Le deje todo. Bueno, al menos casi todo. Me deje
incompleta para darle eso que una vez fue mío, todo lo que una vez fui yo, pero
que ya no me pertenecía, desde ese día que nos conocimos, ya no era mío. Yo no era mía.
A medida que mis lagrimas caían, me
estaba cayendo yo misma en el. En la primera mirada. En el primer abrazo. En el
primer beso. Todo comenzó desde hace tiempo y no me había dado cuenta hasta
ahora. El tomaba mi mano con fuerza, y yo me daba cuenta de que no lo iba a
dejar ir aunque las lágrimas siguieran. ¿Por qué? La respuesta: Nadie la sabe.
Tal vez sí. O tal vez no. ¿Quién sabe si alguien la sabe? Al menos yo, no. El
tampoco. Al mirarnos de lejos, como yo nos imaginaba sin espejos, sin escrúpulos,
ahí, vulnerables a todo lo que el otro haga, insípidamente atrapados en algún lugar
que inventamos en nuestros ojos mismos. En nuestros brazos. En nuestros labios.
Al mirarnos, yo, yo me daba cuenta, y cualquiera que nos haya visto, tal vez el
aire o esa almohada de su cama, o la misma pared que si sintiera lloraría como
yo, que ninguno sabia el porqué de nosotros, o de lo que nos hicimos nosotros.
Al fin y al cabo, a ninguno de los dos nos interesaba. Lo inexplicable era lo único
real. Lo que menos se podía describir con palabras, era lo que más se sentía con
el corazón. Y no solo con el corazón, también con el alma, con los ojos, con
los brazos, con los labios, con todo.
De vez en cuando encontraba esa respuesta que
nadie sabía, pero al rato la perdía, porque pensaba en el. A veces nos miraba
desde arriba, como quien mira una foto vieja, con algo de añoranza y
desconsuelo propio de lo que fue pasado y no se sabe si en el futuro estará, o
si en el presente es seguro, y ahí, cuando nos miraba desde cualquier ángulo,
como si yo no lo estuviera mirando, abrazando, besando, como si fuera otro,
como si yo fuera invisible a nosotros mismos, como alguien, simplemente
alguien, o tal vez yo misma admirándonos, ahí me daba cuenta de que no había algo
mas insípidamente inexplicable que nosotros. Nadie lo sabía. Tal vez sí. O tal
vez no. La verdad no sabía si alguien lo sabía. A esta altura ya no importa,
porque, a fin de cuentas, yo ya no me puedo recuperar. Ya no me puedo salvar.
En realidad, yo no quiero. No me importa existir, o si de verdad existo, o si
nada existe, porque solo existo cuando estoy a su lado. Existo y soy una
desaparecida de la vida. Es algo, como dije, inexplicable. Yo no quiero recuperarme
porque estoy perdida con él. Tal vez ya me salvé, ya me recupere yo misma, dejándome
ir. Dejando yo misma de ser mía (Que ironía) dándole mi todo, o mí casi todo,
para que esa carga, esa carga que soy yo para mí misma, se libere y me deje así
perdida. Sin identidad. Extraviada por la vida misma. Y que él me guarde y solo
me deje ser mía, me deje salir, cuando estamos juntos.
En síntesis, o en resumen, en un pequeño resumen
de palabras inexplicables que no debería de decir porque de sentido carecen y
de sentimiento quedan muy pequeñas, yo estoy perdida sin él. Sin exageraciones
porque la única exageración es que su mirada, o sus brazos, o sus besos, sean así
de inexplicables como que yo no exista.
[Posdata:
No me dejes nunca. Nunca. Si, se que esa palabra no existe en ningún lado, tal
vez solo en mi inexplicable inexistencia. Pero, al menos, pretendamos que si es
real, para siempre y no me sueltes las manos nunca de los nunca.
Posdata II: Tus manos. Eso mismo, si, exacto, me olvide de decir, tus manos son el único lugar en el que me encuentro sin perderme. Pero solamente, las tuyas, ningunas otras.]
Posdata II: Tus manos. Eso mismo, si, exacto, me olvide de decir, tus manos son el único lugar en el que me encuentro sin perderme. Pero solamente, las tuyas, ningunas otras.]

Es increible lo que escribís hermana!
ResponderEliminarGracias amigo!
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