Todos van a la fiesta de esa noche. Hay euforia. Y,
si no la hay, el alcohol la hará presente. Luces parpadeando (rojas, verdes,
amarillas) y humo que estorba la vista, entre tacos altos que simulan, piernas
asfixiadas en medias de red o lycra, movimientos de cadera al ritmo de la
música (¿Música?). Hay que acercarse a la oreja del otro y gritar para ser
escuchado, la palabra no varía, pierde valor, sentido y equilibrio, porque más
valdrá y será mejor elogiada la forma en que vistes, llevas tu cuerpo y modelas
tu rostro que si sabes distinguir entre bien y mal, valores de principios, e
inteligencia de sabidurías. Más valdrán
tus curvas que tus neuronas, más siempre en esos lugares valdrá lo que
brilla, pero fuera de ahí, no es oro, más bien es barro. Y llevan (llevo) para
ir, un disfraz, que tardan (tardo)
horas en producir y reinventar según los otros, no ellos (yo), retocando y
cambiándolo, adhiriendo y borrando detalles, hasta insultar a lo que ellos (yo)
son (soy), desperdiciando su (mí) naturalidad, solo para encajar en los moldes
perfectos de gente imperfecta que no lo es, como yo, como él, cómo ella, todos
y todas. No hay diferencias entre los disfraces de uno u otro, ambos tienen en
común la superficialidad, y están hechos para eso mismo: superficies. Si me cubro el rostro con este maquillaje,
tal vez esta imperfección se vaya, piensan (pienso). Y justo ahí, en el
pudor, el ocultamiento y el temor al rechazo (por parte de otros que también
usan ese maquillaje), ahí son (soy) artificiales (artificial): un invento
creado por el hombre y su ambición, a imagen y semejanza de lo que ellos (yo)
creen (creo) que es belleza. Una chica sube su minifalda hasta la cintura y más
allá, otra a su lado se baja el escote del top negro pequeñísimo, para mostrar
atributos. Ruidos de tacos corriendo, miradas deseosas por parte de ellos,
risas cómplices de todas, un silbido se suelta junto con algún que otro piropo
sucio, cada una de ellas quiere que el silbido le pertenezca (¿Por qué?), y la
que se cree demasiado gorda o poco bonita, decide que no es para ella, y nunca
lo será, en ese lugar (¿Y para que lo quería?). Tragos en mano, y cerca de un
millón de neuronas que mueren en una borrachera más, cómo los días en que la
parte del cuerpo más elogiada era el cerebro y no los senos. La canción (el
ruido) se empieza a desoír, comienza a disminuir el tumulto de cabezas, las
botellas de alcohol rotas, algunas con más suerte, solamente vacías, afuera los
besos de turno de amantes se van despegando de las bocas, nuevamente adentro,
las luces parpadeantes se apagan, y el humo molesto ahora es aire seco. La
noche de fiesta termino una vez más. Regresan todos por donde vinieron, y
apenas llegan (llego) a su (mi) habitación, el disfraz desaparece, entonces
respiran (respiro). Pero su (mí) verdadero ser, de seguro llora, porque no se
puede emborrachar el alma.
Y
justo ahí, a las 6 am, como al final de estas oraciones, es que aprendí lo que es
saberse hipócrita. Son (Soy) Hipócritas (Hipócrita).

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