miércoles, 2 de enero de 2013

Alegoría a tu extravío



Ustedes no saben. No tienen idea. Odio tanto como los gritos de la vida, ese Enero imborrable de mi mente que por más que me esfuerce, no se quiere ir de mí. Los días de lluvia y el viento que por mi ventana entra, me hacen recordar el día en que ella se fue. La noche me llama a dormir, pero no consigo conciliarme conmigo mismo. Estoy peleado con mi mente, no me deja libre.                                    
Ella para mí era todo eso que completaba mi nada. Aun recuerdo su piel arrugadita, que cuando tomaba mis manos para darse pie a caminar mejor, me hacía sentir que perderle estaba más cerca de lo que quería. Aun recuerdo esos veranos, cuando yo me sentaba en el cordón de la vereda, a la hora de la siesta, y el sol no me encandilaba porque un viejo sauce me daba toda la sombra del mundo. La temperatura perfecta. El silencio de las tardes aun recuerdo cuando estoy ensordecido por ganas de irme en un barco velero, hasta la costa de ese rio, en el que jugaba a que la arena que pisaba no era más que un libro lleno de historias. De secretos. O cuando miraba hacia a lo lejos y veía junto con el solar naranja, como esa isla lejana podía estar más llena de paz que en la sombra del aquel sauce, si es posible. Quisiera que vayamos los dos a esa isla, y te llevaras esa reposera de roble, por supuesto tu favorita, y sentaba bajo la locura de que un lugar sea tan silencioso y lleno de ruido vividor a la vez, me contaras de esas historias que solo vos te sabias acordar. No importara si tu voz es gorgoja, yo agigantare mis orejas y mermaran las preocupaciones dentro de mí solo por el hecho de escuchar tu celestial soprano.                                         
Lamento tanto como ese Enero, no haberte cedido la cantidad de abrazos necesarios. Que por supuesto, nunca iban a ser los suficientes. También plaño no habernos tomado esa última fotografía, que por la mente fija en que para siempre ibas a posar conmigo con una sonrisa, me olvide por completo de que si… si era posible que te me fueras de las manos como mi cabeza se va al quicio ahora por no tenerte. 
Ese Enero de mi vida, imborrable como ya les mencione, sacudió mi cabeza contra ese costal de lagrimas que había dejado guardado para mucho después. El termino de matar la parte de mí que quedaba un poco boyante. ¿Sabes una cosa? Sé que algún día me reuniré con vos en esa isla que sueño todas las noches de relámpagos, y nubes llenas de un gris que no se puede colorear ni con el más feliz de los colores. Sé que me estas esperando ahí, sentada en tu reposera que rechina de ajada, igual que tu mirada que abraza hasta la más temible de las fieras y las calma. Tengo la certeza, no la incertidumbre. De que desde ese cielo estrellado, perplejo de estragos, que las noches de frío seco me gusta observar, me estas velando desde lo más lejos, y yo solo espero, si el jubilo del paraíso me lo permite, que algún día nos reunamos en la isla de la oscuridad. Porque voy a llevar mis oídos listos para escuchar la alegoría de la vida saliendo de tus cuerdas vocales, y mis ojos preparados para que nos miremos otra vez.  

Dedicado humildemente a un amigo que por causas del destino, perdió a su pedacito de cielo, que todos damos por sentado tener para siempre. Esta es mi manera de abrazarte desde aquí, con el calor de unas palabras que me salieron del alma. Mi mayor sentido pésame hacia ti.                                                                                                                                             



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