lunes, 7 de enero de 2013

Catálogo de sombreros



En esa silla del parque, ofuscada y casi rota, de esas que hace años la gente usa, estaba aquel viejecito sentado. Su mirada era eso que te decía “Si, la tristeza existe y se llama como yo”. A su lado izquierdo estaba su fiel compañera, además de su vieja boina de cuero blando que olor a pelo que ni cubría tenia, una bicicleta tambaleante y rechinada, de su abuelo. O de su padre. El bien no lo recordaba, le gustaría saberlo, pero aun así no podía. La primera vez que la vio fue aquel miércoles de junio espantoso. Lleno de viento que te soplaba hasta las pestañas. Las suyas eran de las más preciosas, porque debajo de aquellas, largas y refinadas, estaban los ojos de todo lo que es misericordioso. Su boca no dijo ninguna palabra hacia él. Tampoco iba a hacerlo…nunca. Pero el silencio era suficiente para aquel hombre, sus labios corazón con un labial rojo sangre hacían que se le tildaran las pupilas y que no pudiera volver a ver otra cosa.                                            
Nunca se canso de ella. Inconscientemente la seguía con el viento todos los miércoles de junio que la veía pasar y revolver a las personas, cuando las hojas de aquel árbol amarillento resaltaban el poder de las estaciones. Todo un junio entero viéndola pasar, tan inalcanzable como ver el aire. Podía llevarle flores. Podía llevarle un ramo entero de claveles que compraría en la tienda a $3,50. Podía siquiera hablarle. Pero el… solo desistía a contemplarla. Siempre ciertamente oculta bajo un diferente sombrero cada día.                                                            
Y aquel Noviembre desolado ella no volvió a aparecer más. Ni en la sombra del más viejo árbol. Se había desvanecido como las flores del prado lo hacen. Y les cito lo que en textuales palabras me dijo Don Darío: “Este viejo ya no sabe para donde dirigir sus ansiosos ojos por acecharla de reojo de nuevo. Todos los miércoles vengo ingenuo, todos los miércoles de Junio, a mirar para la izquierda y derecha, por si ella encuentra de vuelta esta plaza principal. Porque te juro, yo no me canso de recordarla. Sé que nunca va a venir a mí, pero capaz en esas vidas que nadie nos cuenta, esas vidas que no sabemos si tenemos, tal vez en alguna que otra de tantas… ella ya me encontró y yo ya le di ese ramo de claveles que tanto ansié regalarle siempre. ¿Quién sabe? ¿No?”


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