lunes, 17 de diciembre de 2012

Crónicas de las noches eternas



Crónicas de las noches eternas/1


Ernesto y su soledad eran enemigos secretos. Convivía con ella y solo de vez en cuando le tiraba señas de que ya no la soportaba. No se quería mostrarse débil frente a su enemiga. Durante el día Ernesto la dejaba ahí encerrada en su casa, no dejaba que lo siguiera, el dilema ocurría por las noches. Por las noches la soledad seducía cual diablo a sus ansias de ser feliz. En esas cuatro paredes, ante la profunda oscuridad, Ernesto solo se daba cuenta que no tenía nada. Perdió a su esposa y a sus tres hijos. Y hasta perdió a su perro, el único que hace pocos meses le hacía compañía. Su casa no era la que el siempre fantaseaba a los 18 años, en unos de esos ataques de "la gran familia feliz". Los abrazos y besos que le daría a su mujer por las noches, ahora eran solo atinar a agarrar esa figura inexistente y tratar de no caerse de su cama de una plaza. Los desayunos y las charlas mañaneras con sus hijos ahora eran tomar café tibio en su mesa y las únicas voces que se escuchaban eran las de la radio. El perro corriendo y ensuciando todo a su paso por el living ahora eran cucarachas y ratas que de vez en cuando pasaban. Ernesto y su soledad eran enemigos secretos.

Crónicas de las noches eternas/2

Sus pisadas retumbaban el silencio de la casa. Su música lo acompañaba y sus intentos de cantar acapella a todo pulmón esa canción que lo moviliza, le brinda una sonrisa falsa que intenta ser autentica. Algo obsoleto como su amiga, la música, era lo único que lo podía hacer sentir lleno por unos minutos. Pero llegaba un momento en que tanta soledad no se podía ambientizar ni con la más alegre de las canciones. Ernesto no entendía que tapaba el mundo con la manta de la indiferencia. No entendía que para perdonarse a el mismo primero tenía que lidiar con su soledad. Ernesto y su soledad eran enemigos secretos. Cada recoveco de su vida le recomendaba a gritos que vaya a ver el espectáculo de la vida.


Crónicas de las noches eternas/3

¡PERDONATE ERNESTO! ¡LA UNICA ARMA PARA MATARTE LA TIENE ELLA! ¡TU SOLEDAD! Ernesto tenía que suplicarle perdón a su yo mismo por esa condena que se dio apropósito. El mismo testifico en su contra. El mismo se vengó de la persona equivocada. Perdonarse era aceptar como amiga a esa única cosa que siempre estaba ahí. Un día Ernesto despertó del sueño que siempre creyó pesadilla, después de una noche de lluvia intensa y de rayos que lo hacían temblar, y se dijo a sí mismo, casi susurrando para que nadie escuche lo que con redobles se esperaba: "Yo y mi soledad la pasamos bastante bien".


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