El hombre promedio no sabe percatarse de los cambios estacionales que cada año acondicionan su hogar, su patio y su ciudad; cada regreso, cada equinoccio o solsticio recupera la sorpresa de aquella primera vez en la que experimentó el calor, el frío, el viento y las flores. Y se queja de las altas temperaturas, del frío abrasador, de las hojas en su vereda y la reavivada del amor. Se queja y se asombra, lo comparte con sus pares, lo comenta con el taxista y el kiosquero; le hizo poemas en diferentes épocas y le construyó recuerdos en su memoria episódica, incluso tiene determinados comportamientos que se adecúan a tales marcos del termostato y la atmósfera: es liberal, se autoexcuye en una especie de hibernación, se enamora o desprecia al amor y juega junto al viento la llegada de la ausencia. El hombre promedio tampoco nunca llega a percatarse de los amaneceres o de los atardeceres; mucho menos de los ciclos de la maravillosa luna; y a tales episodios también les ha adjudicado acciones similares como las de las estaciones: se sienta en la playa maravillado a ver el sol o sale desaforado a mirar la luna cuando está más grande (al parecer) que nunca.
De tal forma, es de esperarse que el hombre tampoco sepa reconocer la magia de una buena compañía cuando se le presenta, y que años después quizás tampoco reconozca haber menospreciado, tratándose entonces de convencer que este nuevo encuentro es un hito completamente distinto al anterior. Menuda sorpresa habrá de llevarse cuando reflexione sobre sí mismo, que el hecho de nunca perder su emoción hacia las estaciones no está tan mal. Así como no existe nunca un mismo verano, tampoco sacuden nuestras vidas las mismas compañías. A veces las asemejamos, comparamos y excluimos de acuerdo con nuestros recuerdos de un pasado mejor o deplorable, tanto a las estaciones como a las personas que nos visitan. A menudo no sabemos reconocer las estaciones y tampoco sabemos reconcocer el comienzo de un nuevo amor. Lo importante y lamentable aquí es que la relación que reúne a todos estos hechos en convergencia es un aspecto común: la estategia de continuidad del ser.
Por supuesto que de no mantener este espíritu jamás podría existir la continuidad de la vida misma, debido a que siempre el pasado manejaría las memorias del presente para generar al futuro inmediato.
En definitiva, el hombre nunca deja de asombrarse frente a tales hechos porque le conviene olvidar y comenzar de nuevo, aún con hechos tan naturales y cíclicos como los de una estación del año o astros en el cielo.
De manera evocativa, el hombre olvida compañías para seguir buscándolas y salvarse el propio exilio. Borra de su vida a quien le borró para desprenderse del pasado y poder progresar continuamente.
Nunca serán los mismos los sabores de aquel primer verano cuando niños y tampoco será el mismo el sabor de una nueva compañía que la antigua, estos son objetos irrepetibles; sin embargo, respecto al hombre concluiré: buscamos constantemente revivir aquella primera vez.
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