viernes, 30 de agosto de 2013
Questions
Días después, puedo ver cómo ya no me necesita, cómo me desprecia, cómo maldice el haberme conocido. No puedo entender cómo el amor se convierte en odio de forma tan simple, cómo si nada, borrando recuerdos, eliminando promesas, olvidando quién estuvo ahí y quién no.
¿Cómo un abrazo se transforma en una puñalada por la espalda?
¿Cómo una sonrisa se convierte en un adiós?
¿Cómo una promesa es olvidada?
¿Cómo dos amores se convierten en extraños?
No consigo entender, cómo podés ser tan cruel, y de un minuto al otro, reírte de aquella promesa que una vez creí que cumplirías:
"Con vos, a cualquier lado. Con vos, siempre."
¿Esto es una venganza porque alguna vez te cause dolor?
¿Te haría sentir bien saber que lloro un poco cada día y es por vos?
Ahora te escucho decir que fui lo peor de tu pasado, y que un error es lo que fuimos.
Decís que te olvide, preguntás cómo así fue.
Yo te digo, maldigo y maldigo, que digas eso.
Yo nunca lo voy a hacer.
El olvido es un engaño, no existe, y mucho menos tratandosé de vos, que dejaste tanto y te llevaste de mi tanto más, que me enseñaste mucho y también me enseñaste a dar.
Pero, si es que me has de recordar cómo lo peor, si es que de mi nada bueno te llevás, y si es que piensas que yo nunca hice nada para verte mejor, prefiero entonces, que no me recuerdes. Aunque eso signifique un dolor grande, no tan grande será ese dolor, como el que me causaría que digas que nunca existió el amor.
Hoy, siento que no haberte conocido sería una pena, un horror, pero, también un alivio a este dolor que me causa desconocerte.
Y, a pesar de todo
digas lo que digas,
hagas lo que hagas,
pienses lo que pienses,
aunque con miles de recuerdos
hoy seamos dos extraños
Nunca te voy a olvidar.
No fuiste lo peor, fuiste todo lo contrario.
sábado, 24 de agosto de 2013
Llorar es divino
Llorar es cómo vaciar el alma de fantasmas, limpiar el aura, sacar la basura de años, abrir las ventanas para dejar entrar luz, barrer la tierra fuera de la alfombra, gritar luego de sacarse una mordaza apretada.
Si se llora a su debido momento, en el ambiente adecuado, y a la persona indicada, llorar es divino. Llorar es una manera de hacerse parte de todos y de todo, es un recordatorio al ego y la soberbia de lo humano que es el ser. Cada gota en sí, es personal, pero también es del universo cuando sale hacia afuera, se va de nosotros, y se pierde entre el ambiente y otras gotas ajenas, hasta ser gas y llegar a las nubes. Y en ese simple acto involuntario, pero sagrado, nos hacemos parte de la vida, del mundo, y del universo en su totalidad. Somos más que humanos cuando lloramos nuestra primera lágrima; y así como llorando vinimos al mundo, llorando nos despedirán de él.
Llorar es divino.
sábado, 17 de agosto de 2013
Ocean of passion/2
"Tenés
algo ahí, en el ojo izquierdo" me susurro. Lo tenía a él en el ojo
izquierdo. La izquierda siempre fue mi dirección favorita; no creo que haya
nada malo en levantarse con el pie izquierdo, de hecho siempre he tratado de
levantarme con ese pie, y de tocar los rostros que me dan ternura con esa mano.
En la mano izquierda tengo el anillo que me dio mi padre antes de partir a Río
Negro, en el dedo anular, que está más a la izquierda, en la oreja izquierda
tengo una perforación que me hice un verano, de rebelde, en un puesto suburbano
de la playa Bristol, en el pie izquierdo tengo el tatuaje de un atrapa-sueños
hindú, mi obsesión. Y ahora, lo tenía a Juan Cruz en la pupila de mi ojo
izquierdo, grabado en un sutil degradé de gamas y colores diversos, dispersos y
difuminados. Soplo mi ojo y sus alrededores, y se alejo de esa distancia, que
por un momento, me desconcertó, y creo que el llego a captar ese desconcierto, porque
luego de ese soplo en mi ojo izquierdo, tan cerca de mi rostro, y aun más
peligroso, tan cerca de mi boca, me dijo: "Perdón". Asentí con la
cabeza, como dándole a saber que entendía su perdón, pero entre esas palabras también
entendí que aquel fue un impulso repentino, y por ende, un impulso del corazón
(demasiado cursilesca para él esa explicación mística). Mejor dicho, de algún
plano inconsciente en la retorcida mente de Juan Cruz. Tan retorcida como su
forma de darle una explicación a las cosas, tan funesta como su forma de
vestirse, siempre de negro, de luto, o como su forma de caminar; siempre a paso
lento, como despreocupado, pero a la vez alerta, como gato negro de callejón,
de ojos verdes brillantes, tristes y solos.
A comienzos de Febrero, por el 2007, Juan Cruz ya estaba en Chile, quizás buscando amor mediante las clásicas prostitutas de taquilla, en buena forma y sin pesar de dignidad o pudor, mejor dicho, quizás buscando placer, más que nada, porque amor es mala palabra en los prostíbulos. No había un punto exacto para saber cuando dejé atrás a Juan Cruz, y le dejé de escribir cartas, quizás mucho después me di cuenta de que ese punto era el hecho de que Juan Cruz ya no me escribía con frecuencia; y así se fue destiñendo mi tinta, y mis brazos ya no cedían para grabar en un papel al azar “¿Como estas?”. Me lo imaginaba con una sonrisa inmensa, gigante, como nunca antes, y no sabía si eso me causaba placer o desprecio. Me preguntaba si Juan Cruz pensaría en mi cuando hacía el amor con otra mujer, si miraría al techo para recordar cuando las respiraciones eran mías, y respirábamos juntos, en conexión, si sentía mis brazos lánguidos y fríos abrazándolo a distancia, como yo podía rememorar la imagen eterna que muchas veces me salvaba de la soledad, o me ayuda a explicar cómo era amar. La imagen era como una fotografía, una película que yo veía y protagonizaba al mismo tiempo. Como en los sueños que uno se ve a uno mismo, justo así: Esta la cama de Juan Cruz, tan pequeña pero tan acogedora, llena de calor de cuerpo y piel, mejor que sus sabanas azules que raspaban la espalda. El está en la parte izquierda de la cama, en posición fetal, como un bebe recién nacido, como alguien que necesita un abrazo, como formando un S con el cuerpo. Yo estoy detrás de Juan Cruz, en la misma posición que él, como tratando de encajar en su cuerpo, como un solo cuerpo, eran dos S, dos piezas de un rompecabezas que se complementaban a la perfección. Mi nariz se posa en su pelo negro, con olor a limpio, a nuevo, olor a la piel de Juan Cruz, nada más que eso. Mis ojos están cerrados, para recordar su aroma y memorizarlo, con los ojos cerrados todo se vuelve más frágil, más sensible, más mágico y celestial. Mi mano está en la espalda de Juan Cruz, sobre su camisa a cuadros, y el tiene como punto fijo una película de amor que lo obligue a ver conmigo. Mi nariz sigue olfateando y se acerca hasta su oreja, para sentir su piel lampiña, y luego bajar hasta su cuello y respirar cerca de él; era mi forma de decirle que lo quería más que a mí misma, aunque él no lo supiera. Era mi forma de sentirlo cerca, y catalogarlo como mío. Eternamente mío. Vuelvo a subir hasta su pelo, y allí me quedo. Abro los ojos, y veo la silueta de Juan Cruz frente a mí. No tiene idea de que estoy llorando detrás de él, mientras mira esa película de amor sin sentido. En un momento, el llanto se hace claro, porque una gota callo entre el cuello de Juan Cruz. Se da la vuelta, y me pregunta que ocurre. Me mira a los ojos, me pregunta que ocurre. Le sonrío. Me sonríe. Hacemos como si nada pasara, y el vuelve a su posición de feto, y yo lo abrazo con fuerza, y lagrimas discretas, mientras el toma mi mano, sin saber nada. Allí termina mi escena para explicar el amor verdadero. Lloraba porque lo quería. Solo por eso, lloraba porque lo quería, y esa tarde insignificante me di cuenta de aquello. Tal vez es algo que simplemente pasa. Lloraba de tristeza, revelación y felicidad, también ternura. Lloraba porque lo amaba. ¿Quién sabe porque llore justo en aquel momento? Solo lo hice, porque me nacía del alma, porque allí debía llorar que amaba a Juan Cruz más que a mí misma. Recuerdo esa escena perfectamente, cada aroma, la piel de Juan Cruz limpia y sin poros, la poca claridad de la habitación, el olor a atardecer que venía de afuera, el sentimiento adormilado que me daba ver el cielo algo oscuro, la pared azul Francia de la habitación que me recordaba al mar, el silencio, el cuerpo de Juan Cruz, la ternura que me causaba abrazarlo por detrás, como si estuviera a punto de partir muy lejos, la seguridad absoluta que me daba estar con él, y nadie más que él, el miedo crónico de que algún día se fuera de mi lado. Esa escena era mi recordatorio de que el amor existe. Pero cuando la recordaba por el 2007, dos años después, y esta vez sin Juan Cruz, me causaba recelo, apatía, nauseas, y creo que tristeza, si es que así se le puede llamar a la sensación de la nada, al vasto vacio de la nada misma. Tristeza. Ya no recordaba como era el amor, sabía que lo había sentido, y estaba en mi memoria por aquella escena que va conmigo como fantasma, pero eran recuerdos sin sentimientos, solo me causaban mal, un sentido bruto, perpetuo, infalible y oscuro. Por el 2010, volví a ver a Juan Cruz, en una librería del centro de Paraná, pequeña pero llena de la mejor selección de escritores hispanos. Lo revise de lejos, y seguía con su particular forma de caminar jorobado, con su espalda ancha a cuestas, y su cabeza parecida a la de una tortuga. Tenía más años encima, pero no de edad, si no de cansancio, con sus ojeras más profundas de lo normal y sus ojos mas entrecerrados al mejor estilo oriental. Me miro. Atinó a saludar, o quizás eso pensé en mi inconsciente, quizás con una mirada o una sonrisa, pero me di la vuelta antes de que lo haga. Era una pequeña venganza, pero mataba el alma que aquel que sintió hasta mis huesos ahora sea una sombra más. Porque en eso se convierten los conocidos con recuerdos; en sombras. Lo volví a ver ese mismo año, unos meses después, en un club nocturno, borracho y casi inconsciente, sin nadie alrededor que lo socorriera o acompañara, siquiera que se riera de sus monerías desinhibidas producto del alcohol, para que las lagrimas no surjan, como en todo borracho solitario, que canta y se golpea el pecho de un dolor desconocido. No lo socorrí, solo lo mire con dolor, o lastima, que es mucho peor. Esa fue la última vez que lo vi, en 2010, ya a cuatro años de la escena de amor perfecta, ahora un calvario, una burla, una caricia asquerosa, llena de barro y suciedad. Nauseas. Hasta el famoso invierno del 2012.
A comienzos de Febrero, por el 2007, Juan Cruz ya estaba en Chile, quizás buscando amor mediante las clásicas prostitutas de taquilla, en buena forma y sin pesar de dignidad o pudor, mejor dicho, quizás buscando placer, más que nada, porque amor es mala palabra en los prostíbulos. No había un punto exacto para saber cuando dejé atrás a Juan Cruz, y le dejé de escribir cartas, quizás mucho después me di cuenta de que ese punto era el hecho de que Juan Cruz ya no me escribía con frecuencia; y así se fue destiñendo mi tinta, y mis brazos ya no cedían para grabar en un papel al azar “¿Como estas?”. Me lo imaginaba con una sonrisa inmensa, gigante, como nunca antes, y no sabía si eso me causaba placer o desprecio. Me preguntaba si Juan Cruz pensaría en mi cuando hacía el amor con otra mujer, si miraría al techo para recordar cuando las respiraciones eran mías, y respirábamos juntos, en conexión, si sentía mis brazos lánguidos y fríos abrazándolo a distancia, como yo podía rememorar la imagen eterna que muchas veces me salvaba de la soledad, o me ayuda a explicar cómo era amar. La imagen era como una fotografía, una película que yo veía y protagonizaba al mismo tiempo. Como en los sueños que uno se ve a uno mismo, justo así: Esta la cama de Juan Cruz, tan pequeña pero tan acogedora, llena de calor de cuerpo y piel, mejor que sus sabanas azules que raspaban la espalda. El está en la parte izquierda de la cama, en posición fetal, como un bebe recién nacido, como alguien que necesita un abrazo, como formando un S con el cuerpo. Yo estoy detrás de Juan Cruz, en la misma posición que él, como tratando de encajar en su cuerpo, como un solo cuerpo, eran dos S, dos piezas de un rompecabezas que se complementaban a la perfección. Mi nariz se posa en su pelo negro, con olor a limpio, a nuevo, olor a la piel de Juan Cruz, nada más que eso. Mis ojos están cerrados, para recordar su aroma y memorizarlo, con los ojos cerrados todo se vuelve más frágil, más sensible, más mágico y celestial. Mi mano está en la espalda de Juan Cruz, sobre su camisa a cuadros, y el tiene como punto fijo una película de amor que lo obligue a ver conmigo. Mi nariz sigue olfateando y se acerca hasta su oreja, para sentir su piel lampiña, y luego bajar hasta su cuello y respirar cerca de él; era mi forma de decirle que lo quería más que a mí misma, aunque él no lo supiera. Era mi forma de sentirlo cerca, y catalogarlo como mío. Eternamente mío. Vuelvo a subir hasta su pelo, y allí me quedo. Abro los ojos, y veo la silueta de Juan Cruz frente a mí. No tiene idea de que estoy llorando detrás de él, mientras mira esa película de amor sin sentido. En un momento, el llanto se hace claro, porque una gota callo entre el cuello de Juan Cruz. Se da la vuelta, y me pregunta que ocurre. Me mira a los ojos, me pregunta que ocurre. Le sonrío. Me sonríe. Hacemos como si nada pasara, y el vuelve a su posición de feto, y yo lo abrazo con fuerza, y lagrimas discretas, mientras el toma mi mano, sin saber nada. Allí termina mi escena para explicar el amor verdadero. Lloraba porque lo quería. Solo por eso, lloraba porque lo quería, y esa tarde insignificante me di cuenta de aquello. Tal vez es algo que simplemente pasa. Lloraba de tristeza, revelación y felicidad, también ternura. Lloraba porque lo amaba. ¿Quién sabe porque llore justo en aquel momento? Solo lo hice, porque me nacía del alma, porque allí debía llorar que amaba a Juan Cruz más que a mí misma. Recuerdo esa escena perfectamente, cada aroma, la piel de Juan Cruz limpia y sin poros, la poca claridad de la habitación, el olor a atardecer que venía de afuera, el sentimiento adormilado que me daba ver el cielo algo oscuro, la pared azul Francia de la habitación que me recordaba al mar, el silencio, el cuerpo de Juan Cruz, la ternura que me causaba abrazarlo por detrás, como si estuviera a punto de partir muy lejos, la seguridad absoluta que me daba estar con él, y nadie más que él, el miedo crónico de que algún día se fuera de mi lado. Esa escena era mi recordatorio de que el amor existe. Pero cuando la recordaba por el 2007, dos años después, y esta vez sin Juan Cruz, me causaba recelo, apatía, nauseas, y creo que tristeza, si es que así se le puede llamar a la sensación de la nada, al vasto vacio de la nada misma. Tristeza. Ya no recordaba como era el amor, sabía que lo había sentido, y estaba en mi memoria por aquella escena que va conmigo como fantasma, pero eran recuerdos sin sentimientos, solo me causaban mal, un sentido bruto, perpetuo, infalible y oscuro. Por el 2010, volví a ver a Juan Cruz, en una librería del centro de Paraná, pequeña pero llena de la mejor selección de escritores hispanos. Lo revise de lejos, y seguía con su particular forma de caminar jorobado, con su espalda ancha a cuestas, y su cabeza parecida a la de una tortuga. Tenía más años encima, pero no de edad, si no de cansancio, con sus ojeras más profundas de lo normal y sus ojos mas entrecerrados al mejor estilo oriental. Me miro. Atinó a saludar, o quizás eso pensé en mi inconsciente, quizás con una mirada o una sonrisa, pero me di la vuelta antes de que lo haga. Era una pequeña venganza, pero mataba el alma que aquel que sintió hasta mis huesos ahora sea una sombra más. Porque en eso se convierten los conocidos con recuerdos; en sombras. Lo volví a ver ese mismo año, unos meses después, en un club nocturno, borracho y casi inconsciente, sin nadie alrededor que lo socorriera o acompañara, siquiera que se riera de sus monerías desinhibidas producto del alcohol, para que las lagrimas no surjan, como en todo borracho solitario, que canta y se golpea el pecho de un dolor desconocido. No lo socorrí, solo lo mire con dolor, o lastima, que es mucho peor. Esa fue la última vez que lo vi, en 2010, ya a cuatro años de la escena de amor perfecta, ahora un calvario, una burla, una caricia asquerosa, llena de barro y suciedad. Nauseas. Hasta el famoso invierno del 2012.
[…]
lunes, 12 de agosto de 2013
Eclipse
Yo si creo que existe, el famoso amor después del amor
Y cuando te pregunten, ¿como fue? ¿que paso?
Solamente di la verdad
sin despechos
ni rencor: fue bueno mientras duro.
Como la flor se enamora de una primavera mortal
de ella nacerá su eterna belleza
pero de aquella también vendrá su función final
que le quitara lo rosa,
lo amarillo,
todo lo que un día tuvo para dar
dejando solo espinas ásperas
tallos vacíos
olvidos en paginas
hijas del frío
en una muerte sarcástica
que da para hablar.
Como el café se enamora de una boca loca
de esa mujer solitaria
linda y sensual
en cada sorbo el abrazo
y en cada abrazo un sorbo más
lo que carece de sentido
la muerte de un café
ahora ya solitario
porque esa boca triste
de mujer
encontró unos labios
tal vez reales, quizás no tanto
la muerte de un café trasnochador
que resucitara en otros labios
porque el destino
lo que tiene de bueno
lo tiene de malo.
Como el escriba se enamora de palabras
y se alimenta de recuerdos del pasado
justo así se crearan las muertes nocturnas mas dulces
se plasmaran los poemas mas amados
en una simple contradicción
de amor, odio y lagrimas
que crean un cóctel de palabras
imaginario.
Así, y solo así, como la luna se enamora
de un sol allá bien lejos
de un sol allá lejano
solo así el amor es un eclipse
que concentra lo divino
y lo oscuro,
que destruye lo imposible
y transforma lo mas puro
que mata,
muere,
reduce, y
reencarna
pero no se olvida,
porque si ese amor vino del alma
aunque sea cuestión del pasado,
aprenderás y aceptarás:
nunca habrás de olvidar,
lo que alguna vez,
de verdad has amado.
domingo, 11 de agosto de 2013
Sightless - Parte 2
Empecé por su pelo. Con las yemas toqué todo su cráneo frágil, dormido, entregado. Sus mechones de pelo se entrelazaban en mis dedos, y se volvían una enredadera entre mis huesos, era suave y grueso. Seguí por su rostro, y toque sus párpados, que se sentían hinchados, como si hubiera llorado mucho, pensé; pero no se lo dije. Proseguí hacia su boca. Es áspera y con el labio superior más grande que el inferior, se sentían carnosos, pero tiernos, como su mejilla seca y tiesa, pero de fina piel pulida. Continué con su cuello, aquel que tanto amaba besar, luego sus hombros, aquellos con lunares y puntitos negros característicos, luego por sus senos y por ultimo su ombligo. Me detuve allí, porque su torso curvilíneo y perfecto era una de las partes que mas me gustaba de ella, junto con su espalda cicatrizada que me daba escalofríos placenteros.
¿Que sentiste? - me pregunto curiosa con una voz clemente.
No sé - le dije sinceramente, como soy yo.
¿Como "no sé"? - me dijo ella levantándose y con un tono ahora extraño, como enojado y receloso.
No sé que sentí, Julia, sentí tu cuerpo, solo eso - le dije calmo, aunque sabía que poco caballeroso.
¿Que se suponía que debía decir? ¿Que sentí amor? No sé mentir en esas cosas. Sentí algo, pero no sabía que era, sentí algo, pero como no lo tenía claro, mejor no hablar. Julia se levanto de la cama, tomo su ropa y su bolso, y me dijo que debía irse, que tenía unos trámites que resolver. No le pregunté cuales, ni si quería que la acompañara, porque cuando alguien miente para irse, nada se le ocurre más rápido que la excusa de "tramites" o "asuntos". Me abstuve a acompañarla abajo, y abrirle la puerta para que se fuera. La despedí, con un beso seco. Volví a mi cuarto entre todo el silencio y soledad, y me puse en la misma posición, solo que esta vez, sin Julia. Y sin ella todo se puso raro.
Se hacía de noche, así que baje a la cocina para ver si esta vez me decidía a cocinar, o si una vez más pedía comida rápida. Terminé tomando café. Y eso solo pasa, como acto reflejo e inconsciente, cuando no me siento bien. Me paseaba con mi taza compañera por toda la casa, y subí a mi habitación con la taza vacía de café, pero llena de dudas. Me puse en la misma posición que tenía antes. Nuevamente sin Julia a mi lado. Miré el techo, durante varios minutos, que resultaron toda una madrugada, con The Cure como música de fondo. Y cerré los ojos. Sin querer, comencé a imaginarme a Julia a mi lado. Recreé su cuerpo, porque lo había sentido antes, y tenía una memoria sensorial de aquel cuerpo, y de cada detalle que encerraba, que lo hacía único. Tenía ganas de llamar a Julia, para confesarle mi gran revelación:
El tacto, no es el sentido más maravilloso de todos; lo maravilloso es la capacidad de recordar y recrear que tiene la mente humana, cuando posee pocos recursos para hacer realidad sus sueños , pero de verdad lo desea.
Eso debió haber dicho el ciego.
sábado, 10 de agosto de 2013
Sightless - Parte I
Julia vino a casa. Poso su cuerpo pálido y desnudo arriba de mi cama. Extrañaba el olor a mujer, no el perfume a mujer, si no el olor, la esencia, ese olor característico, que pueden tener las casas o los libros, que en cada mujer es distinto y único. El olor de Julia despertaba frescura, una sensación que erizaba la piel y las pestañas, como vientos frescos de Verano, vientos inesperados, un poco molestos, tal vez, pero que dan alivio, al fin y al cabo. Julia decía que no podemos vivir sin las cosas que odiamos o que nos molestan, decía que entre medio del odio se esconde el amor. Aunque sea amor propio. Julia decía que somos lo que odiamos y lo que hacemos con ese odio. La miraba hablar y, por la manera en que lo hacia, pude notar que era una de esas formas de expresarse con las que uno trata a alguien confidente y de palabra, charlas en las que uno se permite hablar de las cosas mas insultas y bobas, hasta las reflexiones mas profundas del alma, pero sin miedos, sin pausas, con miradas a los ojos, y no al vacío o a la nada, como cuando nos da pudor confesarnos. Me resulto extraña su confianza en mi, quizás mas bien algo halagadora, pero, eso dio paso a que yo también me sienta así, como ella, y que tuviera ganas de compartir sueños o secretos; pero no lo hice. No debía, no era el tiempo, el momento era de ella, no hacía falta hablar de mi si Julia no preguntaba. Ella hablaba y yo la escuchaba por horas, en verdad lo disfrutaba, nunca se cansaba de hablar y filosofar de las cosas mas extrañas o los aspectos más simples. Era maravilloso. Lástima que yo fuera tan paranoico. La miraba, y en ella veía mi muerte, mi dolor, mi debilidad. No podía, aunque quisiera, hablarle de mi en la forma que ella lo hacía, decirle mis sueños, mis reflexiones, mis placeres, mis favoritos, todo de mi, como ella lo hacía. No podía, porque, cuando uno se rebela así, de tal manera sincera, a tal punto en que la otra persona lo conoce a uno de memoria, y sin fallar, allí radica la perdición emocional, la dulce amenaza de lo perecedero, la trampa favorita del amor hacia el enamorado. Porque allí, uno ya no es uno mismo, porque uno se comparte, se rebela, se abre totalmente al otro, y así, deja que aquel robe, sin querer, una parte de nosotros, que si esa persona se va, no volverá a su lugar, aunque por suerte o casualidad, esa persona si lo haga. Ya somos de esa persona eternamente.
Ya sabía que a Julia le gustaba cuando llovía y había sol, que tenía un armario en donde guardaba todas sus pertenencias personales, viejas y nuevas; pequeños juguetes de su infancia, remeras de bandas de sus gustos, como Green Day o Gun's and Roses, discos del mismo genero, libros que le fascinaban, fotografías y posters, o latas de Speed como objetos de colección. También sabia que le encantaba el cine de terror, y que en la espalda tenía siete pequeñas cicatrices desde su nacimiento, que se sentían como piel cortada (Que ella odiaba, pero, a mi me encantaba su espalda por aquellas cicatrices, aunque no lo sepa). Yo, ya sabía mucho mas de ella, y Julia no tenia idea de que cuando muera o se vaya, una parte de su alma seguirá viva en mi hasta la eternidad. Pobre Julia.
En un momento, dejo de hablar, no se porqué. Yo estaba sentado en el piso de mi habitación, y ella semi-acostada en el respaldar de la cama. Hizo un silencio enorme, y miro hacia abajo, donde yo estaba. Me sonrió.
Vení -me dijo estirando su brazo huesudo y su mano débil.
Vení para acá, mas cerca mío -me dijo como si me quisiera revelar algo importante y secreto, tanto que ni las paredes mismas podían oír ni mirar.
Me tomó del brazo, me levantó del suelo, y me hizo recostar en la cama boca arriba. Ella hizo lo mismo, pero su cuerpo estaba en la dirección opuesta; Julia con los pies hacia el respaldar de la cama, y yo con los pies hacia donde terminaba la cama. Quedaron nuestras cabezas juntas, nuestras orejas tocándose, muy cerca los dos.
Dicen que el sentido mas maravilloso es el del tacto. Dicen, especialmente, los ciegos. Dicen que se puede sentir todo y mucho mas con los dedos y las manos, con el simple tacto: amor, odio, recelo, desconfianza o seguridad. Claro, cuando se toca de verdad al otro, cuando se siente su boca, su nariz, sus brazos, su espalda o sus parpados, también su cuerpo, mas que nada su cuerpo entero- me dijo mirando hacia el techo, a la nada.
Julia me pidió que la tocara con los ojos cerrados. Me pidió que imaginara que estaba tocando un sentimiento. No se como se toca "un sentimiento". Supuse que aquello era una metáfora cursi del amor.
[...]
Placebo
Se dio cuenta, que estaba buscando en otros lo que él tenia, y nunca lograba hacerlo, nunca lo encontraba, eran imitaciones, copias baratas, algo que simula, como la falsificación de una obra de arte maestra, que pierde placer, sentido y valor. Y con sus mil y un intentos, se vio perdida, porque no había peor ciego que el que no quería ver, y en eso se convirtió ella cuando él se fue. Cuando el la dejó.
Se vio buscando labios ajenos, cualquier boca que con dos labios contara, y buscaba en ellos la misma esencia mágica que le daba besar aquellos labios, la misma paz que le daban aquellos besos de Febrero.
Los besos casuales, no son besos, todos saben a lo mismo, un poco de soledad, amargura, pero nada, ni un poco de amor. Los besos sin sentido, los besos de labios extraños, resultaban tardíos, falsos, ásperos, nada era lo mismo sin los labios de el. No eran los besos, eran los labios. No eran los labios, era el rostro del cual venían. No eran el rostro del cual venían, eran el alma del cual nacían. Era él.
A menudo imaginaba que esos labios raros, de turno, labios extraños, eran sus labios, se lo imaginaba, como si sus bocas se volvieran a encontrar, y entonces besaba con tanta pasión y ternura que asustaba. Era el poder de la imaginación, imaginar que esas manos eran sus manos, que esa respiración venia de el, que ese roce exquisito provenía de su única boca. Pero aquello solo era eso; un sueño más para su crisis de amor, una imagen proyectada en un teatro de papel, una obra maestra sin autor de pincel, un simple placebo encantador que calmaba la soledad.
jueves, 8 de agosto de 2013
La cualidad del árbol grande
A mi, muy a menudo, me atraían (¿Esa es la palabra correcta?) los hombres altos, prominentes del suelo al infinito, como rascacielos humanos, un deseo paulatino hacia aquel que me miraba desde arriba, como la copa de un árbol longevo, que mira hacia la ultima hormiga del ultimo hormiguero escondido en tierra firme. Los miraba, a ellos, mis arboles viejos y altísimos, con un abismal frenesí desmedido, con una fina linea que no cruzaba hacia lo obsesivo, pero muy fina. Ahora bien, los hombres que mas he amado en mi vida, son así: tan altos como austeros, tan gigantes como acaparadores, yo les llamaba infinitos. Porque eran un cielo mas, pero un cielo personal, mi cielo propio, con diferentes colores y nublares: uno de esos hombres era un cielo violáceo, de esos que el cielo entero viste cuando una tormenta se aproxima, de aquellos que suceden al atardecer, con nubes rosadas, y naranjas, incluso beige. El otro, mi padre, era un cielo estrellado, nocturno, tan diurno como la boca de un lobo, lejano y profundo. Y mas solitario, como el mismo lobo de las sombras que llora aullando, y aullando llama y pide por algo de compañía. Llegue a la fantástica conclusión de que estos dos hombres, uno de ellos mi padre, el otro mi primer y único amor, tenían algo en común, ademas de que eran austeros y altos, llanos, extensos, interminables, ademas de que los había perdido para siempre y desde siempre, tenían una característica en común: La cualidad del árbol grande. Pues ,con ellos me sentía protegida y a salvo en todo este mundo de siniestros, como si fueran tan gigantescos que, yo, la hormiga, los mirara con respeto, pero a la vez dulzura, porque sabia que sus ramajes me darían sombra cuando el sol golpee fuerte, y sus hojas me darían abrigo cuando el frió me desampare. Esta cualidad, es la que siempre busco en los hombres, y aunque me la quiera quitar, siempre la busco y me vuelvo a encontrar.
Inspirado en: "El cuaderno de Maya" de Isabel Allende.
lunes, 5 de agosto de 2013
Episodios de trasnoche
Francisco dormía a mi derecha, creo que era Junio, tal vez Abril, no recuerdo bien, porque solo recuerdo el momento compartido, siempre fue así, nunca media tiempos con el, porque tenia la particularidad de hacer desaparecer las fechas y los horarios de mi vida, quizás por eso era que durante el tiempo que estuve con Francisco, llegaba tarde a todos lados y me olvidaba que tenia problemas por doquier. Era mi placebo, mi antibiótico, mi antidepresivo. Actuaba como la misma amnesia en mi. Recuerdo que hacía frío, pero Francisco siempre dejaba 1/2 de sabana mas para mi, y me rodeaba con ambos brazos, por un rato, porque rápidamente, con la misma rapidez propia de su capacidad para lograr conciliar el sueño, se daba la vuelta, con el cuerpo mirando hacia la pared azulada y fresca, y de espaldas a mi espalda. Aunque aun así seguía sintiendo el calor del cuerpo de Francisco, porque me lo transmitía con su roce, y aquel bastaba para hacerme saber que allí el estaba, y entonces me sentía tibia, alivia, protegida del frío y de cualquier amenaza, aunque no me estuviera rodeando con sus brazos, sabia que sus brazos estaban en la habitación sabia que el estaba en la habitación, y eso era lo que la hacia tan abrazadora y reconfortante. Entonces, cuando me daba la espalda, y se profundizaba en su descanso, empezaba a gemir tímidamente, como si alguien le persiguiera, como si alguien lo quisiera atar, o asesinar, como si alguien quisiera hacerle algún mal terrible, y el corría para que eso no pasara. Su respiración se agitaba, y sus piernas se movían, le surgían hespamos y calambres, pataleaba, eran como calambres. Le miraba la cara y se le veía aterrorizado, con la boca abierta respiraba rápido, y los parpados se le presionaban, y movía los labios como queriendo decir un mensaje secreto, como si quisiera gritar, o simplemente como si no tuviera control de su boca. Yo lo sentía moverme en la cama, sus piernas se cruzaban con las mías, era imposible dormir a su lado, por lo que me limitaba a verlo hacer eso que hacia cada vez que dormía. Era como un tic, un reflejo del cuerpo, como si los músculos sufrieran insomnio. En una oportunidad, me dio pena y desesperación que hiciera eso, pero no lo desperté, pues era tarde y la excusa de que su rostro sufrido me diera ganas de salvarlo de algo desconocido, no iba a bastar para despertarlo del sueño, entonces me limite a acariciarle el rostro repetidamente. Hasta que se calmo. Y entonces dejo de moverse, y cerro la boca, también dejo de presionarse los parpados. Se calmo y yo me alivie. Nunca se lo dije, nunca le dije que tenia esos ataques musculares y faciales por las noches, nunca le dije que me desesperaba, que su rostro parecía algo desolado, como si necesitara auxilio. Nunca le dije de mis caricias para que se calmara. Nunca le dije de todo el secreto que había en las noches que dormíamos juntos en la misma cama. Por eso es que tampoco le dije que yo pensaba (y no creo hasta el día de hoy estar equivocada) que sus espasmos y reflejos corporales, surgían por algún oscuro secreto, deseo o miedo oculto, que se expresaba en el como sueño o pesadilla, y el corría de el o ella para que no lo atrape, para que no lo lastime. Fuera lo que fuera, era algo maligno, oscuro, que seguramente lo atormenta aun por estos días, porque tengo la extraña certeza de que sigue teniendo esos episodios de trasnoche, pero es desconocedor de ello, y si es que no duerme solo por las noches, quien sea que comparta la cama con el, diría que sus espasmos son molestos e insignificantes, por lo que también los tomaría como un defecto fisiológico de Francisco, no como un aspecto erradicado en el como único, como costumbre, como su propia forma de reírse cuando estaba nervioso, o su manera de abrazar cuando consolaba dolores ajenos. Y ese alguien (ella) estaría equivocado, porque aquel seria un aspecto mas que magnifico de su propia ajena y misteriosa forma de ser.
Nunca le dije nada de todo esto, pues ya es muy tarde, porque el ya no duerme a mi lado, y ahora el sufre esos episodios de trasnoche en la soledad de su cama, por su cuenta, y yo sufro en la mía, deseando estar ahí, a su lado, calmándolo con caricias de mis manos sobre su rostro dormido. Por las noches, sin querer, aun pienso y creo que Francisco esta dándome la espalda, y yo estoy allí esperando a que se duerma para calmar sus males, como su presencia calmaba a los míos.
Nunca le dije nada de todo esto, pues ya es muy tarde, porque el ya no duerme a mi lado, y ahora el sufre esos episodios de trasnoche en la soledad de su cama, por su cuenta, y yo sufro en la mía, deseando estar ahí, a su lado, calmándolo con caricias de mis manos sobre su rostro dormido. Por las noches, sin querer, aun pienso y creo que Francisco esta dándome la espalda, y yo estoy allí esperando a que se duerma para calmar sus males, como su presencia calmaba a los míos.
domingo, 4 de agosto de 2013
Ocean of passion/1
Juan Cruz esta lejos de ser cautivante, o atractivo, siquiera de ser romántico, dicen. Es áspero, un poco cruel, arenoso, como una superficie molesta, como un sol que golpea fuerte, como un insomnio. Es un caricia extraña, como desconocida, no es fraternal, ni fresca o pura, es como una caricia de un fantasma, un espíritu deambulante, un alma perdida, atormentada, que da caricias a extraños porque carece de brazos a los cuales aferrarse, carece de un calor prematuro, de una calidez de cuerpos, carece de amor, y esta lleno de tormentas, tormentas frías, no de esas lluvias de verano, que refrescan, que despabilan, si no de aquellas tormentas de Domingo, punzantes, llena de espinas, de alfileres, de cal y arena. Juan Cruz es fúnebre, es como una rosa marchita entre las paginas de un libro desgastado, con aroma a desierto, una rosa sin nombre, sin dueño, una rosa sin agua, una rosa fugitiva y perdida, que esta esperando ser encontrada, entre las miles de bibliotecas, librerías, cajones sobrios de cedro Español, sótanos húmedos o debajo de una almohada percudida de pesadillas.
Austero, como un viento que se junta entre el viento de otro punto cardinal, y pelea, sin rezongar, hasta formar un torbellino, un remolino, una mezcla de norte y sur, una perfecta combinación entre maravilla y destrucción. Sabia que si lo miraba mas de 10 segundos, iba a dejar que armara grandiosas guerras dentro mio, pero las guerras no se combaten mas que con paz, y yo de ella no tenia, ni para dar, ni para recibir, era un estado neutro, un objeto sin forma, amorfo, una poción sin efectos secundarios. No sabia si dejar que Juan Cruz viniera, no sabia si debía ahuyentarlo, o si debía deshacer el laberinto para que su camino a mi se le hiciera mas asequible, mas sencillo, mas cómodo.
¿Que debía hacer?
De repente, allí, como un envío divino, la respuesta...
[Continuará...]
viernes, 2 de agosto de 2013
Flores venenosas
Y un día, te vi cruzar la calle con ella, de la mano, te vi con esa sonrisa gigante, que hace mucho no tenias, por ahí decían. Te vi diferente, quizás esta vez, como una espectadora de la ultima fila, te vi desde lejos, y desde allí se notaba tu libertad.
Podría haberme parado en frente tuyo, y preguntarte porque no luchamos por el amor, porque dejamos que la distancia nos consumiera, porque permitimos que los errores fueran mas grandes que los perdones, podría haberte gritado que te odie por mil noches, por cada lagrima que por ti surgió en mi piel, por cada partícula de mi alma que corrompiste, hasta dejarla hecha pedazos, como hiciste con mi fe e inocencia. Podría haberte besado, luego de todos los gritos y acusaciones, igual que lo hacíamos los dos luego de una pelea o desacuerdo entre nosotros, podría haberte abrazado tan fuerte, que hasta tus huesos sentirían mis "te extraño", hasta tu piel se daría cuenta de cuanto me hiciste falta por las noches, hasta tu corazón se hubiera dado cuenta que te espere cada minuto y segundo del tiempo. Podría haberte dicho al oído, un sencillo: "te amo" y después de esas pequeñas palabras, podría haber pronunciado tu nombre, como nunca antes me lo permití, porque me hacia recordar a tu historia y tu inigualable forma de ser. Podría haber dicho tu nombre. Porque, decir "te amo", no era igual a decir "te amo..." y tu nombre al final de esa oración, eso era algo mas personal, que indicaba que eras mi dueño, que marcaba un encuentro intimo, algo regalo, una predilección, no una frase al azar, una oración con dedicatoria, y no solo una "oración"; un "te amo". Podría haberte preguntado que habías hecho en todo ese tiempo que no supe nada de ti, podría haberte sonreído, podría haberte dicho "Que lindo sos" y tu nombre al final, de vuelta: siempre con tu nombre al final, porque eso es tuyo, y yo soy tuya enteramente, en cuerpo, en pensamientos y en alma. Podría haber hecho todo eso, y mucho mas. Pero no lo hice. No hice nada, no exprese ninguna mirada celadora, no mire con deseo tus manos, no te hable, ni pronuncie ni la mitad de una palabra. Solo te vi, allí, tan lejano como siempre, pero ahora, aun mas, porque no eras mio ni en fantasías, ya eras de ella, de ella y de nadie mas. No podía arrebatarte, no podía ir allí y reclamarte, porque no eras mio, eras de ella. Una flor mas bonita en el jardín de tu paraíso, que olía mejor que yo, que se veía mas radiante, que era mas vital que yo, que era mas bien una flor entre las paginas de un libro olvidado. Ella era, al fin y al cabo, tu flor favorita. Te vi, pero tu no me viste, y todos esos pensamientos pasaron por mi mente en simples segundos, pero no hice nada de lo que pensé, ni sentí, no hice absolutamente nada, quizás en un mundo paralelo, donde nuestras vidas aun siguen en el mismo camino, tal vez allí, en un mundo donde el pasado no condena y la espontaneidad reina, tal vez allí, podría haber ido hacia ti y haber dicho "Hola", pero seria tan triste que, después de tanto, y me refiero a tanto en verdad, lleguemos a un simple saludo, a una simple mirada vaga, a una simple nada, tan triste seria llegar allí, donde un muro atraviesa nuestros cuerpos.
Te vi, pero solo te vi, lejano...no me entrometí esta vez, te deje allí, sin miramientos, no fui hacia ti como en viejos tiempos. Tal vez, porque comprendí, y el tiempo me ayudara a aceptar esta idea: Estas donde tienes que estar.
Metamorfosis
Dicen, que para resucitar, prefiere la noche: porque exaspera aun mas tenerla, y nos atrapa desprevenidos en el medio de la nada de una habitación. Dicen, que si se le sobrevive, no hay que festejar. Dicen, que es eterna, y aunque nos pese, es la compañera inevitable y crónica de toda alma fugitiva. Dicen por ahí, los sobrevivientes de la tristeza.
Una circunstancial melodía estaba homogénea, intacta: no atravesaba las paredes, se quedaba ahí, en un circulo cerrado, concentrada en el centro de la habitación. El viento acariciaba las paredes, en un vaivén de soledades y angustias, pero también deseos de libertad. El viento, cesó. Se detuvo, al igual que el tiempo, se detuvo, de golpe, tan inhóspito como un grito que calla, una ultima respiración artificial que conecta con la vida, un detener del corazón, un reflejo simultáneo. La calma culmino por unos instantes, el clima se concibió como suave, tranquilo, cristalino, perfecto al tacto, sin tensiones ni escalofríos, todo lo contrario a segundos antes en la habitación. Hubo un grito. Un llanto. Un grito acompañado de un llanto; entonces se podría decir que es el peor de los gritos, porque la garganta se entumece y los parpados se esfuerzan para descargar lagrimas, tanto que duele hasta el pecho, tanto como duele cada fracción del cuerpo entero. Sucumbió los tímpanos de los fantasmas debajo de la cama, y entrelazados entre las maderas y la paredes. Pero no sucumbió, ni siquiera llego a conmover, a la piedad de la tristeza. La soledad, su fiel aliada, cuando es real, en su estado mas puro, es un sentimiento amorfo, que se siente con el tacto, cuando la piel se torna fria, que se huele con la nariz, cuando el aire se vuelve denso, que se saborea con la lengua, cuando la boca y los labios se secan, que se oye con los oidos, cuando se depierta el sonido del silencio, y que se observa con la mirada, cuando se presenta la imagen de la oscuridad y nosotros .Nadie la conmueve a ella, es como un sicario despiadado, es como un cuervo negro picador, es como un virus maligno. Ahoga; ahoga tanto que transforma el aire seco, arenoso, que no deja respirar ni balbucear, pero si deja gritar: los gritos la alimentan, las lagrimas la fortalecen, y una sonrisa fina se dibuja en el rostro perdido de la tristeza. Su asesina: la esperanza. Y, entonces, es allí, en ese flagelo, en esa tregua, en ese corte preciso, en esa tajada de minutos, es allí donde entra ella a la habitación, y salva el día. El aire se calma, el grito también cesa, y la melodía pasa de ser áspera, cruel, y fúnebre, a ser contenedora, como los brazos de alguien tibio, como la mano que recibe un ahogado para saltar al confort de la superficie, como una caricia lenta de calor en inverno. La metamorfosis se completa, y la tristeza muere en manos de la esperanza. Pero, no todo en la habitación es observable, o sensible al tacto, no todo se escucha o se rebela: allí, entre las paredes, en las fotos viejas, en una canción, en la ultima carta, se oculta ella, invisible, pero no por eso, menos poderosa, al contrario, mientras menos la esperan, ella aparece, como una tos, un pensar, un parpadeo, sin querer, ella aparece, ella, la tristeza...ella aparece, buscando resucitar, con el poder de la mente, y sus recuerdos, y sus anhelos, con sus mil y una historias, con su pasado, con su tan sencillo acto de recordar.
La habitación, aun calma, refleja una imagen que desconcertó a los ojos de la tristeza: El cuerpo sin vida de su victima, estaba allí, en el medio de toda la calma, y la esperanza, porque la esperanza era distinta, solo encontraba salvación en la muerte, era otro tipo de esperanza: una esperanza oscura, que calmaba el dolor con mas dolor. Pero antes, la victima dejo su rastro en la pared. Un mensaje para ella, nunca nadie había dejo un mensaje para ella, para la tristeza.
La victima expreso, con su misma sangre, su propia esencia roja y carnal, las siguientes palabras en la pared de la habitación destruida de gritos y desorden:
"Intoxicado con locura, estoy enamorado de mi tristeza"
Ella, concreto la fecha de su muerte, la muerte de su enamorado, tal vez, único enamorado al fin.
Ella, la tristeza, ahora, era soledad.
Metamorfosis completada.
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