jueves, 2 de enero de 2014

Caída libre


En el borde de lo consciente, lo inconsciente se vuelve más que materia de recuerdos, y ahí aparece esa sensación que yo defino como ilegible, intocable, innombrable, indescriptible e increíble. Es como un temblor en el corazón, un golpecito en el pecho, pero no uno violento, si no uno que vibra suavemente, un despertador que te dice que ese momento va más allá de vos, y de todo lo que sentiste alguna vez. Es un sonido que nos golpea, y puede que sea un sentimiento más, diferente en cada uno, diferente en cada amor. Una alerta, porque asusta, nos extraña, pero es tan desconocido que causa cierto placer el encontrarse con el por primera vez. Suele suceder después de una sonrisa extrañada, o un beso apasionado, lento y largo, tal vez un abrazo triste de despedida o un saludo de bienvenida, algunas veces, solamente una mirada o una frase es suficiente. En nuestra caída al vacío hacia lo inconsciente, el viaje es largo y brusco, un túnel tembloroso, y cuando el consciente aterriza en ese espacio desconocido, se choca contra el suelo y ahí surge una sensación inexplicable: le dicen mariposas en la panza, o golpes en el corazón. Yo le digo amor

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