Entre la soledad y estar mal acompañada, prefiero estar
acompañada de la soledad, pero entre líneas cambio secretamente de rol en la
obra de mi vida, y de repente soy alguien que busca besos en quién no busca más
que eso, entonces mis historias de amor son una burla al género y pasan a ser
tragedias románticas en donde la chica se queda sola y el chico se queda con
todas las demás, nunca solo, nada más que mal acompañado. Quizás cuando las
luces se apagan y todos bailamos pegados a otros, no importe la soledad, aunque
estemos mal acompañados por desconocidos, algunos intoxicados, otros falsos, o
incluso enemigos encubiertos con risas y miradas críticas. Entre la fiesta y la
euforia inventada la soledad no importa, la engaño, por unas cuantas horas, y
se va de mí, me río de ella porque no está conmigo, la reemplazo por la música
fuerte, bien fuerte, así aturde todo sentimiento negativo o toda lagrima que
atente a caer. Quizás entre toda aquella pantalla, esa realidad alterna
nocturna que tenemos, la soledad no importe. Pero el dilema es cuando estamos
en silencio con nosotros mismos, solos con la soledad. ¿Qué se hace en ese momento?
Ruidos, quiero ruidos, una voz, unas voces, caras, música, distracción, alguien
o algo. Nunca silencio, por favor. Eso que pasa en la realidad donde cantando
bailo y no canto llorando. Y otra noche, miles de caricias verdaderas fueron
cambiadas por miles de besos traicioneros dados por un pirata del corazón. Sé que en la mañana no recordará mi nombre y
que en la siguiente noche se olvidará del nombre de otra más. Pero es que entre estar solo y mal
acompañado, ¿Quién elije a la soledad?
lunes, 30 de septiembre de 2013
martes, 17 de septiembre de 2013
Pequemos, pequemos
Distráeme luna azul que desvela a los más dormidos
Desnúdame grito eufórico que aturde a los más sordos
Diviérteme canción descartable que levanta a los más caídos
Que hoy no tengo ganas de recordarte
Que mañana no quiero tener ganas de olvidarte
Y siempre puedo cantar y huir de mí,
también de vos
y tu recuerdo cantar,
huír de aquí,
huit de todos.
¿Porque no cantar y vivir dos veces?
Que hoy no voy a sobrepensar
Que mañana no voy a lamentar
Y siempre puedo con todos ser
y siempre puedo con nadie estar
y entre ninguno caminar
y entre todos siempre cantar
¿Porque no cantar y vivir dos veces,
aunque sea a veces?
Pequemos hermosamente esta noche,
porque nada más valdrá
pequemos esta noche
porque esta noche
no volverá
La euforia de hoy no me la quita nadie,
pequemos hermosamente hoy
sin causa aparente
con los hermosos y encantadores
pecados del infierno ardiente.
lunes, 16 de septiembre de 2013
Caminarse
Me aferro a una idea de
lo busco y quiero. Porque ojos que no ven, corazón que inventa. Tengo un
corazón creador de personas, gustos y miedos, y no sé que busco en vos o de
vos. O que busco de mí y en mí. Necesitaría averiguarlo, pero es una necesidad
precaria, sin apuros ni límites de tiempo o lugar, necesito averiguarlo
despacio y de forma suave, cálida, y qué vos me guíes y enseñes el camino hacia
ese lugar indefinido, qué no importa si tiene fin o destino asegurado, lo que
más importa es el camino. Necesito averiguar que necesito, pero es una urgencia
que quiero resolver a un ritmo lento y sin censuras. No es una urgencia veloz que me desespere, es
una necesidad fuerte, porque a la misma vez, me gusta saborear esta intriga de
lo que podría encontrar y conocer en el camino que me muestres. No sé quien
sos. Vos tampoco sabes de mí. Me gustaría conocer más de eso que sé y cuando
conozca todo eso, conocer lo que nadie sabe, ni siquiera vos mismo.
Creo en la frase “para que nada nos separe, que nada nos una”,
porque también, para que nada nos
dañe, que nada nos provoque sentir amor. Y para que nada arruine este camino,
mejor no recorrerlo e imaginarlo perfecto, dejarnos con esa idea, esa noción de
fantasía desconocida. Pero, a veces hay que tomar riesgos, y caminar a pesar de
las sorpresas con anticipos que uno sabe se va a llevar de él camino a recorrer.
Mañana es nunca. Ahora es siempre. Caminemos hoy.
sábado, 14 de septiembre de 2013
Estoy lista. Y es mentira.
Estoy lista para que me rompas el corazón, porque de todas maneras, inconscientemente, mi corazón lo busca; para aprender y crecer aún más que la primera vez que mi corazón se rompió.
¿Este corazón esta sano y listo para seguir en el presente?
¿O este corazón esta roto y condicionado por el pasado?
No.
Este corazón no es un corazón, es mi vida, y dejándote entrar, te ofrezco la posibilidad que a ella la destruyas o acompañes. Hagas lo que hagas, tené en cuenta, que mi corazón no es un corazón, soy yo misma dañada, destruida, reconvertida y nueva, con algo de lo viejo, de lo espontáneamente clásico. Y si rompes mi corazón, me romperás a mi y a lo que soy, que de todas maneras, es lo único que tengo. Además de vos.
Este corazón que tengo yo ahora, es mi vida, mi pasado, mi historia futura, mis deseos íntimos y más que nada mis miedos. Sobre todo mis miedos. No te lo regalo, ni te lo presto, ni te lo entrego. Solo te doy la bienvenida.
Estoy lista para que llegues a mi. Y sí, es mentira.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Capuchas
"Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra que desnuda de ese terror.
Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodistas, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocando como necesidad de las investigación, convierten a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límites y el fusilamiento sin juicio."
Fragmento de la Carta Abierta de un Escritor a la Junta Militar. Rodolfo Walsh, 24 de marzo de 1977.
El ESMA era el centro
de detención clandestino más famoso de la Argentina, entre 1976 y 1983, funcionó desde un principio de Marzo de aquel año y no fue hasta el fin
del oscurantismo que trajo la dictadura militar que dejó de ser un
infierno en la tierra prometida. Los pasillos que conectaban las habitaciones
de los secuestrados-desaparecidos, eran aún más tristes que los pasillos de
hospitales, porque en estos últimos al menos hay lugar para las esperanzas, que se entremeten en las
paredes sucias o se escabullen en las visagras de las puertas, para que no las
limpien ni las borren. En el ESMA, en cambio, las esperanzas no duraban ni la mitad de un
segundo, los patotas las aniquilaban de un soplo, y si
eran muy fuertes, de un balazo. Entonces llegó un momento en que las pocas
esperanzas que acudían a esos pobres, no los visitaron nunca más, por miedo.
Aunque, al fin y al cabo, los oficiales y cabos les tenían más miedo que ellas,
porque las esperanzas hacen que todo circule, y no se
detenga. Y sin ellas, llegó la resignación, luego el abandono, luego la nada
misma de la nada total. Los pasillos se hacían cada vez más angostos, a medida
que ellas se iban, y no regresaban. Solo quedaba oscuridad. Muchos de ellos
esperaban la muerte o el exilio, y la esperaban cómo quién no tiene reloj:
perdidos, desconcertados, nerviosos. ¿Que tenían en común todos ellos? Quizá
nada, nunca antes se habrían cruzado, y no sabían de sus pasados, solo del
presente, que aún así era borroso.
Dórrego
(n° 56) en la habitación 135, con Páez (n° 55) y Ezeméndez (n° 54).
Dórrego
fanático de Gardel. Paéz amante de Sinatra. Ezeméndez era sordo.
Tangos.
Sinatra.
Sordera.
Buenos
Aires.
Córdoba
Mendoza.
La
habitación, lo único en común.
Cada
cual en su mundo encerrado y oscuro, en las celdas de tortura, tan apretadas y
sin aire fresco, se comunicaban por sonidos, rascando la pared o el suelo con
alguna parte del cuerpo que se pudiera mover, o golpeteando el concreto,
suspirando, silbando vagamente, sólo ruidos, que muchas veces no se podían
escuchar porque los gritos o las maquinarias bulliciosas no lo permitían.
Ezeméndez era sordo, les podría haber enseñado a todos ellos cómo se lidiaba
con el silencio absoluto (entre ruidos), si es que el nunca saboreó una palabra
dulce ni extraño una voz ajena. Páez lo envidiaba por eso. Dórrego le tenía
pena, porque él nunca podría escuchar la voz de su hija o su esposa. Supieron
que Ezeméndez era sordo cuando escucharon a los civiles. "El mudito",
le decían. ¿Y si hubiera un no-vidente? "El cieguito". Aunque todos
surgían como ciegos temporales, cerraban los ojos y veían oscuridad, los abrían
y esa imagen se repetía. No había diferencia. Salvo que, con los ojos abiertos
en la oscuridad, surge la desesperación, la necesidad de luz como urgencia, y
surgen las ansias de correr para no ser detenido en el tiempo, y uno comienza a
mirar para un lado y al otro, buscando una mano, una puerta, o cualquier cosa
que lleve a la luz. Uno lo intenta. Menos el no-vidente. Esa oscuridad en la
que estaba inmerso era su luz, porque siempre ignoró lo que es para nosotros luz, claridad, y brillo. Y quizás por eso se sentía menos
acorralado, porque no se tuvo que "acostumbrar" a la oscuridad, él
nació con ella, y no la repudia, quizás la quiere, muy en el fondo, porqué es
parte de él, como su dedo gordo o su nariz.
"El
cieguito" era Molinares (n°120). Tenía el oído más agudo de todos, porque
así sucede cuando la vista no existe. Por eso Molinares era el más
desafortunado de los desafortunados. Escuchaba todo con más espanto. "Roxana, Roxana,
Roxana...", y cada día
con más fuerza, la voz más gastada, más ronca, hasta que un día no lo escuchó
más. Molinares pensó que era un grito de auxilio, pero luego concluyó a que era
un grito de resignación a la muerte, y un ultimo pedido en sus gritos: "Roxana,
Roxana, Roxana...". Con amor. Voz
fuerte, voz algo fuerte, voz tenue, voz liviana, voz cansada, voz pobre y
cansada, voz de últimas voces, y luego, ninguna voz. "Quizás la parca es sorda,
porque ante un grito así no se puede no tener piedad, no se puede..."
pensaba. Ezeméndez ignoraba
gritos, pero podía ver miradas, y esas sí que dan sentimientos por demás, y
siempre diferentes, únicos. Y entonces la
parca era algún súbito de
Massera.
Molinares
(n°120). López (n°121). González (n°122).
Ciego.
Roxana.
Padre y esposo.
Molinares indagó
y supuso que González era ciego, igual que él. Solo así era posible que no
gritara cómo los demás ante la sorpresa de abrir los ojos y ver solo
oscuridad.
Molinares
(n°120). López (n°121). González (n°122).
Ciego.
Roxana.
Posible ciego.
La habitación, lo
único en común.
El ESMA era un
tatuaje no deseado, un lunar, una marca de nacimiento imborrable.
González no era
ciego: no gritaba por una sola razón: si abría la boca, iba a ser para gritar y
llorar el nombre de su mujer (Raquel Rosales) y de su hija (María Julia
González), en medio de ese ambiente de horror y sufrir, el nombre de lo más
importante y sagrado. Por eso no gritaba, porque si se le soltaban sus nombres
de la boca, se irían al aire o a la pared, y allí, los aniquilarían, al nombre
de su mujer y su hija, porque así le hacían a cualquier cosa que diera esperanzas.
lunes, 9 de septiembre de 2013
El lado H
Todos van a la fiesta de esa noche. Hay euforia. Y,
si no la hay, el alcohol la hará presente. Luces parpadeando (rojas, verdes,
amarillas) y humo que estorba la vista, entre tacos altos que simulan, piernas
asfixiadas en medias de red o lycra, movimientos de cadera al ritmo de la
música (¿Música?). Hay que acercarse a la oreja del otro y gritar para ser
escuchado, la palabra no varía, pierde valor, sentido y equilibrio, porque más
valdrá y será mejor elogiada la forma en que vistes, llevas tu cuerpo y modelas
tu rostro que si sabes distinguir entre bien y mal, valores de principios, e
inteligencia de sabidurías. Más valdrán
tus curvas que tus neuronas, más siempre en esos lugares valdrá lo que
brilla, pero fuera de ahí, no es oro, más bien es barro. Y llevan (llevo) para
ir, un disfraz, que tardan (tardo)
horas en producir y reinventar según los otros, no ellos (yo), retocando y
cambiándolo, adhiriendo y borrando detalles, hasta insultar a lo que ellos (yo)
son (soy), desperdiciando su (mí) naturalidad, solo para encajar en los moldes
perfectos de gente imperfecta que no lo es, como yo, como él, cómo ella, todos
y todas. No hay diferencias entre los disfraces de uno u otro, ambos tienen en
común la superficialidad, y están hechos para eso mismo: superficies. Si me cubro el rostro con este maquillaje,
tal vez esta imperfección se vaya, piensan (pienso). Y justo ahí, en el
pudor, el ocultamiento y el temor al rechazo (por parte de otros que también
usan ese maquillaje), ahí son (soy) artificiales (artificial): un invento
creado por el hombre y su ambición, a imagen y semejanza de lo que ellos (yo)
creen (creo) que es belleza. Una chica sube su minifalda hasta la cintura y más
allá, otra a su lado se baja el escote del top negro pequeñísimo, para mostrar
atributos. Ruidos de tacos corriendo, miradas deseosas por parte de ellos,
risas cómplices de todas, un silbido se suelta junto con algún que otro piropo
sucio, cada una de ellas quiere que el silbido le pertenezca (¿Por qué?), y la
que se cree demasiado gorda o poco bonita, decide que no es para ella, y nunca
lo será, en ese lugar (¿Y para que lo quería?). Tragos en mano, y cerca de un
millón de neuronas que mueren en una borrachera más, cómo los días en que la
parte del cuerpo más elogiada era el cerebro y no los senos. La canción (el
ruido) se empieza a desoír, comienza a disminuir el tumulto de cabezas, las
botellas de alcohol rotas, algunas con más suerte, solamente vacías, afuera los
besos de turno de amantes se van despegando de las bocas, nuevamente adentro,
las luces parpadeantes se apagan, y el humo molesto ahora es aire seco. La
noche de fiesta termino una vez más. Regresan todos por donde vinieron, y
apenas llegan (llego) a su (mi) habitación, el disfraz desaparece, entonces
respiran (respiro). Pero su (mí) verdadero ser, de seguro llora, porque no se
puede emborrachar el alma.
Y
justo ahí, a las 6 am, como al final de estas oraciones, es que aprendí lo que es
saberse hipócrita. Son (Soy) Hipócritas (Hipócrita).
viernes, 6 de septiembre de 2013
Memorias
Santa Elena era un pueblito que me llenaba de emociones raras, extrañas, de esas que cuando golpean el cuerpo se quedan marcadas y cuando las sentimos luego de largos tiempos sin haberlas sospechado siquiera, una cosquilla se olea con otra cosquilla y así hasta forma la famosa alegría de encontrarse con lo pasado, que hacía tan bien, y para sorpresa, sigue haciéndolo. Con calles pequeñas y largas, con arboles tan verdes y de flores tan distintas una de la otra, pero tan conectadas, como si estuvieran colocadas de forma estratégica, colgadas por algún viento sin cabellos que molestar, o madre naturaleza ociosa en cada una de esas ramas, y así, una por una, de árbol a árbol, las flores armaban un máximo degradé de colores y texturas; en algunas veredas predominaban las flores oscuras, y entonces el degradé se volvía azulado o verde agua, aunque en otras, el blanco en los pétalos predominaba, y se juntaba con el rojo tal vez, y entonces surgía un rosa viejo. Hay para elegir calles según el estado de ánimo, aunque a menudo el simple atardecer (y me atrevo a decir simple, pues de simple no tiene nada en su belleza magnifica) visto desde aquel acantilado cerca del Río Paraná, donde el aroma a río se despertaba en las narices, era un paraje perfecto para reavivar el asombro en lo cotidiano que tenía el hecho natural del sol escondiéndose detrás del horizonte y de las calmas aguas azules oscuras. El amarillo, que mientras pasan los segundos se vuelve sutilmente naranja, y así hasta llegar a un rojo suave, golpea en las pupilas tan fuerte que parece que aquella distancia infinita de años luz que separa ese astro luz divino de los antros anatómicos humanos, se reduce a centímetros nada más. Y si el viento acompaña y la brisa es tibia, no fría ni caliente, si no tibia, que abraza, el ambiente es un edén para pobres que no les alcanza para el boleto de los lujos más finos, pero menos acogedores, lujos de plástico, lejanos, más materiales y artificiales, por lo tanto, menos naturales y únicos que un atardecer. Para contribuir con el paraíso, está La Olla, una fantástica flora verde, como una colina con inclinación hacia abajo, que da la alusión de olla, de piscina natural sin agua, o de tazón para sopa. Era otro lugar característico; cercana a ella también estaba una gran cruz de hierro gris y sólido, de altura prominente, a centímetros de un acantilado. La Olla esta en el medio de una rotonda de asfalto, y los turistas encaminados hacia el río que pasan por allí, se detienen a admirar el verde fresco y paran a tomar mates en los bancos ansiosos de que los visiten de vez en cuando, aunque, lo más interesante, según dicen de oído a oído, como un teléfono descompuesto comunitario, es visitarla durante la madrugada, cuando la marea del río sube, los puestos de pulceras artesanales se desvisten en veredas, las plazoletas son iluminadas por la nada, y las calles gozan de un silencio particular, aunque si es fin de semana, algún que otro borracho persigue las lineas del asfalto y se ríe de cómo se vuelven curvas. Una mujer de blanco terciopelo, algo dañada por los años, con el pelo negro de costumbre Argentina, morocha cómo le dicen, con cara desesperada, pide aventones a los automóviles que se pasean por la rotonda vacía. Quizá es una zanata infantil, pero no faltarán jamás los curiosos que intentan comprobarlo, sin éxito al final, porque tal vez la señora lea pensamientos u olfatea curiosos que necesitan ver para creer, y todos saben que esa filosofía molesta a los fantasmas. Las cabañas que se adentran en el bosque dan una sensación de película americana; con el techo en punta alta, ventanas pequeñas con separaciones de a cuatro, hechas de madera ya oscura y gastada, con miles de árboles gigantes decorándolas por doquier, que se repiten en series impares y desordenadas, como laberintos, la luna con su luz natural traspasando entre sus troncos antiquísimos, haciendo zig-zag, dando vueltas y vueltas, cayendo hacia la tierra húmeda, y luego de regreso en efecto espejo con las estrellas, infinitas, sin cuenta, eternas. Por el amanecer, se despierta entre hojas secas La Solapa, mujer de blanca vestidura y con la mitad del cuerpo transformado en ave, cuervo, o algún otro plumífero de desconocida providencia, esperando la hora de la siesta diaria, para deshojar sus cantos de garganta de ave, y si se escucha con cautela, además de su canto, se escucha cómo merodea por las enredaderas, por los árboles de pelones, por las copas gigantes de los antiguos verdes, y se va mezclando con los pájaros de pico duro que sobrevuelan las arboledas vecinas, mientras se hace notar, y todos la escuchan, y en una creencia popular los oriundos la aprecian, aunque sea fantasma, porque es cultura, y entonces no hace falta verle para creerle, como no hace falta abrir los ojos para apreciar la belleza infinita que oculta el pueblo y sus habitantes.
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