domingo, 27 de octubre de 2013

¿Para que sirve el Domingo?


En el bajón del Domingo, todo puede pasar. El Domingo es un día especial, en el que todo se vuelve más denso, más pesado, más melancólico. Aunque sea en algún momento de él, así sucede, que nos volvemos una cara larga que no sabe que le pasa y prefiere no saberlo. Todo empieza cuando ponés play a esa canción que siempre te causo escalosfríos, o alguna que otra que te dedicaron o dedicaste, vaya forma de arruinar una canción, que esté atada a un recuerdo del pasado. Tarareas la letra en tu cabeza, hasta que llegas a esa parte en la que gritas cada palabra de cada estrofa: 
"Si te veo ahora, aunque termine en unos vicios, tomo una botella y juego a la botellita, con vos". Gritás la letra. Y casi que llorás cuando termina de sonar la canción. Así continuas escuchando música, hurgando en las canciones más viejas, en las carpetas más olvidadas, en las listas de reproducciones más oscuras. Lo extrañas. O la extrañas. O extrañas un momento, un lugar, una voz, esa risita que te llenaba el oído, la forma en que te abrazaba o los besos que se fueron. Después, te sentís inútil. Frágil. Te sentís un nene que llora cuando la mamá se le va, vulnerable de nuevo. Y te rebajas a ese nivel que todos hemos tocado, cuando en verdad llegamos al fondo de ese barril grande y hueco que es la melancolía de llorarle a alguien o a algo que ya no está, que se fue, que no existe más. No sabés a que le estás llorando, si a la pérdida o si a la soledad, si te frustra no poder despegarte de ese pasado o el simple hecho de que ese "pasado" ya ni te registre. No sabés a que o quién le lloras, pero vos llorás. Deseás que muchas cosas no hubieran pasado, o que algunas no estuvieran en tu memoria, y que otras en vez de estar allí estuvieran presentes en tu realidad, esa que en el Domingo te asecha y cómo el cuco te hace llorar como un nenito de mamá. 
Y en alguna parte del día, te das cuenta, que al fin y al cabo, siempre se llora por uno mismo. Sentís que el nudo de la garganta se va desenredando, los ojos se te limpian solos, mirás para abajo, movés la cabeza de izquierda a derecha, y seguís escuchando canciones tristes. Pensar que el Domingo está hecho para eso, para sentirse vacío, y allí conectarse con lo que nos llena, con todo eso que somos: nuestro pasado, el presente, y ese futuro que con suerte será mejor que hoy.


Crónica de un abrazo


Abrazo un recuerdo, pero no un cuerpo que ya hace mucho no veo, ni siento, y en ocasiones ni lo puedo memorizar. Se que mis brazos iban por sobre tus brazos, y que mi cabeza en tu pecho apoyada estaba, mientras cerrabas los ojos, y la punta de tu pera rozaba suave entre mi pelo. Mis manos sienten tu espalda, tán frágil, tán lastimada, tan flaca y débil, tu cuerpo era algo que parecía romperse si muy fuerte lo apretaba contra el mío, pero aún así lo extraño. Tu tez, tu textura, tu olor detrás del cuello. Hacer puntas de pie porque eras muy alto. Y eso era lo que más me gustaba, siempre inalcanzable, siempre austero, siempre altísimo. Largos ratos en tus brazos, tan largos que sentía que allí era donde mis respiraciones iban a terminar. Te corres el pelo de la cara, mientras frunces el seño y la nariz, cómo siempre lo hacías, una especie de tic que no te conocías, pero yo sí. Me miras con tus ojos negros y pequeños, y vuelves al abrazo.

Abrazo un recuerdo de un abrazo. 
Extraño un cuerpo que me es extraño. 
Amo este amor que ya no me ama. 
Odio este dolor que ya no es dolor...si no un intento de olvido. 


miércoles, 23 de octubre de 2013

A dónde van los besos


Hay un ultimo beso, que tiene gustito a olvidar, a últimos momentos, a pequeña muerte, a desapego y a despedida. No se percibe como ultimo beso, si no como un apretón de manos, como un "Buena suerte", que despliega la seguridad de que ese beso no sera el ultimo de los últimos besos, si no una pausa, una tregua, un recreo para volver al mundo real, porque vivir en jardines no siempre se puede, el mundo es peligroso pero allí hay que vivir. Nuestro jardín o habitación es un espacio secreto, intimo, porque lo arreglo y lo pinto a mi gusto, en el mundo, el artista es el destino, y ahí te quiero ver. El beso es eso, intimidad entre multitudes. Un jardín secreto. El prototipo de un éden. 
Hay un beso, un micro-beso, un abrazo de bocas, un lenguaje sin palabras, que tiene gustito a todo y no es de nadie, viene y va, hasta que termina en un recuerdo, y allí perdura entre otros besos ajenos, pero nunca como último beso es recordado, ninguno de ellos lo será jamás, y esencialmente eso es porque no lo sentimos cómo último beso cuando lo estamos dando, en el medio de nuestra creación de un beso con el otro. Es que, de ser así, de saber que aquel sera el fin de los besos, seguiríamos besando por la eternidad. 
Todos los besos son los últimos, los últimos hasta que nos volvamos a besar. 



sábado, 19 de octubre de 2013

Rumores del Bar Spaña


Pareciera que el Bar Spaña es un antro valdío y solitario durante las madrugadas. Ni un grillo ambientador se oye rozando siquiera su cu
erpo a tierra, ni el zumbido titilante de una mosca. Pero, tal vez, si se apreciera más de cerca y con el oído limpio hasta la médula, se podría escuchar cómo Gardel hace puntitas de pie, y sigiloso se va colando entre las paredes y muros del bar, para escaparse afuera y vaguear por las calles en busca de nuevas musas que refresquen su cancionero olvidado que ya sin tangos garabateados está. "Y si solo en tus ojos está esa belleza, ya no sé que adjetivo ponerle a lo demás...", piensa para sí cómo público ausente mirando a alguna muchacha pasar. Se podría escuchar cómo Charles Chaplin baila por encima de las mesas y se escucha cantar cuando el eco de su voz rebota en las paredes al unísono. 
Hay un cuadro de Sábato que recita antiguas y célebres frases cómo "Ella me daba la mano y eso era amor..." y al fondo un Borges pintado a acuarelas repite romántico "...Me gustas cuando callas", y si gusta, se escapa del marco para tomar un trago de Whisky. Muy escondido, cera del baño de hombres, esta la imagen de Cortázar que siempre quieto se sienta a observar las caras de los que pasan y colecciona sus facciones para luego imaginarlos en alguna aventura. En un cuadro muy tímido, en el baño de mujeres, se puede leer en imprenta minúscula: "Avanza sin miedo" y de madrugada a madrugada, las letras salen a jugar con un John Lennon en blanco y negro, que distante se alegra de ser acariciado por tan solemne calor como el que dan las letras al alma sin palabras. 
Comienza el sol a dar entre las sillas de madera barnizadas, la temperatura calienta los asientos rojo viejo, y el polvillo se vuelve amarillo diáfano. 
Todos de vuelta a su lugar, hasta la próxima noche será. 






lunes, 14 de octubre de 2013

Redención


Afuera llueve a cantaros y Franco camina por una vereda más oscura que una boca de lobo feroz. Yo cruzo la calle para ir detrás de él. No tengo miedo, pero el camina como si alguien lo estuviera apurando. Silueta perfectamente negra y manos inquietas que golpean sus piernas y rodillas al compás de la canción que sale del auricular. De a ratos movía la cabeza cuando el coro lo llevaba a un éxtasis mayor y tarareaba el grito final. Se dio la vuelta porque escucho que me reí, porque ver de nuevo a ese Franco emocionado y feliz que tocaba una guitarra de aire me daba cierto placer y algo de melancolía por haberlo olvidado. Él me mira como me solía mirar cuando me aparecía por su puerta de sorpresa. Me sonríe. Yo empiezo a llorar pero mis lágrimas se traspapelan entre las gotas de lluvia, entonces no nota que lloro por él. Me sonríe aun más. Me toma de las dos manos, que parecían lastimadas, porque dolía que me tocara la piel, como si me quemara de forma suave pero peligrosa. Me dejé tomar las manos solamente porque era él, y recordé que así se sentía también cuando me besaba. Los relámpagos se hacían más fuertes hasta que me asustaron cómo a una nena huérfana en el medio de su habitación oscura y prematura. Entonces Franco se hizo aún más alto de lo que era, y posó todo su mentón sobre mi cabeza mojada y temblorosa. Me besó la frente. Yo quería un beso de aquellos de antes, pero él me dijo que era malo para los dos, no, tampoco es que quiera, vos provocaste que yo no te pueda besar, y me consolaba con un abrazo nada más, que me conforme, que no me queje porque eso era bastante. Yo me reí porque recordé cuando él simulaba enojarse conmigo y yo como nena tonta lo perseguía por toda la casa. El también se rió, pero de un segundo a otro se volvió serio.
Franco dice una frase que no logro entender, me grita, me insulta, me apunta con el dedo índice y me empuja, pero al mismo tiempo me pide perdón y me sostiene en el aire denso y húmedo de la noche de lluvia. Me deja tirada en la vereda que también arde en el cuerpo. Cuando esta por desvanecerse entre la neblina y las líneas rápidas de lluvia dulce, se da la vuelta. Corre. Vuelve hacia mí corriendo. No llega, no llega. Nunca llega a mí como si mi cuerpo fuera un oasis. A la mitad del camino, se detiene de nuevo cómo arrepentido de volver, y me mira con pena pero amor. Se larga a llorar y a reírse al mismo tiempo. Se pone serio de nuevo. Grita desde muy lejos, consejero y a punto de echar a correr su partida:

“Aprendé a levantarte sola, vos bien sabés que tenés que hacerlo de una vez por todas. Sola, mi amor, sola.” y entre el eco de aquel Sola... con la voz de Franco, me despierto del sueño y afuera llueve a cántaros.


Buzón de entrada (2)


De: milenacarnivani@hotmail.com
Asunto: León es mi problema/solución.
Para: laotranochemagica@gmail.com

León trona los dedos y eso es lo único en común que tenemos los dos. El es parecido a una extraña imagen paterna que tengo desconocida por siempre, no sé, quizás algo en su forma de caminar o en la tez trigueña que porta con esa finura de galán novelero, clásicamente chamuyero elegante, siempre fiel a la libertad aunque a veces le asusta y otras se da cuenta (menos mal) de que no sabe bien qué es eso, pero con un par de tragos se le pasa todo este desmadre de cuestiones. Para mí, nadie toma por el placer de degustar sabores etílicos, ni siquiera los someliers, más bien se toma alcohol por su remedio sedante, sí, con efectos secundarios dirás, pero estos se toleran solo porque entre tantos dilemas, la resaca es un grano de arena más en una playa vacía. Cualquier mezcla sirve, mientras saque esa nitidez que porta diabólicamente la realidad ante los ojos de un sobrio mal vivido, creo yo. Ahí sí que no existen finolis, y si los hay no están lo suficientemente desesperados. Nos gusta el Rock Nacional e Internacional y cuando nos miramos, ahora algo me dice que él tiene que ser mío. Tiene algo, un extremo o rincón que tal vez ni él conocía, ese “algo” me llama de a ratos, y entonces lo sigo queriendo de a tirones. O mejor dicho, deseando a ese León que idealizo sobre aquel León que poco conozco. ¿Sabés como nos conocimos, no? Te cuento con mis aires poéticos/cursis/que no te gustan para nada porque vomitas. Era Agosto, una tarde-noche cualquiera de Viernes, el sol, irónicamente, brillaba por su ausencia en el cielo nublado hasta más no poder, así como me gusta. Yo estaba sentada en ronda, por algunos bancos blancos afuera de ese bar que está en la esquina, justo paralelo a un banco (No me acuerdo el nombre, ¿sí?), con una amiga de la infancia que mentí reconocer y Lorena. También estaba Lucas, el novio de Lore, pero ese rubio desopilantemente enano y engreído le hacia una burla a todo lo que se llamara masculinidad. Un frio despampanante y ese gorila presumido llevaba una musculosa blanca de una banda inglesa que ni conocía segura, solamente para mostras sus bíceps marcados en un intento superficial de llamar la atención y agradar. Iagh. Volviendo al tema…este monigote, me dice –“Este es León, es un primo que volvió de Córdoba para quedarse a vivir por acá de vuelta”. Sabés como soy. Adoro conocer gente nueva, sea quien sea, hacerles miles de preguntas como hice con vos. Tuve una decepción al principio. No me intereso nada. Ni siquiera de forma superficial. Y eso que cada vez que conozco a alguien estoy más feliz que nene con juguete nuevo, me decepcioné al ver que este ideal de persona que tengo yo armadito en cabeza no se reflejaba en León. Ya sabés, esa ilusión que tengo de las personas, de que tengan, conscientemente o no, una mente atractiva, interesante, diferente, pero sobre todo, yo quiero esa mente con la que se puede hablar desde la Guerra Fría hasta que significa tal sentimiento para el mundo. Busco complicidad, pero una que no esté ligada a la inhibición de pensamiento por complacer al ego del que piensa distinto. Complicidad pero no condescendencia. Durante la noche encontré una pequeñísima y prematura complicidad cuando sonó de fondo un tema de The Smiths y León tarareo el coro al mismo tiempo que yo. Compartir el gusto en la música siempre es una virtud que se agradece. Se puede tener lenguas recónditamente indiferentes pero si se comparte la música todo lo demás sobra y es secundario, no hace falta, más si a la música se ama sin fanatismo extremista. Lo único que me atraía de ese flaquísimoser (temporalmente en ese momento, había que esperar) era su altura, que para mí es signo de austeridad y protección que considero, no elemental, pero si un requisito para llamar la atención de esta Milena superficial que llevo adentro que coexiste con mis defectos y complejos. Aunque lo más importante es la mente, el pensamiento. No soy académicamente pretensiosa, lo sabés, como esos geniecitos matemáticos  fisicosnosecuánto que se ríen de la ignorancia ajena, si no que necesito de un pensamiento que me enseñe cualquier aspecto de la vida o el mundo, porque aprender es mi pasión, pero no quiero hacerlo encerrada en un cubículo con lecturas obligadas de El Martin Fierro o aprendizajes de memoria sobre teorías y dogmas filosóficos. Quiero aprender de a sorpresa, sin reglas. Y no encuentro en nadie eso. Bueno, sabés en quién sí lo encontré, pero Andrés se fue. Simulo olvidarlo de a ratos, para ridiculizar al amor y toda la pavada, por eso prefiero que no lo nombren ni nombrarlo, así capaz es más fácil olvidar esa combinación de letras que forman su ben(mal)dito nombre. Sí, ni me lo digas, se que “estoy bien sin él”, y puede que “mejor”, ni lo digas. Lorena me dijo “León te busca por todos lados y vos ni rastros, nena”, después de conocerlo aquella tarde-noche, que casi ni hablamos, en el departamento de la calle Ardiles, entre medio de cafés mal preparados por el sueño.                                  
León es un mujeriego de los tontos, que “supuestamente” ya se curó de esa fama que tiene de engañar, porque le dieron de pagar con la misma moneda, y como todo aquel que se cree experto total de algo, no le hace muchas gracias que alguien lo haga mejor que él, pegándole al ego de un mentiroso con mentiras en respuesta es la peor pesadilla para chicos como él, aun mas para alguien que lo hace sin culpa y con orgullo machista. Me propuse no sufrir por este idiota, pero eso solamente depende de algo: el cariño que le tome (por no decir “amor”). ¿Y eso de que depende? De nadie, no está en mi control. Eso me descoloca. Decidí algo: hacerme la dura con él. No mostrarle afecto alguno ni decirle piropos que lo alaguen, porque así me expongo a una fragilidad que antes permití, y con la experiencia vino el aprendizaje, entonces esta vez no voy a cometer el mismo error, tal vez cometa otros, pero no este. ¿Sabes qué? Antes pensaba que tenía que seguir mis sentimientos, mi “corazón”. Hace poco leí que cuando hay sentimientos de por medio, el cerebro no piensa con racionalidad ni lógica (En otro lenguaje, surge lo que llamo El Efecto Adolescente Enamorado. Y eso si que es una tragicomedia universal de todas las generaciones de la raza humana). Entonces, justo desde ahí, deje de confiar en mis sentimientos, porque los resultados cada vez que los seguía, me dejaban con ganas de no tenerlos.
Hay un problema: creo que ya le tomé cariño (no digas amor, no digamos amor) a León.
                                                                                                Milena. 



domingo, 6 de octubre de 2013

Pequeñas grandezas de la complejamente simple existencia vividora


Somos necesitados de algo más que la existencia para aferrarnos, pero siempre se habla de la Vida Perfecta cómo una en la que no tenemos lazos, nada a quién extrañar y nadie a quien perseguir. La existencia es una pequeña parte de nosotros, más superficial que todo lo que posibilita el existir, cómo aprovechar esa existencia viviéndola. De mi existencia se desprenden infinitas variables, que me afectan y afectan a mí alrededor, de ella se formula un nexo con los otros y sus mentes sin enfermedades, con ella puedo ser y hacer lo que quiera, aunque siempre está presente la ley de Causa y Efecto. Pero la majestuosa existencia nunca nos basta, por más gigante que se luce de un concepto ínfimo como la evolución o la creación, no nos basta porque somos la ambición explicita, la raza que no cesa de la carencia, la continua adolescencia. Y quizás eso sea humano.                                                            

¿Cuántos poemas de amor habrá en el mundo entero desde la imprenta? 
¿Cuántos lutos románticos que hicieron el corazón más fuerte? 
¿Cuántos abrazos largos habrán robado cuantas sonrisas?             
¿Cuántas tragedias habrán transformado una mente? 
¿Cuántas canciones del olvido habrán sido cantadas en lágrimas?                 


La existencia no nos basta porqué el placer está más en el disfrutar la risa del otro que la propia risa presa de la compañía; porque la risa es un conjunto, una reunión de sonidos, una situación tan intima como libre, pero es deseosa de aquello mismo: alguien más que el uno mismo. Es como la mirada, como el abrazo o el beso. Y así, poco a poco, de un tiempo a otro, año a año, nuestra mente se va volviendo más homogénea y ya no está llena de un egocentrismo vacío.  Por supuesto que a veces los recuerdos o las memorias llenas de algún sentimiento, nos descargan y desnivelan, pero qué más maravilloso que la simple presencia de él, ella o nosotros en la mente propia, que hace de la mente un lugar tan hermoso como temible, pero lleno, gigante, basto, eterno. 


sábado, 5 de octubre de 2013

Memorándum


Sucede que a veces miro a Genoveva y pareciera que el Alzheimer se separa de su cuerpo y mente, de todos sus recuerdos olvidados como despedazados, y entonces la enfermedad, ese veneno que parece un virus informático eliminatorio, forma parte, por unos segundos, de una pequeña, fina e invisible realidad alterna del universo total de la nada misma. Entonces Genoveva es libre al fin, por una fracción de tiempo tan corta que ni ella puede percibir, y recuerda sus recuerdos cuando sus memorias le son devueltas. Se resuena de los ojos de su abuela en el cajón de cedro español, los abrazos tibios de su padre cuando volvía de trabajar, la primera vez que vio a su hermana en brazos de su madre, la melodía de su canción favorita, como también de su primer beso y que Lennon contaba diciendo Sugar Blueberry, Sugar Blueberry en vez de 1, 2, 3,4. Algunas veces, creo yo, recordaba mi nombre y más que eso, quizás lo que significaba mi nombre en su vida, y todo lo que el suyo significaba en la mía. Tal vez me recordaba, o yo prefiero así suponerlo, creerlo, elijo amar esa “suposición” que para mí es certeza por fe de errata, y para otros no es más que cosa de locos. Y yo les contestaba a esos que prefería ser un loco soñador que un cuerdo sin fe. Eso les hubiera dicho Genoveva. O Beba cómo le decía su padre. Ahora el rostro de esa mujer venía empeorando con los años, y con ellos venían las arrugas, también las grandes ojeras y bolsas por debajo de sus ojos achinados pequeñísimos, su rostro parecía ser un lienzo libre en donde la edad dibujaba sus garabatos más pobres y tristes. La enfermedad le había consumido la existencia, más que nada la vida, porque Genoveva existía pero su vivir era muy precario, era algo sin personificación, un cuerpo inanimado, inexorable, porque una mente sin recuerdos tiene cómo resultado un cuerpo sin dirección. Ella no sabía a quién abrazar, a quién odiar, a quién debería mirar con amor y a quienes con repudio, si sus besos eran de tal o si su silencio era merecedor de aquél otro. Sucede que a veces la miro en su cama, toda arrugada igual que su cuerpo, toda abandonada igual que su alma, desarreglada y blanca como ella, y pareciera que me mira de vuelta, entonces es cuando siento que me dice en voz baja procurando ser intima: Acá estoy. Acá estoy. Acá estoy. Y yo le devuelvo la complicidad con una sonrisa tímida, luego toda la tarde me quedo pensando si en verdad ella esta, y ella es, si es que ya se fue o si aún sigue en su cuerpo, y toda la noche la sueño, para que en el mismo sueño me vuelva a repetir: Acá estoy. Y es ahí, en esa fracción de segundos del tiempo, en el momento en que ella me mira con amor o me roza la mano por el hombro mirando a la nada, cuando yo creo en que ella sigue siendo Genoveva debajo de su piel desarreglada y de su mente invertida. Es un secreto nuestro, pero ella sigue ahí, muy escondida, solo hay que saber buscarla y escuchar muy por debajo de los sonidos humanos su dulce y calmante: Acá estoy. 


jueves, 3 de octubre de 2013

Buzón de entrada (1)


De: espectacular77@hotmail.com
Asunto: Acá de Felipe.
Para: laotranochemagica@gmail.com

¿Felipe? ¿Que te digo de ese? Ya no se que hacer con él, ni creo que él sepa lo que se hace a sí mismo. Es un caso perdido. Hace algunos días, me dijo que sentía  algo raro cada vez que cometía alguna mentira, trampa o maldad piadosa. "Algo raro", me dijo. Le dije que se llamaba consciencia y que la tenemos desde los 3 años. (En realidad, dije añitos, con diminutivo para aclarar que me estaba burlando de él). Se enojó. ¿No te parece que es así? Para mí todos tenemos nuestro propio diablito rojo sangre, con colmillos en la boca, como así también con cuernos grandes por encima de la cabeza, y por otro lado, está nuestro angelito vestido con toga blanco seda, que toca el arpa dorada similar a una decoración; y se posan en cada uno de nuestros hombros, uno por el hombro izquierdo, otro por el derecho, allí hacen su trabajo imaginario y nos dan la libertad de elegir: el camino del bien o la ruta del mal.
Parece que él tiene los hombros vacíos, los ojos vendados por él mismo, el gusta de ser su propio esclavo, su propio diablo, su propio mal. Juega más con las mujeres que con las propias cartas. Las relaciones con ellas, para él, son eso: un simple juego de cartas y azar, donde el ganador es el que más mujeres-cartas tiene. Y él siempre gana. Y nunca ordena cuando termina de jugar, deja los naipes tirados, sucios, rotos. Supongo que tenía razón acerca de él esa parte mía que decía que no era de confiar. Las malas lenguas también la tenían, las mismas que me hicieron pensar que el era un pobre diablo. Tiene la enfermedad del Turismo Femenino. Es que, es increíble cómo domina ese arte fantástico de atraer a las mujeres a través de las palabras. Manipula los sentimientos de ellas (y los míos) poniéndole palabras universalmente lindas a toda oración. Felipe es pura palabra y poca acción. Sus versos prometen una historia tan bien programada que es irresistible no comprarselá. Todas (y yo) quieren (y quiero) su historia, valga lo que valga, pese lo que pese. Duela lo que duela. Lástima que toda esa subasta llena de mujeres, donde hace su discursito estratégico perfecto para ilusionar corazones solos, sea la gran estafa. 
Tengo dos opciones: 

A) Comprar su historia
B) Cambiar su historia 

¿Vos que decís? Mejor que el tiempo decida, yo no puedo con él.
Felipe me lastima. Duele. ¿Pero cómo voy a dejar de quererlo, de desearlo? Compre o cambie su historia, la subasta llena de mujeres bien dispuestas a comprar su mentira siempre va a estar. Con una no le basta.
¿Porque algunos hombres son asi de mentirosos, tramposos, zanateros? 
Pensándo bien, me sigo quedándo con Felipe (no es mío igualmente) por una razón rara: siento que tengo algo que descubrir en él. Simplemente así. Tiene algo. Pero...¿Qué tendrá? ¿Qué esconderá? ¿Quién es?
Si, ya sé, cómo vos decís...Que el tiempo resuelva aquello que los humanos no razonan. 
¿Comprar su historia o Cambiar su historia? 
Una opción más:

C) Conocer su historia


                                                                                                                    Anabella.


martes, 1 de octubre de 2013

Bitácora/VII


Aún tengo tu cicatriz en mí.
Quizás de este mismo dolor que causo tu adiós, surja la felicidad de encontrar algo aún mejor.


Quizás. 

Tal vez.  

Puede que. 


No quiero tu cicatriz en mí,
cambiar de cuerpo no es una solución
cambiar de mente no es una opción
aún tengo tu cicatriz en mí,
quizás desaparezca
tal vez se desvanezca
puede que para siempre te pertenezca.


Quizás. 

Tal vez.


Puede que.