jueves, 16 de mayo de 2013

Memoria-laberinto



Ella- “Juro que todavía creo sentir cuando me miraba y a los pocos segundos, el sonreía como nadie me sonreía en todo el mundo. Me miraba y yo no era nada más que su mirada, yo era eso y nada más, era su mirada. Así, seguro que yo me sentía bonita, porque  yo era su mirada y nada más placentero a la vista que su mirada. Aunque nada más triste que no tenerla más y yo no ser sus ojos. Y no, no, no quiero ni imaginarme cuando su mirada sea de alguien más, y mire a otra como me solía mirar a mí, ahí dejare la esperanza de volver a esa identidad perfecta que era su mirada, porque ya no será siquiera mía en pensamientos, ya no robare su mirada por no tener dueña, porque ya será de otra, de otra afortunada dueña de lo más placentero que es él”.                                                                                                                         

¿Para qué recordar cosas que ya no existen? Recordar hace anhelar pasados que en su momento no creímos que se convirtieran más que en memorias, y que por eso la apreciación de las miradas y palabras del otro, o incluso gestos pequeños como un abrazo, no era tan grande. Aquella vieja frase, de que “uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, tal vez sea algo simplemente interminable, que no se pueda evitar, algo inevitable. ¿Para qué se recuerda? Se recuerda para revivir el dolor y aprender de él,  para recrear alegrías y no decaer, para sentir lo que tanto nos gusto sentir, para acordarse de lo que es parte de la vida y no se puede negar, por más malo que sea. Para eso se recuerda, para pensar dos veces cuando nos sentimos arrepentidos de lo que pasamos o de lo que no pudimos hacer que pase. Se recuerda para echar un vistazo a lo que fuimos y a lo que ahora somos con ello. Convivir con los recuerdos, saber recordar, no es nada fácil. A veces, en algunas ocasiones, recordar los dolores no es lo más placentero, porque ¿a quién le gusta recordar fracasos o corazones rotos? A nadie. El truco radica en prestar atención y sacar lo positivo, lo bueno de lo malo, de los errores, de los sufrimientos, de los fracasos y de las despedidas. Llorar al recordar los dolores no es signo de debilidad, es signo de que somos conscientes de la realidad, somos realistas a la hora de aceptar el engaño, las decepciones, e incluso los errores que cometimos nosotros mismos. Ser realista a la hora de recordar es importante. Quizás nunca haya nadie que se atreva a recordar por voluntad propia lo malo que hay en sus memorias, es por eso que el recordar golpea de repente y sin avisar, y al tomarnos de improviso, no hay tiempo de ser realistas, ni positivos, ni condescendientes, ya que tan solo nos predisponemos a ser ese pasado, a sentir el pasado como si nosotros fuéramos él, y que no nos podamos sentir nosotros, ni llegar a hablarnos, ni vernos, solo somos recuerdos y nada más que eso. No podemos librarnos del recordar, porque los recuerdos están en el único lugar del cual no podemos huir: nuestra mente. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario