viernes, 25 de enero de 2013

Reflexiones III




Creo que todos queremos liberarnos del peso ese que tenemos en nosotros. En el pecho. En el corazón,que nos hace débiles y cobardes. Mi alma por mi parte, quiere tirarse en el techo, mirando al cielo, no importa si estrellado o lleno de nubes, y escuchar esas miles de canciones que te hacen sentir acompañado de alguna que otra extraña forma. Eran las 8 de la madrugada y no había conciliado sueño por culpa de este dolor en el pecho. Fuerte. Muy fuerte. Porque quiero irme lejos, pero quiero irme con él en el equipaje, llevarlo a la nada y que me guíe por donde pisar. No quiero dejarlo todo, quiero dejar todo en lo que él no este. Entre el tumulto de la gente, de los gritos, de la tristeza, de la oscuridad, no puedo escuchar su voz. Y él no puede escuchar mis llantos o mi abrazo despedazado que pide desconsoladamente que venga a mí, y que me preste su hombro, o su mirada para llorar. Y después irónicamente, sonreír por el hecho de saber que él es inmejorable. Y mejor aun… él es mío. O al menos es así para mí. En mi pecho. En mi corazón. No sé como hicimos para encontrarnos en medio de tanta gente. Pero ya que nos logramos ver a los ojos, y sentirnos, y besarnos lo mas que podíamos, después de mucho luchar, vayámonos a
algún acantilado y tiremos eso que nos hace ver cosas mortíferas y pesadillescas.                                                                                                                             

Y dejémonos caer de a poco en ese vacío negro y a la vez espléndidamente puro, que es el amor o la magia de mirarnos y saber que todo está bien, al menos por el tiempo en que estamos juntos, pegados a nuestros labios o riéndonos de que la soledad se perdió, en el mundo pequeñísimo que nos construimos en los ojos de los dos.  




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