En esa silla del parque, ofuscada y casi rota, de esas que
hace años la gente usa, estaba aquel viejecito sentado. Su mirada era eso que
te decía “Si, la tristeza existe y se llama como yo”. A su lado izquierdo estaba su
fiel compañera, además de su vieja boina de cuero blando que olor a pelo que ni
cubría tenia, una bicicleta tambaleante y rechinada, de su abuelo. O de su
padre. El bien no lo recordaba, le gustaría saberlo, pero aun así no podía. La
primera vez que la vio fue aquel miércoles de junio espantoso. Lleno de viento
que te soplaba hasta las pestañas. Las suyas eran de las más preciosas, porque
debajo de aquellas, largas y refinadas, estaban los ojos de todo lo que es misericordioso.
Su boca no dijo ninguna palabra hacia él. Tampoco iba a hacerlo…nunca. Pero el silencio era suficiente
para aquel hombre, sus labios corazón con un labial rojo sangre hacían que se
le tildaran las pupilas y que no pudiera volver a ver otra cosa.
Nunca se canso de ella. Inconscientemente la seguía con el
viento todos los miércoles de junio que la veía pasar y revolver a las
personas, cuando las hojas de aquel árbol amarillento resaltaban el poder de las
estaciones. Todo un junio entero viéndola pasar, tan inalcanzable como ver el
aire. Podía llevarle flores. Podía llevarle un ramo entero de claveles que
compraría en la tienda a $3,50. Podía siquiera hablarle. Pero el… solo desistía
a contemplarla. Siempre ciertamente oculta bajo un diferente sombrero cada
día.
Y aquel Noviembre desolado ella no volvió a aparecer más. Ni
en la sombra del más viejo árbol. Se había desvanecido como las flores del prado
lo hacen. Y les cito lo que en textuales palabras me dijo Don Darío: “Este viejo ya no sabe para donde dirigir sus
ansiosos ojos por acecharla de reojo de nuevo. Todos los miércoles vengo
ingenuo, todos los miércoles de Junio, a mirar para la izquierda y derecha, por
si ella encuentra de vuelta esta plaza principal. Porque te juro, yo no me
canso de recordarla. Sé que nunca va
a venir a mí, pero capaz en esas vidas que nadie nos cuenta, esas vidas que no
sabemos si tenemos, tal vez en alguna que otra de tantas… ella ya me encontró y
yo ya le di ese ramo de claveles que tanto ansié regalarle siempre. ¿Quién sabe? ¿No?”

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