“Mi amor, la
libertad es fiebre, es oración, fastidio y buena suerte”
Ser un eterno melómano desenfrenado por siempre, era la
parte de mi mismo mas autentica, y por eso, quizás, más destacada y verosímil. Yo
no estaba caóticamente enamorado de la música, mejor dicho, para ser sincero
frente a mi locura, yo no solo estaba así de loco por ella, sino de todo lo que
suponía la melodía de un acorde de guitarra, de un solo de batería, de la
transparencia voluminosa al son de un saxofón, o la resaca de tristezas que me
desentrañaban las notas de un bajo. Mi retiro espiritual no era hacer
penitencia, y mis oraciones no eran para nadie más que la música. El ritual
casi obligatorio del volumen alto, como mis probabilidades de que las ganas de
vivir se me vinieran encima. Yo no usaba audífonos, yo esparcía como un mago
profesional por todas las cuadras de la ciudad, el sabor autentico e
irrepetible que produce cantar las letras más impresionantes con la voz
desafinada pero el sentimiento mas desprendido del alma misma. Las letras de un
compositor, nacen solo cuando se reproducen en una boca ajena, que de voz a voz
arma sin querer una reunión irrepetible en pasión y desenfreno junto a los que
se convocan por si solos. No importaran las zapatillas, o si vienen descalzos,
con uñas sucias o pintadas, si visten de negro o si prefieren llevar el blanco,
que se pinten la cara o que transpiren por los poros limpios, que se peinen a
un costado, para atrás, o que vengan despeinados. No importara y nunca lo hará,
los defectos o virtudes, porque la pasión y la locura compartida, que se lucha
saltando, gritando, empujando, dando vueltas salvajes y volando pensamientos,
es más que eso a lo que los reporteros llaman “pogo”, o "concierto musical", es más que un eufemismo
para el verbo mas al azar ocurrido. Es un tsunami de amnesia mundial, es un
respeto sagrado pero sin reglas, es un encuentro multifacético y a la misma vez
tan simple como el hecho de que existan los sonidos y las voces se aturdan de
placer con otras voces tan desconocidas como preferidas. Yo no amo mi música,
yo soy mi música, y a la misma vez, mi música no es mía, ni de nadie, es de
todo aquel que permute tristezas, soledades, euforias, amores, u odios llenos
de coraje, por encuentros desapercibidos e increíbles, que resultan sentir, ser
y vivir lleno de la música del aire, de los tímpanos aturdidos, de las
desafinaciones con sentimiento, y el goce ficticio y magnifico de las melodías desencadenadas
que llenan el alma porque si.
Testimonio de un loco anónimo.

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