Y si justamente, 9 años después
esas almas extrañas, pero iguales, se volvieran a encontrar, mas por como son
los amores que matan y no dejan morir, todo iba a ser igual, de alguna
extraña forma. La azotea daba el
encantamiento perfecto de soledad y encuentro, la complicidad entera entre
silencio, oscuridad y un ambiente tranquilo entre tanto bullicio. Una silueta
de mujer, mujer llena, pero vacía, inconclusa, y a la vez perfeccionista, una
mujer que el detalle lo tenía en la palabra, y quizás, la palabra mujer le
quedara un poco grande, pero no tan grande como su larga camisa a cuadros,
roja, azul y blanca, esa que llevaba siempre, esa, su favorita. Si el humo de
cigarrillo fuera un aroma, un perfume, tendría gusto a pesares, a tratamientos
de olvidos, a desamores, a odios, a maleficios contra la soledad, y el desazón que
provoca que todo el aire, todo, hasta el aire y el vivir tenga un precio por
pagar. Y en ese mismo humo, se encontraron ambos.
Yo
estaba fumando, tal vez por una crisis o algún antojo, en la azotea del
edificio. Que luna grande, magnifica, me dejaba estupefacta, como así mismo lo
hacia el atardecer o una ola chocando contra la costa, o el pequeño suspiro que
oí sin querer. Volé mis ojos y los pose en una dirección univoca. “No te reconocí
sin el pelo largo, y ahí lo tenias, escondido” el me decía con la boca
entre-cerrada, y absorbía en casa silaba que pronunciaba el frio del ambiente,
y los restos de quizás el tabaco o el aroma a lavanda que venía de algún lado.
A mí me daba pánico su mirada, por alguna noche se perdía su iris tan marrón,
tan sublingual, tan superlativo como minúsculo, su parpado era una contradicción
desleal hacia lo que era la grandeza de misterio y dolor que cargaba su mirada.
Aun mucho tiempo después, reconocí sus ojeras, sus profundos pozos de verdadero
insomnio y su característica forma de torcer las comisuras de la boca hacia
abajo cuando miraba hacia la nada. Aun me daban ansias de posar mis manos sobre
su piel, su mejilla, su rostro; su piel era aun igual de seca, de limpia, de increíble
al tacto, no tan suave como lo era su pelo, su cabello negro, oscuramente tosco
y desarreglado, tanta dulzura se desplazaba por sobre mis dedos cuando lo sentía
con las yemas a su pelo. El aun estaba tan intacto como su espíritu, su aura,
su alma misma, pero apuesto que algo mas había en el, tal vez si había algo
nuevo, algo renovado en el, solo que era algo inalcanzable, secreto, no tan nítido;
quizás solo sea eso que nunca logre descifrar de su palma, de sus manos, de su
espalda y de su cuello. Recordaba pese a los años, que él siempre fue un
misterio que resolvía por instantes que por causa de ilusión, parecían, se sentían,
y se creían infinitos, no eran segundos, eran años en días, o siglos en
semanas. Pero aun así, esa faceta de él, era la que más me atraía, me
ruborizaba, me hacia cuestionar la existencia de una esencia tan perfectamente errónea,
rebuscadamente magnifica como la que poseía el, inconscientemente y sin saber, desmereciéndose,
ni pistas tenia de que eso, todo eso que era y no era él, su actitud y su aura,
era lo que posiblemente encante y atraiga a mas de una persona a lo largo de la
vida. El me hablaba del frio del invierno, de lo mucho que le gustaba la última
película de terror, y de cómo odiaba a una estúpida película animada. Me
hablaba de canciones, de bandas musicales, de aspectos del cine, de letras, de
rimas en ingles, y de cargas rutinarias. Yo clásicamente escuchaba con atención
a todo desde mi silencio, pues el siempre me pareció muy interesante, profundo,
pero a la vez, lleno de curiosidad renovada y de a momentos frustrada, como la
de quien recién sale al mundo, como quien se considera ignorante, pero el sabia
todo, lo juro, lo necesario, y eso que el ignoraba y desconocía, lo podía aprender
sin querer y a propósito también. Yo quizás no sabía de cine, ni los clásicos del
terror, pero sabía de Galeano o de Sábato. También de alguna que otra película de
amor insulsa e inocente, a la altura de mi corazón. Creo que tengo conocimiento
lo que he querido saber, sin querer, la cultura que el tenia era destacable, y
no era nula o vacía como el solía decir una y otra vez, era destacable y
perfectible. ¿Qué sucedió? ¿Acaso paro de hablar y rio? No recordaba su risa.
Si, esa risa que le surgía cuando estaba nervioso. En un momento indeterminado,
retorció su cigarro en dos partes, formando una “v” corta, antes de la última
pitada que marcaba el fin del reencuentro, o el comienzo de algo amorfo, pero
real, falsamente real, como los sueños. La colilla se poso a la izquierda de su
zapatilla negra, con líneas finas, y blancas, entonces él la corrió hacia el
otro lado. Tosió, tal vez la garganta le había quedado seca de tanto hablar. Su
voz tranquilizo y a la misma vez alboroto mis nervios usuales, de rutina, de
costumbre, nervios de vivir, el porqué si de los nervios y ansias eran mis
conflictos. El se veía apurado, movía los pies de un lado al otro, en un vaivén,
como un código. “Me alegra haberte visto”, creo que balbuceo luego de que me
hablaba de cuanto quería a aquella nueva chica que había conocido
recientemente, de cuanto valía la pena, de lo fantástica que se lucia con su
personalidad despampanante, brillante, auto-suficiente y protectora. Yo no
recuerdo el nombre de ella, creo que me lo dijo, pero apuesto que era única en
nombre, como los nombres peculiares que tienen las flores, o los seudónimos propios
que tienen los desastres naturales. Apuesto que ella, al fin y al cabo, era
mejor que yo, y que todas, mejor que mis mil y una formulas para ser como el
modelo perfecto que tenia de mujer. Y, entonces, lo vi como algo lejano, yéndose,
y desvaneciéndose entre sombras, vientos, estrellas, y un astro. Aunque, si el
destino, la suerte, y las ansias me lo permitían, tal vez lo vería volver, de
alguna forma, y si no era así, de seguro lo inventaría a ese encuentro, en
alguna tarde de invierno fresca, en la que su ausencia me angustie tanto como
su autenticidad.

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