Menuda sorpresa se había de llevar la madre de Alejandra Grossi.
Testaruda, tan testarudamente ella, que nadie discutía sobre como cambiar su
pesado temperamento de terca y rezongona. En la calle Alcatraz, en el zaguán de
una de las casas de enfrente al hogar de la familia Grossi, la madre de la
jovencita vio lo irremediablemente extraño pero seguro. Lo vio todo, ahí en ese
zaguán lleno de telarañas, pintado de un celeste casi verde, con un pequeño
foco blanqueando las dos cabezas de esos tortolitos. La madre de Alejandra, de
la jovencita de unos 15 años, dueña de
los ojos mas verdes y puros, vio el amor observable, real, en alguna
extraña forma de personas, de labios, de bocas, de miradas y sonrisas. Aunque
ella no supiera, esa era la segunda vez que ese encuentro peculiar ocurría en
su vida. Tal vez el ultimo, o tal vez no. Entre muchas peleas y discusiones, y miles
“dejame ir a verlo”, “tengo edad para amar a alguien”, “no tenes idea de cuánto
me duele no estar con él”, o amenazas como “me voy a ir lejos con él”, la
señora nunca vio nada más que un capricho de tonta ilusa por parte de su hija
que, por poca experiencia de vida, iba a terminar sufriendo o algo peor.
Desde ahí, su ventanita de vidrio esplendido, los vio, a ellos dos, a su hija y al muchacho, sin querer queriendo, por casualidad inexistente. Vio los mechones rojo terciopelo de la cabellera de Alejandra, el pelo oscuro como la oscuridad del joven, ambas cabezas enfrentadas entre narices, muy cerca y sonriendo más que nunca. En un momento, soltó la escoba que sostenía. Vio, en primer plano, como se besaban en los labios. Una pasada memoria la golpeo de sorpresa. Recordó como quien ve una foto, o película, borrando todo el plano real que estaba a su alrededor, a su difunto marido y su primer beso. En su hija se vio ella y en el muchacho vio a su alma gemela. Fueron cuestiones de segundos, en los que supo, inevitablemente, que eso era amor. Era amor o era amor, porque esa memoria nunca había golpeado a ella de tal manera irreal, repentina, y extraña. Sonrió. Esa fue la segunda vez que se encontró al amor, en forma vivida y clara. Pero no, no fue la última, el ultimo y tercer encuentro con el verdadero amor, lo tuvo recién 9 años después, cuando vio los ojos mas verdes y puros, de su nieta recién nacida.

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