viernes, 30 de octubre de 2015

El testigo mudo


Suerte que no eres mudo. Suerte que aun tengo la dicha de oírte. Suerte que puedo mirarte por sobre toda la gente y todas las cabezas. Apenas te escucho entrar, llegas y algo se modifica. Suerte que no soy sorda. Suerte que aun te alcanzo en silencios mutuos y te pierdo en palabras dirigidas hacia otros. Calma el alma el hecho de pensarte, alcanza para vivir aquí, desde mi soledad, con el solo hecho de saberte existiendo felizmente. No sé para qué, pero para algo alcanza. Mirarte a los ojos sin poder mirarte y entonces mirarte testigo. Como quien mira una escena del crimen, como quien analiza desde lejos un delito, como quien se disfraza de mil formas para encontrar al culpable dentro de una novela de Agatha.
Mirarte es prohibido pero tenerte aún más.
Mirarte y oírte. Verte cada día paseando por mis ojos, a veces te miro, otras te me apareces. Oírte cada día e indiscutiblemente, oírte de fondo u oírte testigo. Me fascina oírte cuando hablas de aquella tu pasión, ahí si, es imposible no escucharte y ya no es castigo. Pagaría fortunas para que me hables de tus pasiones, de tus dos pasiones, de todas tus pasiones. Pagaría aún más para ser testigo cuando triunfes a la par de ellas y te consagres como siempre quisiste y como a menudo temías nunca llegar a hacerlo. Mirarte y escucharte cuando seas lo que antes querías ser de grande. Mirarte de soslayo cada día es observar como dentro tuyo se retuercen tus pasiones y casi sin saberlo ya eres eso que quisieras ser.
Mirarte es que se me acelere el corazón y oírte es recordarte dentro de el.

Vivir cada día conviviendo con vos puede parecer tortura, puede parecer poco, puede parecer nada, después de todo. Pero hay algo que ni vos ni nadie sabe: me alcanza. Me alcanza mirarte. Me alcanza oírte. Me alcanza, desde lejos, muy lejos, cada día, ser testigo. Me alcanza que vivas para saber que vivo.

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