sábado, 17 de agosto de 2013

Ocean of passion/2


"Tenés algo ahí, en el ojo izquierdo" me susurro. Lo tenía a él en el ojo izquierdo. La izquierda siempre fue mi dirección favorita; no creo que haya nada malo en levantarse con el pie izquierdo, de hecho siempre he tratado de levantarme con ese pie, y de tocar los rostros que me dan ternura con esa mano. En la mano izquierda tengo el anillo que me dio mi padre antes de partir a Río Negro, en el dedo anular, que está más a la izquierda, en la oreja izquierda tengo una perforación que me hice un verano, de rebelde, en un puesto suburbano de la playa Bristol, en el pie izquierdo tengo el tatuaje de un atrapa-sueños hindú, mi obsesión. Y ahora, lo tenía a Juan Cruz en la pupila de mi ojo izquierdo, grabado en un sutil degradé de gamas y colores diversos, dispersos y difuminados. Soplo mi ojo y sus alrededores, y se alejo de esa distancia, que por un momento, me desconcertó, y creo que el llego a captar ese desconcierto, porque luego de ese soplo en mi ojo izquierdo, tan cerca de mi rostro, y aun más peligroso, tan cerca de mi boca, me dijo: "Perdón". Asentí con la cabeza, como dándole a saber que entendía su perdón, pero entre esas palabras también entendí que aquel fue un impulso repentino, y por ende, un impulso del corazón (demasiado cursilesca para él esa explicación mística). Mejor dicho, de algún plano inconsciente en la retorcida mente de Juan Cruz. Tan retorcida como su forma de darle una explicación a las cosas, tan funesta como su forma de vestirse, siempre de negro, de luto, o como su forma de caminar; siempre a paso lento, como despreocupado, pero a la vez alerta, como gato negro de callejón, de ojos verdes brillantes, tristes y solos. 
A comienzos de Febrero, por el 2007, Juan Cruz ya estaba en Chile, quizás buscando amor mediante las clásicas prostitutas de taquilla, en buena forma y sin pesar de dignidad o pudor, mejor dicho, quizás buscando placer, más que nada, porque amor es mala palabra en los prostíbulos. No había un punto exacto para saber cuando dejé atrás a Juan Cruz, y le dejé de escribir cartas, quizás mucho después me di cuenta de que ese punto era el hecho de que Juan Cruz ya no me escribía con frecuencia; y así se fue destiñendo mi tinta, y mis brazos ya no cedían para grabar en un papel al azar “¿Como estas?”. Me lo imaginaba con una sonrisa inmensa, gigante, como nunca antes, y no sabía si eso me causaba placer o desprecio. Me preguntaba si Juan Cruz pensaría en mi cuando hacía el amor con otra mujer, si miraría al techo para recordar cuando las respiraciones eran mías, y respirábamos juntos, en conexión, si sentía mis brazos lánguidos y fríos abrazándolo a distancia, como yo podía rememorar la imagen eterna que muchas veces me salvaba de la soledad, o me ayuda a explicar cómo era amar. La imagen era como una fotografía, una película que yo veía y protagonizaba al mismo tiempo. Como en los sueños que uno se ve a uno mismo, justo así: Esta la cama de Juan Cruz, tan pequeña pero tan acogedora, llena de calor de cuerpo y piel, mejor que sus sabanas azules que raspaban la espalda. El está en la parte izquierda de la cama, en posición fetal, como un bebe recién nacido, como alguien que necesita un abrazo, como formando un S con el cuerpo. Yo estoy detrás de Juan Cruz, en la misma posición que él, como tratando de encajar en su cuerpo, como un solo cuerpo, eran dos S, dos piezas de un rompecabezas que se complementaban a la perfección. Mi nariz se posa en su pelo negro, con olor a limpio, a nuevo, olor a la piel de Juan Cruz, nada más que eso. Mis ojos están cerrados, para recordar su aroma y memorizarlo, con los ojos cerrados todo se vuelve más frágil, más sensible, más mágico y celestial. Mi mano está en la espalda de Juan Cruz, sobre su camisa a cuadros, y el tiene como punto fijo una película de amor que lo obligue a ver conmigo. Mi nariz sigue olfateando y se acerca hasta su oreja, para sentir su piel lampiña, y luego bajar hasta su cuello y respirar cerca de él; era mi forma de decirle que lo quería más que a mí misma, aunque él no lo supiera. Era mi forma de sentirlo cerca, y catalogarlo como mío. Eternamente mío. Vuelvo a subir hasta su pelo, y allí me quedo. Abro los ojos, y veo la silueta de Juan Cruz frente a mí. No tiene idea de que estoy llorando detrás de él, mientras mira esa película de amor sin sentido. En un momento, el llanto se hace claro, porque una gota callo entre el cuello de Juan Cruz. Se da la vuelta, y me pregunta que ocurre. Me mira a los ojos, me pregunta que ocurre. Le sonrío. Me sonríe. Hacemos como si nada pasara, y el vuelve a su posición de feto, y yo lo abrazo con fuerza, y lagrimas discretas, mientras el toma mi mano, sin saber nada. Allí termina mi escena para explicar el amor verdadero. Lloraba porque lo quería. Solo por eso, lloraba porque lo quería, y esa tarde insignificante me di cuenta de aquello. Tal vez es algo que simplemente pasa. Lloraba de tristeza, revelación y felicidad, también ternura. Lloraba porque lo amaba. ¿Quién sabe porque llore justo en aquel momento? Solo lo hice, porque me nacía del alma, porque allí debía llorar que amaba a Juan Cruz más que a mí misma. Recuerdo esa escena perfectamente, cada aroma, la piel de Juan Cruz limpia y sin poros, la poca claridad de la habitación, el olor a atardecer que venía de afuera, el sentimiento adormilado que me daba ver el cielo algo oscuro, la pared azul Francia de la habitación que me recordaba al mar, el silencio, el cuerpo de Juan Cruz, la ternura que me causaba abrazarlo por detrás, como si estuviera a punto de partir muy lejos, la seguridad absoluta que me daba estar con él, y nadie más que él, el miedo crónico de que algún día se fuera de mi lado. Esa escena era mi recordatorio de que el amor existe. Pero cuando la recordaba por el 2007, dos años después, y esta vez sin Juan Cruz, me causaba recelo, apatía, nauseas, y creo que tristeza, si es que así se le puede llamar a la sensación de la nada, al vasto vacio de la nada misma. Tristeza. Ya no recordaba como era el amor, sabía que lo había sentido, y estaba en mi memoria por aquella escena que va conmigo como fantasma, pero eran recuerdos sin sentimientos, solo me causaban mal, un sentido bruto, perpetuo, infalible y oscuro. Por el 2010, volví a ver a Juan Cruz, en una librería del centro de Paraná, pequeña pero llena de la mejor selección de escritores hispanos. Lo revise de lejos, y seguía con su particular forma de caminar jorobado, con su espalda ancha a cuestas, y su cabeza parecida a la de una tortuga. Tenía más años encima, pero no de edad, si no de cansancio, con sus ojeras más profundas de lo normal y sus ojos mas entrecerrados al mejor estilo oriental. Me miro. Atinó a saludar, o quizás eso pensé en mi inconsciente, quizás con una mirada o una sonrisa, pero me di la vuelta antes de que lo haga. Era una pequeña venganza, pero mataba el alma que aquel que sintió hasta mis huesos ahora sea una sombra más. Porque en eso se convierten los conocidos con recuerdos; en sombras. Lo volví a ver ese mismo año, unos meses después, en un club nocturno, borracho y casi inconsciente, sin nadie alrededor que lo socorriera o acompañara, siquiera que se riera de sus monerías desinhibidas producto del alcohol, para que las lagrimas no surjan, como en todo borracho solitario, que canta y se golpea el pecho de un dolor desconocido. No lo socorrí, solo lo mire con dolor, o lastima, que es mucho peor. Esa fue la última vez que lo vi, en 2010, ya a cuatro años de la escena de amor perfecta, ahora un calvario, una burla, una caricia asquerosa, llena de barro y suciedad. Nauseas. Hasta el famoso invierno del 2012.

[…]


No hay comentarios:

Publicar un comentario