Crónicas de las noches eternas/1
Ernesto y su soledad
eran enemigos secretos.
Convivía con ella y solo de vez en cuando le tiraba señas de que ya no la soportaba.
No se quería mostrarse débil frente a su enemiga. Durante el día Ernesto la
dejaba ahí encerrada en su casa, no dejaba que lo siguiera, el dilema ocurría
por las noches. Por las noches la soledad seducía cual diablo a sus ansias de
ser feliz. En esas cuatro paredes, ante la profunda oscuridad, Ernesto solo se
daba cuenta que no tenía nada. Perdió a su esposa y a sus tres hijos. Y hasta
perdió a su perro, el único que hace pocos meses le hacía compañía. Su casa no
era la que el siempre fantaseaba a los 18 años, en unos de esos ataques de
"la gran familia feliz". Los abrazos y besos que le daría a su mujer
por las noches, ahora eran solo atinar a agarrar esa figura inexistente y
tratar de no caerse de su cama de una plaza. Los desayunos y
las charlas mañaneras con sus hijos ahora eran tomar café tibio en su mesa y
las únicas voces que se escuchaban eran las de la radio. El perro corriendo y
ensuciando todo a su paso por el living ahora eran cucarachas y ratas que de
vez en cuando pasaban. Ernesto y su soledad eran enemigos secretos.
Crónicas de las noches eternas/2
Sus pisadas retumbaban el silencio de la casa. Su música lo
acompañaba y sus intentos de cantar acapella a todo pulmón esa canción que lo
moviliza, le brinda una sonrisa falsa que intenta ser autentica. Algo obsoleto
como su amiga, la música, era lo único que lo podía hacer sentir lleno por unos
minutos. Pero llegaba un momento en que tanta soledad no se podía ambientizar
ni con la más alegre de las canciones. Ernesto no entendía que tapaba el mundo
con la manta de la indiferencia. No entendía que para perdonarse a el mismo
primero tenía que lidiar con su soledad. Ernesto y su soledad eran enemigos secretos. Cada recoveco de su vida le recomendaba
a gritos que vaya a ver el espectáculo de la vida.
Crónicas de las noches eternas/3
¡PERDONATE ERNESTO! ¡LA UNICA ARMA PARA MATARTE LA TIENE
ELLA! ¡TU SOLEDAD! Ernesto
tenía que suplicarle perdón a su yo mismo por esa condena que se dio
apropósito. El mismo testifico en su contra. El mismo se vengó de la persona
equivocada. Perdonarse era aceptar como amiga a esa única cosa que siempre
estaba ahí. Un día Ernesto despertó del sueño que siempre creyó pesadilla,
después de una noche de lluvia intensa y de rayos que lo hacían temblar, y se
dijo a sí mismo, casi susurrando para que nadie escuche lo que con redobles se
esperaba: "Yo y mi soledad
la pasamos bastante bien".

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