"Si esto es una
despedida, lamento decirte que yo no voy a saludar con la mano desde lejos
cuando te estes yendo a algún destino desconocido e inventado..."
Aprendí a la fuerza que el amor es la lucha constante, y que
a veces nos lastiman los del otro arsenal, los de afuera, aunque otras nos
lastiman los que creíamos que estaban de nuestro lado, los nuestros. La
debilidad es el mayor síntoma de un enamorado, es así que a menudo las personas
se aprovechan de tu fragilidad para construir su propia falsa fuerza
sentimental. A grandes rasgos nuestras despedidas nunca se concluyen y a veces
son nuevos comienzos, siempre nos terminamos por encontrar en algún punto
imaginario en que la razón y el corazón arreglan una tregua por segundos que
convertimos en siglos. Si llegamos al punto final de la historia, sin darnos
cuenta y sin querer, continuamos escribiendo capítulos juntos. Mi mano siempre
busca tu mano y si no la encuentra, se la inventa en sensaciones porque en otra
no se encuentra la sanación instantánea que le brinda la tuya. Ni nuestras
manos se saben despedir, ni nuestros brazos, ni nuestras miradas, y mucho menos
nosotros. Nuestras despedidas son simulacros que nunca se recrean en la
realidad, a veces eso es bueno, otras no tanto. Si esta vez de verdad nos vamos
a despedir, solo házmelo saber de alguna forma, así, cuando vea tus ojos antes
de que sea la última vez, sepa de antemano que ya no miran para mi lado, que tu
boca no habla para mi, que tus brazos no rodearan mi espalda jamás, y que si te
vas, te vas por mí. Despedite de mi todas las veces que quieras, pero ese algo
que dejaste en mi, ese suspiro, ese acorde, ese roce, esa mirada, ese algo seguirá
creyendo que las despedidas entre nosotros no existen, y no son más que copias
baratas de un adiós traspapelado y de mentira.
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