Parte
I
Todas las veredas empapeladas de mugre de vida y olor a
dolor. Hasta que en la sexta esquina del Barrio “Los Acasios” un inusual
personaje decoraba esa cuadra y la dejaba completamente diferente a las otras.
Horacio, un borracho querido por todos y conocido por nadie, estaba viviendo en
esa humilde vereda, en ese lugar que muchos pisan, el apoyaba su cabeza para
mendigar un poco de sueño. Nadie sabía bien de donde venia, pero todos sabían
dónde iba a estar siempre.
Horacio era un borracho, pero todos lo querían, tenía ese
gran carisma y sentido del humor que hacía creer que era una certeza de
comediante callejero. Todos los días, a las 6 de la tarde, bien puntal, daba
una función de chistes para todos los niños y niñas de la cuadra. Aunque a
veces también, los grandes se prendían. En las noches heladas de invierno,
siempre alguien del lugar le daba una manta prestada, o hasta se la regalaba.
En los días calurosos de verano todos los niños que pasaban le convidaban de
esos helados de agua que llevaban en la mano para matar el calor.
Horacio se mostraba siempre con una sonrisa, a pesar de tener la mayoría
de los dientes torcidos y putrefactos por el alcohol.
Todas las noches en su esquina, un pensamiento recurrente
llegaba a la mente de Horacio:
-“Si tan solo supieran
mi pasado, de donde vengo, y que he hecho, nada sería igual. No me querrían
como me quieren, no me verían como me ven,
y no me aceptarían ni en su vereda”
La vida de Horacio fue casi un calvario antes de llegar a ese
barrio, por eso se esforzaba tanto en ser feliz y hacer feliz a los otros.
Horacio conoció muy bien la tristeza, por eso no quería que nadie la sufriera. A
pesar de mostrarse tan vivido, él sabía muy bien que en todo momento la sombra
lo seguía. Esa sombra de su pasado. Oscura. Muy oscura. Solo él la podía ver y
lo atormentaba día y noche.
Parte
II
La mañana de otoño de aquel 2001, era un Martes y el solcito que
te entibiaba la piel, te hacia dar una especie de alegría. Las hojas caían y
por consecuente, esas viejitas que no tienen nada que hacer, salían a barrerlas
como si fuera su obligación. El kiosquero del barrio abría las rejas para
comenzar su jornada. Las bicicletas de los niños para ir temprano al colegio,
se cruzaban con las personas que iban a trabajar. Las carretas que tiraban los
caballos para recoger cartón, se hacían sonar con las pisadas de sus patas y el
látigo de los que los manejaban. Era una mañana más en el barrio. Nada
diferente pasaba. Hasta que alguien que ve mas allá de su nariz, se dio cuenta
de eso que faltaba para que fuera una “mañana mas”.
–“Che, ¿y donde esta Horacio a todo esto?” le decía Fernando a su vecino de al lado.
–“Si, bastante raro que no esté durmiendo en la esquina como siempre”
respondió frunciendo la ceja, realmente le sorprendía.
La pregunta se expandió a lo largo del día, viendo en evidencia
que Horacio no estaba más ahí donde todos lo veían como una pintura. No estaba
su colcha vieja y zarrapastrosa, su cartón de Vino toro lleno hasta a la mitad.
Su intento de almohada con una campera vieja que le habían dado. No había
rastros de él, ni de sus cosas. Todo el barrio empezó a correr la voz de eso
que ya se sentía pero necesitaba confirmación. Horacio no estaba. Se había ido
o se lo habían llevado, eso no importaba mucho, la cuestión era que tenía que
aparecer. Llego la tarde y la función de Horacio, por primera vez en 10 años,
se suspendía. Ahora los niños se cuestionaban la falta de ese hombre que tantas
risas les hacía pasar. De repente apareció Mauricio, el kiosquero que tenía el
local justo en frente de la humilde morada de Horacio. Viendo a casi la mitad
del barrio reunida allí en la esquina, se dispuso a contarles eso que nadie
sabía. Comenzó su relato con algo para llamar la atención de todos: –“Yo sé
porque Horacio desapareció” y como esperaba, todos le lanzaron miradas ansiosas
y un poco chusmas.
-“Estaba saliendo del kiosco, me había quedado hasta las 4 de la
mañana, porque tenía mucho papeleo de mercadería que hacer, por supuesto que
deje todo apagado como si no hubiera nadie, un kiosco no puede quedar abierto
hasta esa hora, ustedes saben la inseguridad de acá. Cuando estaba saliendo del
local, después de cerrar la puerta y darme la vuelta, veo un patrullero en la
esquina. Se bajaron del auto y le preguntaron por el nombre a Horacio. No
escuchaba muy bien lo que le decían, por eso me acerque más sin que me vieran,
atrás de unos árboles de ahí. Escuche que uno le dijo “¿Usted es Horacio
Navarro sí o no?” con mucha violencia, a lo que le contesto un simple “Si”. Y
sin decirle mas nada lo esposaron y le dijeron en voz alta y bien claro: “Esta
arrestado por el asesinato de Thelma Gonzalez, su ex esposa”. Horacio no movió
un pelo, se dejo llevar como si fuera verdad y lo metieron adentro de la
patrulla sin forcejearlo ni nada”
Todos escucharon el
relato de lo que les parecía imposible. Si, Horacio era alcohólico, pero para
ellos era pura bondad y serenidad. Nunca le hizo nadie a nadie, era un persona
magnifica. Al menos hasta ahora…
1991
Se escuchaban gritos
estrepitosos desde la casa de la familia Navarro. Parecía que toda la cuadra
los podía escuchar, pero para mala suerte de esa mujer, solo lo que la hacía
gritar podía oírlos. Correr fue obsoleto. En ese espacio tan minúsculo, antes pleno de seguridad, su muerte la perseguía en forma de hombre. “DEJA ESE CUCHILLO, ¡PENSA BIEN LAS COSAS HORACIO!” decía casi sollozando teniendo una pizca de esperanza de que todo se volviera como hace algunos días. Sangre corriendo por las manos de ese hombre que no sabía lo que hacía. El cuchillo cayó al suelo como el cuerpo de esa mujer. Los pies que antes corrían desesperados, ahora estaban ahí inmóviles y fríos. Tomo el cuchillo y limpio lo que estaba sucio de crimen. Los brazos de Horacio agarraron el cuerpo glacial de la mujer y lo posaron sobre la tierra marrón y fresca de ese patio sin terminar. Kerosene. Un simple fosforo de madera. El ruido del fuego estaba aturdiendo todo el cuerpo de esa mujer, hasta que no haya rastros vividos de lo que siempre va a quedar en la mente de Horacio. Cerró la puerta con llave como si nada hubiera pasado, y se dirigió al bar de la esquina. Conoció al amigo traicionero que lo acompañaría hasta su muerte: El alcohol.
Horacio estaba en la cárcel.
Horacio estaba feliz de cumplir su merecido.
Horacio ya no se atormentaba mas, sentía que era libre. Valga la
ironía.
Horacio era el borracho que todos querían.
Todas las noches en la cárcel, un pensamiento recurrente llegaba a
la mente de Horacio:

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