jueves, 17 de marzo de 2016

Almas


1997

Han pasado ya muchos tiempos. Tiempos, con ese de soy yo quien te escribe, porque el tiempo es relativo y cada porción de él es infinita: han pasado ya muchos momentos, muchas celebraciones, muchos fracasos, muchos días, dirían en la tierra. Pero me gusta decir que evidentemente, ha pasado algo y ese algo que ha pasado sigue siendo pasado: estamos en el futuro anterior y en el presente continuo. No sé nada de usted hace tiempos, y quizá más. Lo que se de usted, lo sabía de su boca. He tratado de recolectar el ultimo rastro de información que poseo de su vida y esto mismo es lo ultimo que me dijo en aquellas ultimas noches de encuentros solitarios. No sé donde vive, ya no sé su número, no se dónde está, no sé si tiene una plaza o una estación de servicio al frente, si tiene un kiosco cerquita o tiene que irse hasta el centro cuando le agarran antojos de algo dulce, no sé ni siquiera si esta en el centro o lejos de los suburbios, no sé si le va muy bien o bien (mal no entra entre mis posibilidades, usando el criterio empírico; usted es genial), si está feliz, más o menos, o triste, no sé si tiene amigos buenos o amigos malos, no sé si se levanta a la mañana o a la tardecita, no sé nada de su nueva vida y mucho menos de lo más importante dentro de esa vida misma: usted.
No sé nada de usted.
Y ahora déjeme decirle a vos:
Resulta extraño pensar que ya no me acuerdo muy bien la forma en la que hablabas, o caminabas, o te parabas para pensar, o te enojabas o te reías.
Aunque, pensándolo bien, ahora que nombre todos estos aspectos, si me acuerdo (se me han venido a la mente entre que los enumeraba).
Quizá, entonces, refutándome, lo que no me acuerdo es lo que había verdaderamente detrás de todo lo que competía a vos y de qué forma me hacía sentir eso también.
Quizás te recuerde como quien recuerda a un personaje de su serie favorita, pero ya no recuerda la emoción con la que esperaba que sea la hora de que la pasaran en la tele y la aún más fuerte felicidad con la que la veía.
Debo admitir que a menudo intento traer de nuevo, volver a pasar por el corazón, intento remembrar vívidamente todo esto que ahora te digo que no logro recordar completamente. Al principio cuando lloraba por vos, podía fingir que te abrazaba y, dependiendo el llanto, sentirme mejor o sentirme peor: pero sentía, te sentía, te podía recordar con toda yo.
Quizá, después, o incluso ahora, si te lloro, no podría sentirte. De hecho, es verdad: no puedo sentirte.
Ya no te puedo abrazar,
ya perdí la proximidad escasa que tenía con vos,
quizá la última que quedaba:
la proximidad espiritual.
Este acontecimiento no creo yo haya sido un acto espontáneo,
pienso más bien que fue algo progresivo que se fue revocando dentro de mi alma y la tuya; quizá, dentro de la unión onírica de nuestras almas, la que experimentaron, formaron y construyeron ellas cuando nos amábamos de tal forma:
no pienso que haya otra manera en la que dos almas puedan conectarse, ya que el odio, su antítesis, corrompe cualquier puente o conexión, y el amor supone unión y entendimiento con el otro que amo y me ama: incluso con el que no lo hace también.
El amor no destruye sino mas bien el odio corrompe.
Por ende, nuestras almas solo pudieron, a mi criterio, haberse conectado a través del amor que te tenía, me tenías, y nos tuvimos; el amor que sentíamos, o que éramos.
Puesto que así es que ellas mismas fueron desvaneciendo su lazo,
aún cuando nosotros seguíamos juntos, quizá, comenzaron a descomprimirse y desaparecerse, ni vos ni yo las controlamos independientemente (cabe aclarar que lo que vengo diciendo hace un par de párrafos no tiene sentido ni valor literario si acaso vos no crees en el alma, las energías y el espíritu).

Pero aún cuando seguimos separados, quizá de alguna forma nuestras almas siguen encontrándose en las noches de luna llena en las que sentimos (sin querer, al mismo tiempo, a la misma hora) que el pecho se nos oprime sin razón alguna. Encontrándose entre las sombras, rompiendo las barreras de lo prohibido, siendo al fin, por nosotros, valientes y abrumadoras, soñantes almas encontradas que asumen lo verdadero y no se dejan engañar por la razón, quizá toman sus miedos, temores, tristezas y enojos y se prometen aquel amor eterno que no pudi(ste)mos prometer(me)nos: toman sus manos y sellan su amor hasta la muerte misma. Quizá ellas viven, en secreto, la vida que no pudimos y el futuro que jamás tendremos. A menos que usted se aparezca por esa puerta y yo lo mire a los ojos como la primera vez después de nuestro primerísimo beso: nuestras almas sonreirían porque al fin ganó el amor y no la razón…y se besarían apasionadamente antes de que finalmente podamos saludarnos como si fuera ayer.

Sé que nuevamente, no va a contestar esta carta...pero yo seguiré mandándoselas hasta que sin tinta  (amor) se me quede el corazón: jamás.

No hay comentarios:

Publicar un comentario