jueves, 27 de diciembre de 2012

El ultimo café




El frió de la madrugada entraba por esa ventana que siempre suelo dejar abierta. No me gusta estar encerrado. La brisa te paso por ese pelo perfecto tuyo, hasta llegar a tu cuello, y abriste los ojos para taparte un poco más, mis brazos rodeándote entera no eran suficiente calor. Volviste a dormir esperando que el tiempo pasara bien lento. Igual que yo en mi mente, deseaba que la noche sea más larga que esas que pasamos en invierno. Te observaba dormir como la cosa más deseable del mundo. Tus pestañas largas y tus parpados cansados. Tu boca sin una sonrisa era muy extraña, pero aun así me hacías sonreír a mí. No me canse de mirarte nunca, me dormí pensando en vos. El soleado luminar anaranjado que entraba por las cortinas del ventanal, te daba justo en la cara y dejaba al descubierto imperfecciones perfectas. Suspiraste. Abriste los ojos y ahí estaban los míos, listos para verte. Ambos sonreímos, pero por supuesto, tu sonrisa fue la mejor de todas. Te levantaste de la cama, y con tus piernas esculpidas, me dejaste ver tu cuerpo desnudo y celestial caminando por mi habitación. Abriste la persiana que el torpe viento había cerrado, solo para que más de ese sol entrara y te iluminara como solo los ángeles merecen. La escena fue fotografiada con mis propios ojos, ninguna cámara podría captar semejante belleza junta. Veré esa foto de por vida. Me levante y ahí, en el medio de mi habitación te abrase con todas mis fuerzas solo para decirte en ningún lenguaje “No me dejes nunca”. Amaba apoyar mi cabeza sobre la tuya y sentir que te protegía de todo eso que te daba miedo. Te tome de los hombros y te pregunte si querías algo:

-“Un pedacito de tu vida y un café si puede ser”
-“Ya tenés lo primero hace mucho, ahora te traigo lo segundo”

Tirando sonrisas cómplices me aleje hacia la cocina para prepararte ese café, de esos que nos gustan a los dos, con espuma voluptuosa. La pava hirvió rápido y saque tu taza favorita para servírtelo. Tome una bandeja de esas que nunca uso pero tengo, y con algo de desgano, hice una certeza de presentación a ese café que me habías pedido con la voz a la que no le podías negar nada. Subí las escaleras tambaleándome y al finalmente llegar, pose la bandeja de madera amarilla sobre las sábanas blanco luna, un poco machadas por nuestros cuerpos impregnados en ellas. Vos estabas ahí, afuera, en el balcón. Sin querer un viento rápido te movió la cabellera, pero no te molesto, cerraste los ojos para sentir que volabas junto a tu pelo. Tome tu cintura tallada y te abrase por detrás. Baje lentamente hasta tu mano y te lleve hasta la habitación, 
para tomar ese café que con tanta dulzura, y no precisamente azúcar, te había hecho.                                                                                                                                         

Te sentaste ahí, con los pies para adentro, al costado de la cama, mirando para el ventanal, apoyando tu cabeza en la parte izquierda de la madera. Me invitaste a sentarme con vos, a pesar de que no tenía un café, solamente ganas de que soltaras el que tenias y que me besaras como tomabas de esa taza de cerámica blanca que te había regalado hace poco. Terminaste tan rápido que supuse que te gusto. Hasta que lo dijiste con tus propias palabras y llevaste mi cabeza hasta tu falda. Mi cara quedo mirando a la tuya desde abajo. Ahí arriba te veías más impotente que lo normal. Me asustaba tanta belleza, pero no tenía miedo, sabía que con vos todo estaba bien. Me diste un beso de esos que me enloquecen y me tiraste una mirada de esas que me matan. Dejaste tu taza en mi mesa de luz, y nos fuimos a la cama a ver un rato las estrellas mientras afuera el sol te encandilaba y esos astros ni se veían. Me diste un beso de despedida en la frente, como siempre lo hacías, y ya te estaba extrañando. Quería que ese taxi que te venia a buscar no llegara mas. Pero mientras ese pensamiento llenaba mi mente, la indeseable bocina de ese auto, anunciaba una vez más tu partida. Saliste de mi habitación, esta vez con ropa, y ver tu caminar ya no era tan reconfortante si era para que te fueras de mi vida. Me quede ahí, desorientado en el medio de mi cama. Mire para arriba para pensar en ella, hasta que me di cuenta lo mal que estaba… si tan solo hace segundos se había ido de ahí y ya la echaba de menos. Pase toda la tarde esperando tu llamada. Esperando una señal de que no te habías olvidado de mi. Pero no… todo salió como lo habíamos pautado antes. Esa noche, era la última noche que nos íbamos a poder ver. Tocar. Sentirnos vivos, pero juntos. La mañana siguiente vos te ibas a ir, muy lejos de mi lado, tan lejos que ni unas palabras mudas te podría mandar para que saborees.                                                                                                                                     Te encanta huir de las cosas, y entre esas cosas entro yo. Vos desapareciste de mi puerta y todas las otras se cerraron. Lo único que me queda de recuerdo es ese café que tomaste por primera y última vez en mi pieza. Aun lo tengo ahí, en mi repisa, de vez en cuando toco la manecilla para sentir tus manos suaves, o el olor que tenias cuando me besabas hasta morir en mi boca. Aun lo tengo ahí, en mi repisa, esperando que algún día de estos, vuelvas a lavar tu taza preferida y tomemos otro café, de esos que nos gustan a los dos, con espuma voluptuosa por el resto de las mañanas.


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