El caminaba
cerca de mí. Podía oler su perfume junto con su respiración agitada y cansada. Yo
te miraba de reojo y cabizbaja pensaba que tu mirada era ese paraíso del que
todos hablaban. Eras mi nueva religión. Ese dios que todo iluminaba. Tu paso
aceleraba por alguna razón y yo atine a apurarme. No quería ser tan obvia, así
que no lo hice. Te fuiste casi corriendo y cuando te pusiste esa capucha gris
de tu campera favorita, de lejos ya estaba extrañando conocerte. Me senté en la
mesa de ese Bar al que todo el mundo iba pero nadie que yo quisiera. Pasaste
nuevamente por al lado de mi mesa. Esta vez miraste para la izquierda y tus
ojos ficharon los míos como yo esas puertas del paraíso con los que vos veías
todos los días a chicas mas lindas que yo.
Mi
café se puso frio y la noche también. Deje un poco de propina que ni siquiera
ese mesero se merecía. No me había dado ni una sonrisa de esas falsas que todos
dan siempre. Tacañería al cien. Deje esa silla que me había dado amparo, tome
mi abrigo, mi bolso y salí de ese Bar al que quería volver otra vez, solo
porque a él lo había visto y por su presencia ya era el mejor lugar del mundo.
¿A quién le importa el lugar cuando esta esa persona que todo lo hace perfecto?
Díganme por favor. Si la respuesta es “a nadie” sentiré fe en nosotros. Cruce
la vereda de esa calle mojada por la lluvia de verano y en la esquina oscura,
vi tu silueta iluminada por ese pequeño farol que ahora era la luz del cielo.
Caminaste hacia mí, tomaste mi mano fría y con tu calor innato me dijiste a los
ojos:
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