-“¿Cuál fue el momento en el que más feliz estuviste
en tu vida?”
-“La verdad
que yo no recuerdo como era o es ser feliz. No recuerdo a la felicidad,
no la distingo en el lío de mi cabeza. Pasa desapercibida porque ya ni sé que
es”
Alguna que
otra cosa me decía que el me estaba siendo completamente franco. Sin vueltas. No
tenía dudas de lo que me estaba diciendo, era cierto. Verdad absoluta. Aunque
desdichada verdad, verdad lo era al fin. Tal vez era algo en sus ojos, o en las
expresiones de su cara, en esas ojeras que tenía que de descollantes eran
negras y profundas, como sus manos sucias e ígneas, por darle un apretón de
manos al mismísimo diablo. Me contó que fue una experiencia horrible aquella.
Y
como todos los eventos inauditamente aterradores, recordaba esa vivencia con
perfecto fulgor. Dijo que era
como si las tinieblas se vinieran encima. Que se sentían esos escalofríos que
no dan lugar a reaccionar. Se veía el mal repentino pero dudoso, siempre
dudoso, como todo mal. Una gélida ventisca te arrasaba hasta el oído y te susurraba
todo eso que el desasosiego de tu mente conoce. Y te dejaba en blanco. En un
blanco tan oscuro como el océano de noche. Es así como me transmitió el simple
acto de agitar manos con él, pero quien sabrá si es verdad. Creo que ni él se
lo creía. Porque estaba vez no le mire los ojos empapados de justicia propia.
Solamente le vi la mirada media llena de consuelos inventados.

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