domingo, 9 de febrero de 2014

Arroró


El Mundo es un lugar despampanante, hasta el nombre mismo te hace temblar un poco: "El Mundo" y con mayúsculas porque es algo digno de agigantar. Es salvaje, nuestra vida en él es salvaje porque el mundo es parte de nuestra vida, y nos movemos al rededor de él, sin darnos cuenta de que a veces es muy agresivo, muy gigante, muy basto, muy ancho, muy desconocido, y, por sobre todo, muy desordenado. Algunas veces, vamos muy rápido, corremos de acá para allá, estamos en constante movimiento o sentimos que los demás están acelerados. Y necesitamos una pausa. Aunque no haya botón. Desearía de a ratos, cuando preciso calma, serenidad, paz entre paz, que el Mundo fuera más simple, que se hiper-reduciera, por unos segundos, a esto: tomar mate, leer, acostarse en el sillón y mirar una película, tirarse en la cama y hacer fiaca hasta el anochecer; que el Mundo deje de ser tan majestuoso, tan elegante, porque me hace sentir desalineada, que el Mundo sea una insignificancia, o una hermosa insignificancia, como el hecho de tomar mates a la tarde o acurrucarse entre un montón de sábanas. Puedo hacer un poema sobre el mate, como lo dignifico hacia un acto de comunión o simple cariño abstracto, mezclar el amargo sabor de la yerba con el azúcar, hacer que se enamoren entre el agua semi-caliente, y que antes del sorbo, muerda un pan caliente, y adentro de mi boca ellos tres se reúnen y se aman tanto que queman el paladar de gustos a naturaleza y dulce. Prepararse el mate en soledad es un acto de independencia, sería romántico pensar que preparo el agua para tomar mates en soledad, para así sentirme un poco más cubierta, abrazada, acompañada, no tan fría y seca. Y pensemoslo así, más simple y maravilloso, que simplemente tomar mate de una bombilla. Acá, de mediodía, tomar mates resulta algo simple, que no me asusta tanto como el Mundo, que no es tan violento como la totalidad de ese globo gigante, lleno de personas, lleno de preguntas, lleno de problemas, aunque también, lleno de amor, lleno de paraísos y lleno de brillo, pero hasta estos últimos a veces son tan maravillosos que me saturan el alma y me hacen sentir que no nos merecemos semejante planeta, que no le llegamos ni a los talones, y entonces me resulta agresivo, excesivamente bello. Suena algo desagradecida, algo exagerado, pero es así, a veces, me asusta la violencia del mundo, que todo sea tan gigante, que todo pase tan rápido. Entonces, en esos instantes, deseo que el mundo solo sea cosas simples, que nosotros le adjudicamos belleza: leer una frase en un libro, mirar el atardecer sin sacarle fotos, ir a dar vueltas a la madrugada, correr de la mano, mirar un cuadro, sonreír cuando nos sonríen, pensar cuando la casa está en completo silencio, contar lunares, bostezar y no levantarse de la cama, mirar películas sin mirar películas, tomar mates a cualquier hora, charlar de la infancia, o abrazar porque sí. Desearía que el Mundo, fuera mi Mundo, eso íntimo que me hace sonreír discretamente, esos instantes en los que no hay problemas algunos, aquello que me reduce y me hace pequeñita, una dulce puberta que sonríe al escuchar el arroró...

No hay comentarios:

Publicar un comentario