sábado, 30 de mayo de 2015

La Romana

Me gustaba estar con la Romana. A mí me gustaba y aún pasados los meses, los años, seguiría gustándome estar con ella. Aunque fuera una calamidad estar junto a esos ojos rojos de envida, secos de sinceridad, y muertos de romanticismo. Aunque la Romana (como yo le decía a ella) fuera de mis peores pasados. Este fetiche mío de estar con la gente que hace mal. Después de dejar de estar a su lado, me di cuenta que quizá me gustaba estar triste y luego correr a sus brazos blancos, a esa piel dura, semiamarga, y en antítesis, suave, reconfortante. Con ella era una eterna reconciliación de peleas de madrugada. Quizá me gustaba vivir de reconciliación, llorar, correr a la Romana, irme de nuevo, que me busque, buscarla, saber que era como era y saber que ella me adoraba por siempre perdonarla, y yo sentirme bien por hacerlo. Yo vivo deseándola por algo que no tengo definido, quizá porque me acostumbre a su normal personalidad, aun siendo yo un empedernido buscador de personas extrañas y con mucho porte personal, personas fuera de lo común: la Romana era una chica normal. De esas que tie
ne amigas, que ve películas taquilleras románticas, que sale de noche, que adora la fiesta, que escucha música electrónica, que sigue modas, que es la clásica arpía que habla mal de todas. Y no sé porque me enamore de ella, siendo tan normal. Conectaba con ella solo cuando me hablaba de su madre. De esa madre que se le había ido lejos, de esa madre-recuerdo de su infancia, de esa madre fallecida hace seis años. Solo ahí la veía diferente a las chicas modernas, y solo ahí me gustaba mucho. Quizá al ser tan normal me apetecía el buscar en ella algo sobrenatural, en mi afán de pensar (hasta el día de hoy) que hasta en las almas más simples y superficiales tiene que haber algo más. Me gustaría hoy volver a ella solo por un día, unas horas, estar con ella y volver a sentir que puede existir algo más dentro suyo, que no ha descubierto, y sentir que al segundo vamos a discutir, y gritarnos, y pelearnos, y yo sentir que la Romana es lo peor que me paso, y que la Romana me consuele y yo en sus brazos sentirme bien porque de nuevo voy a perdonarla, y ella prometerme el mundo aunque no pueda ni construirse uno propio: reconciliarme con ella una y otra vez. Apasionadamente. 


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