Julia vino a casa. Poso su cuerpo pálido y desnudo arriba de mi cama. Extrañaba el olor a mujer, no el perfume a mujer, si no el olor, la esencia, ese olor característico, que pueden tener las casas o los libros, que en cada mujer es distinto y único. El olor de Julia despertaba frescura, una sensación que erizaba la piel y las pestañas, como vientos frescos de Verano, vientos inesperados, un poco molestos, tal vez, pero que dan alivio, al fin y al cabo. Julia decía que no podemos vivir sin las cosas que odiamos o que nos molestan, decía que entre medio del odio se esconde el amor. Aunque sea amor propio. Julia decía que somos lo que odiamos y lo que hacemos con ese odio. La miraba hablar y, por la manera en que lo hacia, pude notar que era una de esas formas de expresarse con las que uno trata a alguien confidente y de palabra, charlas en las que uno se permite hablar de las cosas mas insultas y bobas, hasta las reflexiones mas profundas del alma, pero sin miedos, sin pausas, con miradas a los ojos, y no al vacío o a la nada, como cuando nos da pudor confesarnos. Me resulto extraña su confianza en mi, quizás mas bien algo halagadora, pero, eso dio paso a que yo también me sienta así, como ella, y que tuviera ganas de compartir sueños o secretos; pero no lo hice. No debía, no era el tiempo, el momento era de ella, no hacía falta hablar de mi si Julia no preguntaba. Ella hablaba y yo la escuchaba por horas, en verdad lo disfrutaba, nunca se cansaba de hablar y filosofar de las cosas mas extrañas o los aspectos más simples. Era maravilloso. Lástima que yo fuera tan paranoico. La miraba, y en ella veía mi muerte, mi dolor, mi debilidad. No podía, aunque quisiera, hablarle de mi en la forma que ella lo hacía, decirle mis sueños, mis reflexiones, mis placeres, mis favoritos, todo de mi, como ella lo hacía. No podía, porque, cuando uno se rebela así, de tal manera sincera, a tal punto en que la otra persona lo conoce a uno de memoria, y sin fallar, allí radica la perdición emocional, la dulce amenaza de lo perecedero, la trampa favorita del amor hacia el enamorado. Porque allí, uno ya no es uno mismo, porque uno se comparte, se rebela, se abre totalmente al otro, y así, deja que aquel robe, sin querer, una parte de nosotros, que si esa persona se va, no volverá a su lugar, aunque por suerte o casualidad, esa persona si lo haga. Ya somos de esa persona eternamente.
Ya sabía que a Julia le gustaba cuando llovía y había sol, que tenía un armario en donde guardaba todas sus pertenencias personales, viejas y nuevas; pequeños juguetes de su infancia, remeras de bandas de sus gustos, como Green Day o Gun's and Roses, discos del mismo genero, libros que le fascinaban, fotografías y posters, o latas de Speed como objetos de colección. También sabia que le encantaba el cine de terror, y que en la espalda tenía siete pequeñas cicatrices desde su nacimiento, que se sentían como piel cortada (Que ella odiaba, pero, a mi me encantaba su espalda por aquellas cicatrices, aunque no lo sepa). Yo, ya sabía mucho mas de ella, y Julia no tenia idea de que cuando muera o se vaya, una parte de su alma seguirá viva en mi hasta la eternidad. Pobre Julia.
En un momento, dejo de hablar, no se porqué. Yo estaba sentado en el piso de mi habitación, y ella semi-acostada en el respaldar de la cama. Hizo un silencio enorme, y miro hacia abajo, donde yo estaba. Me sonrió.
Vení -me dijo estirando su brazo huesudo y su mano débil.
Vení para acá, mas cerca mío -me dijo como si me quisiera revelar algo importante y secreto, tanto que ni las paredes mismas podían oír ni mirar.
Me tomó del brazo, me levantó del suelo, y me hizo recostar en la cama boca arriba. Ella hizo lo mismo, pero su cuerpo estaba en la dirección opuesta; Julia con los pies hacia el respaldar de la cama, y yo con los pies hacia donde terminaba la cama. Quedaron nuestras cabezas juntas, nuestras orejas tocándose, muy cerca los dos.
Dicen que el sentido mas maravilloso es el del tacto. Dicen, especialmente, los ciegos. Dicen que se puede sentir todo y mucho mas con los dedos y las manos, con el simple tacto: amor, odio, recelo, desconfianza o seguridad. Claro, cuando se toca de verdad al otro, cuando se siente su boca, su nariz, sus brazos, su espalda o sus parpados, también su cuerpo, mas que nada su cuerpo entero- me dijo mirando hacia el techo, a la nada.
Julia me pidió que la tocara con los ojos cerrados. Me pidió que imaginara que estaba tocando un sentimiento. No se como se toca "un sentimiento". Supuse que aquello era una metáfora cursi del amor.
[...]
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