Santa Elena era un pueblito que me llenaba de emociones raras, extrañas, de esas que cuando golpean el cuerpo se quedan marcadas y cuando las sentimos luego de largos tiempos sin haberlas sospechado siquiera, una cosquilla se olea con otra cosquilla y así hasta forma la famosa alegría de encontrarse con lo pasado, que hacía tan bien, y para sorpresa, sigue haciéndolo. Con calles pequeñas y largas, con arboles tan verdes y de flores tan distintas una de la otra, pero tan conectadas, como si estuvieran colocadas de forma estratégica, colgadas por algún viento sin cabellos que molestar, o madre naturaleza ociosa en cada una de esas ramas, y así, una por una, de árbol a árbol, las flores armaban un máximo degradé de colores y texturas; en algunas veredas predominaban las flores oscuras, y entonces el degradé se volvía azulado o verde agua, aunque en otras, el blanco en los pétalos predominaba, y se juntaba con el rojo tal vez, y entonces surgía un rosa viejo. Hay para elegir calles según el estado de ánimo, aunque a menudo el simple atardecer (y me atrevo a decir simple, pues de simple no tiene nada en su belleza magnifica) visto desde aquel acantilado cerca del Río Paraná, donde el aroma a río se despertaba en las narices, era un paraje perfecto para reavivar el asombro en lo cotidiano que tenía el hecho natural del sol escondiéndose detrás del horizonte y de las calmas aguas azules oscuras. El amarillo, que mientras pasan los segundos se vuelve sutilmente naranja, y así hasta llegar a un rojo suave, golpea en las pupilas tan fuerte que parece que aquella distancia infinita de años luz que separa ese astro luz divino de los antros anatómicos humanos, se reduce a centímetros nada más. Y si el viento acompaña y la brisa es tibia, no fría ni caliente, si no tibia, que abraza, el ambiente es un edén para pobres que no les alcanza para el boleto de los lujos más finos, pero menos acogedores, lujos de plástico, lejanos, más materiales y artificiales, por lo tanto, menos naturales y únicos que un atardecer. Para contribuir con el paraíso, está La Olla, una fantástica flora verde, como una colina con inclinación hacia abajo, que da la alusión de olla, de piscina natural sin agua, o de tazón para sopa. Era otro lugar característico; cercana a ella también estaba una gran cruz de hierro gris y sólido, de altura prominente, a centímetros de un acantilado. La Olla esta en el medio de una rotonda de asfalto, y los turistas encaminados hacia el río que pasan por allí, se detienen a admirar el verde fresco y paran a tomar mates en los bancos ansiosos de que los visiten de vez en cuando, aunque, lo más interesante, según dicen de oído a oído, como un teléfono descompuesto comunitario, es visitarla durante la madrugada, cuando la marea del río sube, los puestos de pulceras artesanales se desvisten en veredas, las plazoletas son iluminadas por la nada, y las calles gozan de un silencio particular, aunque si es fin de semana, algún que otro borracho persigue las lineas del asfalto y se ríe de cómo se vuelven curvas. Una mujer de blanco terciopelo, algo dañada por los años, con el pelo negro de costumbre Argentina, morocha cómo le dicen, con cara desesperada, pide aventones a los automóviles que se pasean por la rotonda vacía. Quizá es una zanata infantil, pero no faltarán jamás los curiosos que intentan comprobarlo, sin éxito al final, porque tal vez la señora lea pensamientos u olfatea curiosos que necesitan ver para creer, y todos saben que esa filosofía molesta a los fantasmas. Las cabañas que se adentran en el bosque dan una sensación de película americana; con el techo en punta alta, ventanas pequeñas con separaciones de a cuatro, hechas de madera ya oscura y gastada, con miles de árboles gigantes decorándolas por doquier, que se repiten en series impares y desordenadas, como laberintos, la luna con su luz natural traspasando entre sus troncos antiquísimos, haciendo zig-zag, dando vueltas y vueltas, cayendo hacia la tierra húmeda, y luego de regreso en efecto espejo con las estrellas, infinitas, sin cuenta, eternas. Por el amanecer, se despierta entre hojas secas La Solapa, mujer de blanca vestidura y con la mitad del cuerpo transformado en ave, cuervo, o algún otro plumífero de desconocida providencia, esperando la hora de la siesta diaria, para deshojar sus cantos de garganta de ave, y si se escucha con cautela, además de su canto, se escucha cómo merodea por las enredaderas, por los árboles de pelones, por las copas gigantes de los antiguos verdes, y se va mezclando con los pájaros de pico duro que sobrevuelan las arboledas vecinas, mientras se hace notar, y todos la escuchan, y en una creencia popular los oriundos la aprecian, aunque sea fantasma, porque es cultura, y entonces no hace falta verle para creerle, como no hace falta abrir los ojos para apreciar la belleza infinita que oculta el pueblo y sus habitantes.
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| Río Paraná - Santa Elena - Entre Ríos |

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