Había unos truenos a lo lejos, se escuchaban resonantes
entre los tumultos que causaba la tristeza, pero ella no les dio importancia. La
lluvia le caía y recorría sin detenerse cada fasicula viviente y ardiendo de su
piel quemada de tantas llamas sin apagar y sus restos imaginarios de cenizas.
Ya con llagas ahí estaba, con los ojos cerrándosele, entre abiertos. Porque ya
no aguantaba. No quería ver la realidad. No quería verlo a él. Quería tirarlo
al mar, ahogarlo como sus ojos se ahogaban en lágrimas y sus iris se volvían rojos.
Lagrimas de lluvia, sin sabor, no como ese gusto agridulce que tiene amar o lo
que es peor, amar desesperadamente. Sin consuelo más que mirar a esa persona a
los ojos. Lo quería ahogar tanto, que de hacer muchos intentos se ahogo ella
misma. Se asesino sin asesino.
En el puente más colgante de la vida estaba, y abrió los
brazos, ahí cerquita del muelle. Estaba descalza, sintiendo la inevitable
realidad de estar sobre el suelo. Miro para arriba y dejo que la lluvia sea el único
consuelo para la tormentosa fantasía de lo que nunca va a pasar fuera de su
mente inhóspita. Dejo que la lluvia la rebalsara. Le caían gotas de cielo por
las mejillas, por los labios, por la punta de la nariz, por las yemas de los
dedos, por el cuello, hasta por la sien. Por ella enterísima. Y ahí estaba,
gritando en silencio. Nadie la escuchaba. Él era el único que podía, porque él
era ella. Y ahí lloraba, y no se sabía si estaba. Nadie la veía. Él era el único
que podía. Pero el, ERA. Precisamente… ya no ES.
Se sienten más relámpagos. El gris se apodera de todo. El
negro de sus ojos. Sus brazos sin los de él. Y no sabe de dónde agarrarse. Quizás
si desplazara sus pies un poco más adelante, y se dejara caer en algún que otro vacío todo se terminaría. Pero; en el quinto estruendoso trueno, en el más
fuerte, que interrumpió sus pensamientos y sucumbió hasta las yemas de sus
dedos, el vino corriendo hacia ella. Se oían sus pasos firmes y
desesperadamente rápidos.
La abrazo por detrás, mientras ella, aun indiferentemente hipócrita,
mantenía su compostura de brazos abiertos, cual golondrina en plena pesca, y
cabeza al cielo como quien no quiere mirar nada. En un momento, ella lo tiro
hacia atrás para que se corriera, se dio la vuelta en posición normal, para al
fin verlo, abrió los ojos llorosos y le dijo casi gritando:
-“Soltame. Si me vas a
dejar, no amagues, decidite, soltame de una buena vez.”
Y él, sollozando y enseñando una pena falsa le dijo a los
ojos:
-“No quiero. No quiero
dejarte. O lo que es aún peor, mucho peor, es que no puedo. Te necesito.”
Ella le dijo más de cerca, bien a la altura de la nariz y
los labios, con una violencia algo rencorosa para decir algo tan hermoso y
sincero:
-“Llora conmigo,
entonces. Porque te amo y de verdad. ¿Sabes
cómo sé que mi amor por vos es sincero? Porque te he llegado a odiar tanto como
para desear no amarte”
Y ahí estaban. Amándose en silencio. Nadie podía sentirse más
que ellos. Eran los únicos que podían. Porque ellos ahora, SON. Precisamente,
ya no ERAN. Se besaron. Se besaron hasta que se formo un eterno ciclón por
dentro de ellos, con truenos, rayos y relámpagos. Ahora lloraban gotas de cielo
porque se amaban de verdad. Pero ahora, juntos. Con los pies firmes a la
realidad que transformaron en fantasía. Y no más con ganas de tirarse de la
vida al vacio, porque se llenaron de todo ellos. Juntos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario