sábado, 1 de junio de 2013

Solvencia


Y si justamente, 9 años después esas almas extrañas, pero iguales, se volvieran a encontrar, mas por como son los amores que matan y no dejan morir, todo iba a ser igual, de alguna extraña  forma. La azotea daba el encantamiento perfecto de soledad y encuentro, la complicidad entera entre silencio, oscuridad y un ambiente tranquilo entre tanto bullicio. Una silueta de mujer, mujer llena, pero vacía, inconclusa, y a la vez perfeccionista, una mujer que el detalle lo tenía en la palabra, y quizás, la palabra mujer le quedara un poco grande, pero no tan grande como su larga camisa a cuadros, roja, azul y blanca, esa que llevaba siempre, esa, su favorita. Si el humo de cigarrillo fuera un aroma, un perfume, tendría gusto a pesares, a tratamientos de olvidos, a desamores, a odios, a maleficios contra la soledad, y el desazón que provoca que todo el aire, todo, hasta el aire y el vivir tenga un precio por pagar. Y en ese mismo humo, se encontraron ambos.                                                            
Yo estaba fumando, tal vez por una crisis o algún antojo, en la azotea del edificio. Que luna grande, magnifica, me dejaba estupefacta, como así mismo lo hacia el atardecer o una ola chocando contra la costa, o el pequeño suspiro que oí sin querer. Volé mis ojos y los pose en una dirección univoca. “No te reconocí sin el pelo largo, y ahí lo tenias, escondido” el me decía con la boca entre-cerrada, y absorbía en casa silaba que pronunciaba el frio del ambiente, y los restos de quizás el tabaco o el aroma a lavanda que venía de algún lado. A mí me daba pánico su mirada, por alguna noche se perdía su iris tan marrón, tan sublingual, tan superlativo como minúsculo, su parpado era una contradicción desleal hacia lo que era la grandeza de misterio y dolor que cargaba su mirada. Aun mucho tiempo después, reconocí sus ojeras, sus profundos pozos de verdadero insomnio y su característica forma de torcer las comisuras de la boca hacia abajo cuando miraba hacia la nada. Aun me daban ansias de posar mis manos sobre su piel, su mejilla, su rostro; su piel era aun igual de seca, de limpia, de increíble al tacto, no tan suave como lo era su pelo, su cabello negro, oscuramente tosco y desarreglado, tanta dulzura se desplazaba por sobre mis dedos cuando lo sentía con las yemas a su pelo. El aun estaba tan intacto como su espíritu, su aura, su alma misma, pero apuesto que algo mas había en el, tal vez si había algo nuevo, algo renovado en el, solo que era algo inalcanzable, secreto, no tan nítido; quizás solo sea eso que nunca logre descifrar de su palma, de sus manos, de su espalda y de su cuello. Recordaba pese a los años, que él siempre fue un misterio que resolvía por instantes que por causa de ilusión, parecían, se sentían, y se creían infinitos, no eran segundos, eran años en días, o siglos en semanas. Pero aun así, esa faceta de él, era la que más me atraía, me ruborizaba, me hacia cuestionar la existencia de una esencia tan perfectamente errónea, rebuscadamente magnifica como la que poseía el, inconscientemente y sin saber, desmereciéndose, ni pistas tenia de que eso, todo eso que era y no era él, su actitud y su aura, era lo que posiblemente encante y atraiga a mas de una persona a lo largo de la vida. El me hablaba del frio del invierno, de lo mucho que le gustaba la última película de terror, y de cómo odiaba a una estúpida película animada. Me hablaba de canciones, de bandas musicales, de aspectos del cine, de letras, de rimas en ingles, y de cargas rutinarias. Yo clásicamente escuchaba con atención a todo desde mi silencio, pues el siempre me pareció muy interesante, profundo, pero a la vez, lleno de curiosidad renovada y de a momentos frustrada, como la de quien recién sale al mundo, como quien se considera ignorante, pero el sabia todo, lo juro, lo necesario, y eso que el ignoraba y desconocía, lo podía aprender sin querer y a propósito también. Yo quizás no sabía de cine, ni los clásicos del terror, pero sabía de Galeano o de Sábato. También de alguna que otra película de amor insulsa e inocente, a la altura de mi corazón. Creo que tengo conocimiento lo que he querido saber, sin querer, la cultura que el tenia era destacable, y no era nula o vacía como el solía decir una y otra vez, era destacable y perfectible. ¿Qué sucedió? ¿Acaso paro de hablar y rio? No recordaba su risa. Si, esa risa que le surgía cuando estaba nervioso. En un momento indeterminado, retorció su cigarro en dos partes, formando una “v” corta, antes de la última pitada que marcaba el fin del reencuentro, o el comienzo de algo amorfo, pero real, falsamente real, como los sueños. La colilla se poso a la izquierda de su zapatilla negra, con líneas finas, y blancas, entonces él la corrió hacia el otro lado. Tosió, tal vez la garganta le había quedado seca de tanto hablar. Su voz tranquilizo y a la misma vez alboroto mis nervios usuales, de rutina, de costumbre, nervios de vivir, el porqué si de los nervios y ansias eran mis conflictos. El se veía apurado, movía los pies de un lado al otro, en un vaivén, como un código. “Me alegra haberte visto”, creo que balbuceo luego de que me hablaba de cuanto quería a aquella nueva chica que había conocido recientemente, de cuanto valía la pena, de lo fantástica que se lucia con su personalidad despampanante, brillante, auto-suficiente y protectora. Yo no recuerdo el nombre de ella, creo que me lo dijo, pero apuesto que era única en nombre, como los nombres peculiares que tienen las flores, o los seudónimos propios que tienen los desastres naturales. Apuesto que ella, al fin y al cabo, era mejor que yo, y que todas, mejor que mis mil y una formulas para ser como el modelo perfecto que tenia de mujer. Y, entonces, lo vi como algo lejano, yéndose, y desvaneciéndose entre sombras, vientos, estrellas, y un astro. Aunque, si el destino, la suerte, y las ansias me lo permitían, tal vez lo vería volver, de alguna forma, y si no era así, de seguro lo inventaría a ese encuentro, en alguna tarde de invierno fresca, en la que su ausencia me angustie tanto como su autenticidad. 


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