lunes, 10 de febrero de 2014

Corta-mambo


El rechinido de la puerta no cesa. Han pasado dos minutos. Va de grave a agudo, las tuercas no tienen aceite o simplemente fueron victimas de una fuerza extrema que las hizo oxidarse hasta el resonar. Ese inocente ruido de vaivén de la puerta de metal, no cesa. No le doy importancia, el viento le sopla, y la traspasa de a ratos, y el olor a lluvia fresca la atormenta entera. Vaivén de la puerta de hierro, no cesa, ya han pasado 5 minutos y no cesa, está ubicada del otro lado de la cocina, y aún así desde mi habitación la oigo cantar, pareciera una puerta convocada, se abre y cierra y de momentos es indefinido ¿se abrió? ¿se cerró? ¿que fue eso? Un trueno más, y ya son 10 minutos y la puerta no se cansa del vaivén. El ruido se vuelve cada vez más tosco e insoportable cada minuto, pero la puerta está muy lejos, o quizás yo estoy sin luz, en una casa fresca, en el medio de un campo limpio, sentado en la habitación esperando a que la luz regrese para acompañarnos, y no quiero ir hasta el otro lado de la cocina a cerrarla, a espantar el viento, a detener el ruido, o a quien lo provoca...ya pasaron 20 minutos y la puerta no se calla, que insoportable rechinido que retumba en mis oídos haciendo que mis dientes se apreten. De repente, otro trueno más, un poco más fuerte, ilumino toda la habitación. Hubo un silencio en el silencio. La puerta seguía rechinando, esta vez, más fuerte, como si se hubiera abierto entera. Un viento helado entra gimiendo. Se oyen unos pasos que hacen eco, no distingo que figura los provoca, si hombre, mujer, si quiera si es humana, parece que los pasos se acercan a una dirección próxima, siento como si una voz se quejara, maldiciera, estoy seguro, es una presencia fuera de este mundo, su devastador rostro caerá sobre mis ojos en esta noch...Mi esposa fue a cerrar la puerta. Mierda, Stella. 

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