lunes, 5 de agosto de 2013

Episodios de trasnoche


Francisco dormía a mi derecha, creo que era Junio, tal vez Abril, no recuerdo bien, porque solo recuerdo el momento compartido, siempre fue así, nunca media tiempos con el, porque tenia la particularidad de hacer desaparecer las fechas y los horarios de mi vida, quizás por eso era que durante el tiempo que estuve con Francisco, llegaba tarde a todos lados y me olvidaba que tenia problemas por doquier. Era mi placebo, mi antibiótico, mi antidepresivo. Actuaba como la misma amnesia en mi. Recuerdo que hacía frío, pero Francisco siempre dejaba 1/2 de sabana mas para mi, y me rodeaba con ambos brazos, por un rato, porque rápidamente, con la misma rapidez propia de su capacidad para lograr conciliar el sueño, se daba la vuelta, con el cuerpo mirando hacia la pared azulada y fresca, y de espaldas a mi espalda. Aunque aun así  seguía sintiendo el calor del cuerpo de Francisco, porque me lo transmitía con su roce, y aquel bastaba para hacerme saber que allí el estaba, y entonces me sentía tibia, alivia, protegida del frío y de cualquier amenaza, aunque no me estuviera rodeando con sus brazos, sabia que sus brazos estaban en la habitación  sabia que el estaba en la habitación, y eso era lo que la hacia tan abrazadora y reconfortante. Entonces, cuando me daba la espalda, y se profundizaba en su descanso, empezaba a gemir tímidamente, como si alguien le persiguiera, como si alguien lo quisiera atar, o asesinar, como si alguien quisiera hacerle algún mal terrible, y el corría para que eso no pasara. Su respiración se agitaba, y sus piernas se movían, le surgían hespamos y calambres, pataleaba, eran como calambres. Le miraba la cara y se le veía aterrorizado, con la boca abierta respiraba rápido, y los parpados se le presionaban, y movía los labios como queriendo decir un mensaje secreto, como si quisiera gritar, o simplemente como si no tuviera control de su boca. Yo lo sentía moverme en la cama, sus piernas se cruzaban con las mías, era imposible dormir a su lado, por lo que me limitaba a verlo hacer eso que hacia cada vez que dormía. Era como un tic, un reflejo del cuerpo, como si los músculos sufrieran insomnio. En una oportunidad, me dio pena y desesperación que hiciera eso, pero no lo desperté, pues era tarde y la excusa de que su rostro sufrido me diera ganas de salvarlo de algo desconocido, no iba a bastar para despertarlo del sueño, entonces me limite a acariciarle el rostro repetidamente. Hasta que se calmo. Y entonces dejo de moverse, y cerro la boca, también dejo de presionarse los parpados. Se calmo y yo me alivie. Nunca se lo dije, nunca le dije que tenia esos ataques musculares y faciales por las noches, nunca le dije que me desesperaba, que su rostro parecía algo desolado, como si necesitara auxilio. Nunca le dije de mis caricias para que se calmara. Nunca le dije de todo el secreto que había en las noches que dormíamos juntos en la misma cama. Por eso es que tampoco le dije que yo pensaba (y no creo hasta el día de hoy estar equivocada)  que sus espasmos y reflejos corporales, surgían por algún oscuro secreto, deseo o miedo oculto, que se expresaba en el como sueño o pesadilla, y el corría de el o ella para que no lo atrape, para que no lo lastime. Fuera lo que fuera, era algo maligno, oscuro, que seguramente lo atormenta aun por estos días, porque tengo la extraña certeza de que sigue teniendo esos episodios de trasnoche, pero es desconocedor de ello, y si es que no duerme solo por las noches, quien sea que comparta la cama con el, diría que sus espasmos son molestos e insignificantes, por lo que también los tomaría como un defecto fisiológico de Francisco, no como un aspecto erradicado en el como único, como costumbre, como su propia forma de reírse cuando estaba nervioso, o su manera de abrazar cuando consolaba dolores ajenos. Y ese alguien (ella) estaría equivocado, porque aquel seria un aspecto mas que magnifico de su propia ajena y misteriosa forma de ser. 
Nunca le dije nada de todo esto, pues ya es muy tarde, porque el ya no duerme a mi lado, y ahora el sufre esos episodios de trasnoche en la soledad de su cama, por su cuenta, y yo sufro en la mía, deseando estar ahí, a su lado, calmándolo con caricias de mis manos sobre su rostro dormido. Por las noches, sin querer, aun pienso y creo que Francisco esta dándome la espalda, y yo estoy allí  esperando a que se duerma para calmar sus males, como su presencia calmaba a los míos. 





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