, que no existe más. No sabés a que le estás llorando, si a la pérdida o si a la soledad, si te frustra no poder despegarte de ese pasado o el simple hecho de que ese "pasado" ya ni te registre. No sabés a que o quién le lloras, pero vos llorás. Deseás que muchas cosas no hubieran pasado, o que algunas no estuvieran en tu memoria, y que otras en vez de estar allí estuvieran presentes en tu realidad, esa que en el Domingo te asecha y cómo el cuco te hace llorar como un nenito de mamá.
Y en alguna parte del día, te das cuenta, que al fin y al cabo, siempre se llora por uno mismo. Sentís que el nudo de la garganta se va desenredando, los ojos se te limpian solos, mirás para abajo, movés la cabeza de izquierda a derecha, y seguís escuchando canciones tristes. Pensar que el Domingo está hecho para eso, para sentirse vacío, y allí conectarse con lo que nos llena, con todo eso que somos: nuestro pasado, el presente, y ese futuro que con suerte será mejor que hoy.
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