miércoles, 12 de junio de 2013

De bolsillo


Lo espero, se quema el tiempo. Lo extraño, asfixia hasta mi noche. Es el aire que respiro, es aroma, es suspiro, es mi asesino, mi crimen favorito, es lo que me provoca su perdida, y es también olvido. A destiempo es de mis ojos, de a momentos el no es mío. Clásica su mirada, pero de lo clásica que es, no me acostumbro a las turbulencias que me causa. El parece más que un enigma, es como un impulso imaginario, es mi inevitable, es la consecuencia de todas mis causas. Francisco vino a dormir a casa, y sus pisadas en mi habitación hicieron extraños sonidos, como si retumbaran, y se reunieran nuevamente con las antiguas pisadas ya sin sonidos propios del pasado, aun así, me causo alivio su presencia, quizás porque su ausencia ya me causa mucha catástrofe sentimental. Francisco tiene boca para hablar y reír, pero que mejor talento que sus labios arriba de los míos, con la magia que aparecen y el secreto oscuro del olvido que desasen, el tiene labios secos y finos; son los labios de Francisco. Francisco regresa, y regresa conmigo en su bolsillo, almacén lleno de venganzas y de perdones porque si. El me miraba, me observaba, me tocaba, él y sus manos, las palmas, su cuello, su espalda; la espalda de Francisco debajo de las sabanas desteñidas. Francisco suspira y suspira conmigo, el no vino a dormir a casa, el vino a dormir conmigo.

-No te vayas – me dice
-Me tengo que ir – le digo



                                                                        

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