06/01/15
Ya sé que esta carta la vas a leer quizá, después de que me veas. Con mucha suerte antes, pero dudo. Igualmente, la escribo para rellenar este espacio vacío entre la solitud, la necesidad urgente de dormir (no por gusto propio sino por obligación mayor), el exceso de cosas por decir, las ganas de llamarte porque seguramente la tormenta va a seguir.
Hay un principio científico que se le denomina
Principio Holografico, no creo de verdad que importe quién lo postuló o cómo se
llegó a eso (con todo respeto a Hawking y Christodoulou). Dicho principio dice,
a lo criollo, que el grandioso y complejo universo en el que vivimos, en el que
las supernovas son deslumbrantes y los astros se visten de distintos colores,
ése, es un universo que no existe. Puede resultar chocante como un insulto en
medio del silencio. Puede resultar paralizante o inquietante. La verdad es que
explicado suena más increíble que doloroso (no sé a vos pero ya me basta con
que "los colores no existan"). El universo sería no más que un plano
de forma bidimensional que es interpretado como tridimensional, es una realidad
que sólo interpreta realidades de dicha tridimensión. Es decir, la tridimensión
que creemos que somos y que todo es, en realidad es una tridimensión
interpretada, y todo lo que es y somos, es un holograma (lo bidimensional de
este dilema). La palabra holograma quizá nos suene a algo artificial y por ende
no sería algo que le adjudicaria a la naturaleza del universo y todo lo que se
incluye en ese conjunto estelar. Al menos yo no. Entonces quizá la vida sería
triste si todo esto fuera una telaraña colgando de la palmera más alta, si todo
esto fuera la boca de un gato blanco bostezando, si todo esto fuera un diente
de león cayendo y volando, si todo esto fuera un grano de arena en las playas
más calmas. Me alegra y aterra decir que las posibilidades son infinitas. Pero
no hay como la belleza que hay en la duda y el beneficio de elegir, de la dicha
de las improbabilidades, de la certeza de los destinos y de las mágicas
coincidencias. Quizá lo que exista sea lo que anhelamos que así sea, y aquello
que no está en los confines más oscuros (como los de la mente del ser vivo),
recién ahí, cuando no es pensado ni sentido, no existe. Lo irreal es lo que no
existe. Pero no hay una sola forma de existir. Sé que las estrellas de cinco
puntas y los corazones con forma redonda no existen. Pero se qué existen en el
cielo las estrellas y que es el amor todo. Dentro de las mil millones de
improbabilidades vivimos y vamos esquivando hechos obvios, vamos pensando en
otra cosa, ignoramos lo que nos toca el hombro y hacemos oídos sordos al hacer
nuestro propio destino. Quizá te comparto este principio porque nunca nada me
aterro y alegro tanto a la misma vez, y sería incapaz de mostrarme tan ridícula
hablando sobre la existencia y el universo, con otra persona. El amor también
aterra y alegra al mismo tiempo, dentro de sus inconclusos términos, y de sus
azares codiciosos; existe porque lo deseamos con todo el corazón y no hay forma
de que no exista algo que ya existió.
El amor aterra de impenetrable,
incomprensible e improbable, y alegra de ínfimo infinito e inimaginable.
Aún cuando todo eso sea ponerle tres cucharadas de azúcar a su café con leche,
cuando todo eso sea esperar en una guardia toda una madrugada, cuando todo eso
sea taparle los pies porque es terca y no usa medias, cuando todo eso sea
llevarle un agua a la cama, cuando todo eso sea llamarlo sin avisar o besarlo
de imprevisto. En la mente o en la vida, en todo momento, en cualquier parte,
en alguna cabeza de por ahí o en el alma del que tenes al lado, el universo
existe, los colores también, las mariposas viven cien años, el sol es eterno, y
el amor, es para siempre.
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