miércoles, 13 de febrero de 2013

Destiempos en la soledad



Había unos truenos a lo lejos, se escuchaban resonantes entre los tumultos que causaba la tristeza, pero ella no les dio importancia. La lluvia le caía y recorría sin detenerse cada fasicula viviente y ardiendo de su piel quemada de tantas llamas sin apagar y sus restos imaginarios de cenizas. Ya con llagas ahí estaba, con los ojos cerrándosele, entre abiertos. Porque ya no aguantaba. No quería ver la realidad. No quería verlo a él. Quería tirarlo al mar, ahogarlo como sus ojos se ahogaban en lágrimas y sus iris se volvían rojos. Lagrimas de lluvia, sin sabor, no como ese gusto agridulce que tiene amar o lo que es peor, amar desesperadamente. Sin consuelo más que mirar a esa persona a los ojos. Lo quería ahogar tanto, que de hacer muchos intentos se ahogo ella misma. Se asesino sin asesino.
En el puente más colgante de la vida estaba, y abrió los brazos, ahí cerquita del muelle. Estaba descalza, sintiendo la inevitable realidad de estar sobre el suelo. Miro para arriba y dejo que la lluvia sea el único consuelo para la tormentosa fantasía de lo que nunca va a pasar fuera de su mente inhóspita. Dejo que la lluvia la rebalsara. Le caían gotas de cielo por las mejillas, por los labios, por la punta de la nariz, por las yemas de los dedos, por el cuello, hasta por la sien. Por ella enterísima. Y ahí estaba, gritando en silencio. Nadie la escuchaba. Él era el único que podía, porque él era ella. Y ahí lloraba, y no se sabía si estaba. Nadie la veía. Él era el único que podía. Pero el, ERA. Precisamente… ya no ES.

Se sienten más relámpagos. El gris se apodera de todo. El negro de sus ojos. Sus brazos sin los de él. Y no sabe de dónde agarrarse. Quizás si desplazara sus pies un poco más adelante, y se dejara caer en algún que otro vacío  todo se terminaría. Pero; en el quinto estruendoso trueno, en el más fuerte, que interrumpió sus pensamientos y sucumbió hasta las yemas de sus dedos, el vino corriendo hacia ella. Se oían sus pasos firmes y desesperadamente rápidos.

La abrazo por detrás, mientras ella, aun indiferentemente hipócrita, mantenía su compostura de brazos abiertos, cual golondrina en plena pesca, y cabeza al cielo como quien no quiere mirar nada. En un momento, ella lo tiro hacia atrás para que se corriera, se dio la vuelta en posición normal, para al fin verlo, abrió los ojos llorosos y le dijo casi gritando:

-“Soltame. Si me vas a dejar, no amagues, decidite, soltame de una buena vez.”

Y él, sollozando y enseñando una pena falsa le dijo a los ojos:

-“No quiero. No quiero dejarte. O lo que es aún peor, mucho peor, es que no puedo. Te necesito.”

Ella le dijo más de cerca, bien a la altura de la nariz y los labios, con una violencia algo rencorosa para decir algo tan hermoso y sincero:

-“Llora conmigo, entonces. Porque te amo y de verdad. ¿Sabes cómo sé que mi amor por vos es sincero? Porque te he llegado a odiar tanto como para desear no amarte

Y ahí estaban. Amándose en silencio. Nadie podía sentirse más que ellos. Eran los únicos que podían. Porque ellos ahora, SON. Precisamente, ya no ERAN. Se besaron. Se besaron hasta que se formo un eterno ciclón por dentro de ellos, con truenos, rayos y relámpagos. Ahora lloraban gotas de cielo porque se amaban de verdad. Pero ahora, juntos. Con los pies firmes a la realidad que transformaron en fantasía. Y no más con ganas de tirarse de la vida al vacio, porque se llenaron de todo ellos. Juntos.


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