Lo espero,
se quema el tiempo. Lo extraño, asfixia hasta mi noche. Es el aire que respiro,
es aroma, es suspiro, es mi asesino, mi crimen favorito, es lo que me provoca
su perdida, y es también olvido. A destiempo es de mis ojos, de a momentos el
no es mío. Clásica su mirada, pero de lo clásica que es, no me acostumbro a las
turbulencias que me causa. El parece más que un enigma, es como un impulso
imaginario, es mi inevitable, es la consecuencia de todas mis causas. Francisco
vino a dormir a casa, y sus pisadas en mi habitación hicieron extraños sonidos,
como si retumbaran, y se reunieran nuevamente con las antiguas pisadas ya sin
sonidos propios del pasado, aun así, me
causo alivio su presencia, quizás porque su ausencia ya me causa mucha catástrofe
sentimental. Francisco
tiene boca para hablar y reír, pero que mejor talento que sus labios arriba de
los míos, con la magia que aparecen y el secreto oscuro del olvido que desasen,
el tiene labios secos y finos; son los labios de Francisco. Francisco regresa,
y regresa conmigo en su bolsillo, almacén lleno de venganzas y de perdones porque si. El me miraba, me observaba,
me tocaba, él y sus manos, las palmas, su cuello, su espalda; la espalda de
Francisco debajo de las sabanas desteñidas. Francisco suspira y suspira conmigo,
el no vino a dormir a casa, el vino a dormir conmigo.
-No te
vayas – me dice
-Me tengo que ir – le digo

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