jueves, 14 de mayo de 2015

Grito. Abrazo. Pecho.


Me gusta el fútbol cuando los veo a todos ustedes. 
Me gusta cuando veo cuánto les gusta. 
Admiro de verlos (admirar de observarlos cautelosamente) cuando sienten. 
Me resulta más que interesante ese deporte costumbrista, 
ese deporte que deja de lado la cultura élite y se reposa en la popularidad, 
en el clero, en el puro sentimiento sensacional. 
A veces te miro gritando y saltando y siento que te vas a morir de pasión, 
pero me doy la vuelta y ya estás sufriendo otra derrota. 
Y el ciclo comienza de nuevo.
Me gusta cuando te veo irte con tus pares vestidos igual que vos.
Suspenso. Gol. Grito. Abrazo. Pecho.
Llanto, pelea, escándalo, violencia.
Pocas cosas si las hay provocan el amor y la guerra.
Pasión, devoción, locura le dicen algunos.
Y a cualquiera que disfrute de observar la belleza de la locura 
humana también disfruta de verlos viviendo el fútbol. 
Hablo de cualquiera, hombre o mujer que le suceda. 
Personalmente a mi no me sucede; quizá solo en tiempos de 
sensacionalismo emocional y nacionalismo generado por las Copas Mundiales.
Pero personalmente, si me sucede que adoro verlos en ese estado.
Del llanto a la felicidad imparable. 
Esos vaivenes propios del juego,
esa rivalidad propia de la competencia,
ese amor propio de la pasión.
Ponerse la camiseta le llaman.
Pocas cosas generan sentimientos tan violentos 
y a la vez tan hermosos.

Suspenso. Gol. Grito. Abrazo. Pecho.
Corazón.

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