viernes, 11 de enero de 2013

La mano enemiga



-“¿Cuál fue el momento en el que más feliz estuviste en tu vida?”

-“La verdad  que yo no recuerdo como era o es ser feliz. No recuerdo a la felicidad, no la distingo en el lío de mi cabeza. Pasa desapercibida porque ya ni sé que es”

Alguna que otra cosa me decía que el me estaba siendo completamente franco. Sin vueltas. No tenía dudas de lo que me estaba diciendo, era cierto. Verdad absoluta. Aunque desdichada verdad, verdad lo era al fin. Tal vez era algo en sus ojos, o en las expresiones de su cara, en esas ojeras que tenía que de descollantes eran negras y profundas, como sus manos sucias e ígneas, por darle un apretón de manos al mismísimo diablo. Me contó que fue una experiencia horrible aquella. 
Y como todos los eventos inauditamente aterradores, recordaba esa vivencia con perfecto fulgor. Dijo que era como si las tinieblas se vinieran encima. Que se sentían esos escalofríos que no dan lugar a reaccionar. Se veía el mal repentino pero dudoso, siempre dudoso, como todo mal. Una gélida ventisca te arrasaba hasta el oído y te susurraba todo eso que el desasosiego de tu mente conoce. Y te dejaba en blanco. En un blanco tan oscuro como el océano de noche. Es así como me transmitió el simple acto de agitar manos con él, pero quien sabrá si es verdad. Creo que ni él se lo creía. Porque estaba vez no le mire los ojos empapados de justicia propia. Solamente le vi la mirada media llena de consuelos inventados.



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