Esos que la
hacían sentir especial, pero que eran casi caníbales a la hora de amar,
hicieron que la señorita Ana no supiera contar. La lastimaban hasta quedar sola
en una esquina, y cuando veían que no iban a conseguir más de sus besos, le
imploraban su perdón. La señorita Ana iba, como tonta ensordecida por palabras,
a darle de sus besos y miradas. ¿Se lo merecían? Pues claro que no. La querían
hasta el cansancio y cuando las cosas se ponían turbulentas, la dejaban en el
medio de un vacío existencial que con nada se llenaba. Salía por la puerta
llena en lágrimas, y nadie la agarraba del brazo para consolarla con dichos que
por más que falsos y desprevenidos, a todos nos hacen sentir bien. Siempre se
cortaba con algún que otro pedazo filoso de su corazón, que vaya a saber quien,
hizo romper y posarse en el suelo para lastimarla aun mas. Todos ellos tenían
la misma táctica. Pero la señorita Ana no sabía contar, y menos tenía la
astucia de tener una lista en mano, y anotar eso que debía a acordarse:
Numero 1:
La
señorita Ana no debe creer el primer “Te amo”. Menos si se lo dicen cuando
están en problemas.
Numero 2:
La
señorita Ana no debe dejarse llevar por las palabras lindas o el romanticismo.
Solo juegan con ella hasta conseguir un objetivo: sus labios.
Numero 3:
La
señorita Ana debe de no confiar. Mientras sujetan su mano, pueden estar
imaginado que pasean con esa chica mejor que ella.
Pasaba la
vida y con ella la señorita Ana no conseguía aprender a contar. Pasaba la vida
y con ella, mas de esos asesinos amorosos la persuadían para quitarle un poco
de amor y de labios, hasta dejarla muda y vacía, en una demencia oscura llamada
“soledad”. Un día de otoño, de esos días comunes que la vida pasa siempre, la
señorita Ana se topo con él. Con su pelo oscuro y lacio, peinado a la
perfección, vestido que importa cómo, y con ojos pardos que brillaban cual
sol.

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