sábado, 13 de julio de 2013
Anatomía
Somos las soledades nocturnas, las lagrimas tiradas sin testigos, las miradas hacia el techo en medio de la oscuridad, los suspiros profundos por la distancia o el olvido, los pensamientos dolorosos que se repiten adentro, lo que hacemos las noches melancólicas y en vela, las canciones que nos llevan al pasado.
Quizá no hay mayor expresión de lo que somos que nuestro cuerpo y mente en las noches, allí, en la oscuridad, cuando no hay nadie, nadie mas que la noche, allí es cuando despierta en nosotros la verdadera identidad. Las personas tenemos una extraña manera de lidiar con el dolor, en especial por las noches, y hablo de los dolores del corazón, como la partida del otro, el miedo a no poder olvidar, o que nos olviden, el descubrimiento de la verdad o la traición de la mentira. Aquellos dolores que se sienten sin querer, y son inevitables. Tenemos una característica tendencia masoquista hacia el dolor, siempre retrocedemos hacia aquel acontecimiento devastador que nos lo provoca. Buscamos recapitular aquel momento, o lugar, melodía o sabor, una y otra vez, hasta el mismo cansancio, que nunca aparece. A veces, aquel recuerdo, es inevitable, pero, cuando no es así, las personas buscamos revivirlo de cualquier manera, relacionando cada imagen, palabra o sonido, con aquel momento.
Es curiosa nuestra forma de hacer duelo, quizá sea por nuestra capacidad de recordar, de volver al pasado con tal facilidad, somos una especie que cura el dolor con mas dolor, que calma la tristeza volviendo a la causa de esa consecuencia. Somos recuerdos, no somos personas. Y, quizás, si no tuviéramos recuerdos, no seriamos lo que somos, solo seriamos cuerpos humanos vacíos, que viven el día a día sin dolor, pero no disfrutan tanto la felicidad porque no conocen el castigo de la ausencia.
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