El camino de ida hacia donde no sabíamos dónde nos dirigíamos,
fue interminable. Yo estaba nervioso por alguna razón. No por alguna, por
cualquiera. Ella no se reía. No me miraba. Note que su cara estaba desabrida en
dos, y se le podían ver las cosas más oscuras. Tenía miedo, lo admito. Más que
miedo. Tenía un sorpresivo pavor extraño. Más tarde concluí mis sospechas mas
eclipsadas. Ya no eran sospechas, eran hechos. No eran palabras o sentimientos,
eran hechos. Y los hechos son más fuertes y grandes que cualquier otra cosa. Más
grandes que un juramento. Más grandes que nada. Ella tomo mi mano, que de fría la
asusto al tacto, y me ojeo con su mirada espantosamente atípica que me
acogotaba las penas. Miro hacia abajo, como quien está tomando fuerzas para
despedirse, y me dijo lo siguiente:
“Quiero irme de tu
lado. No porque tu lado no sea el bueno, es que yo lo estoy estropeando. Lo único
que te pido es que tomes lo que te estoy por dar, y hagas lo que dice en ella.
Por favor.”
Me abrazo. Apretó mi corazón a la par del suyo, y me dio una
pequeña nota de papel. Me beso. Eso realmente me consterno. ¿Por qué me habría de besar si quiere irse
de mi lado? ¿Tal vez se quería llevar un recuerdo del viaje? No lo sé, yo
solamente seguí besándola. Como siempre, sus labios los poso sobre los míos y
me arraigue a ella. Para siempre. No me iba a borrar ni con el más poderoso de
los conjuros. Se alejo de mi boca, me miro, me obligo a irme. Insistí en
quedarme con ella, pero no cedió. Me marche. Y mientras iba caminando con ganas
de voltearme a ver como siquiera ella se alejaba de mi vida, con las hojas
naranjadas de los arboles en pleno otoño, con la luna expectante, con la brisa
fresca acompañándome hasta debajo de mi hombro, abrí la nota:

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