lunes, 1 de septiembre de 2014

Reencarnación


Bien que podría haber espiado por la otra ventana, pero no, mire hacia la ventana de la izquierda; ya tosco era el ambiente y en el yo me deslizaba, tratando de esconderme de la miseria, tratando de pasar desapercibido en frente de ella, para que no me tome de la mano y me invite un café en plena madrugada, pero que de discusiones habría de tener con Miseria, todas para que me deje libre, para que ya no le resulte apetitoso, mezquinarle azúcar para el café, o mirarla con desatino, serian mis planes. Día a día me camuflaba entre inviernos, y de un otoño, un eterno otoño irremediable, un otoño que no es plural sino un lamentable singular otoño estación. Las idas y vueltas al hospital, los meses de vida y larga vida a los calmantes, las miradas de ida, las muecas lastimosas, y un tibio mediodía lleno de allegros y penurias de violines. Un pianoforte en la entrada de la casa, su antigua academia de música, las partituras elegantemente posadas sobre el roble lustrado de polvillos, el sol rebotando hacia las finas teclas de blanco mármol, luego a por el título encuadrado de mecanografía del 75’, y por ultimo a un tímido cuadro, que antes se lucía en las paredes celestes de la habitación, ahora medroso detrás del sillón forrado de cuero grisáceo, ¿cómo habría resultado aquel destino trágico?, ¿cómo del fotógrafo entre codos disparando la cámara, pasaría al cuadro firme y mediano en blanco y negro listo para salir de la tienda en los brazos míos, y de allí a lucirse en las paredes? Ahí a esperar el cuadro para que el primero en entrar vea como aquel perfecto pliegue era precioso, como aquella punta era divina, y de que forma la graciosa belleza resaltaba el arte del movimiento artístico que era bailar refinadamente; por último, de esa instancia magnifica, pasar el cuadro a tímido mostrarse olvidado detrás del sillón principal, mostrarse oculto, vislumbrándose solo aquel aristocrático peinado francés de la dama protagonista de la fotografía.                            
Murmurando desperté, había soñado o más bien divagado, tiempo inestable, por lo que escatimaba la lumínica actitud que despierta el sol que abre paso al recibimiento del nacer de las pequeñas flores rosas, con rocío intentan respirar al son de las nubes, tratan de, al contrario de mi actitud, hacerse notar entre todas las flores, para que los rayos las conquisten y respirando puedan seguir, sin embargo, aunque pocos se percataban de esta gran batalla, inclusive algunas veces yo mismo, ellas seguían allí, firmes, al igual que el árbol de frutos que la esquina del patio cursaba su violenta y a veces, entre vientos y densos calores donde no sopla ni un suspiro, amena vida silvestre, seguían allí ellos decorando el patio trasero de la casa, como la primera vez que los plantamos. Murmurando por lo bajo, luego del baño y la cocina, el gato cirquero logro entrar por la ventana, y lo seguí hasta la ventana de la izquierda, y allí me detuve, entre la tela mosquitera y la hasta la mitad puesta cortina azul, la ventana a mi favor, me dio la vista perfecta, y yo aún seguía con mi plan de quedarme adentro leyendo el diario viejo debajo del televisor, pero debía seguir esos pies inocentes, debía seguirlos como aquellos seguían descalzos el camino marmolado de cemento y piedras que atravesaban el jardín, como aquellos rozaban sin aparente dolor alguno el suelo y firmes en la tierra estaban, en el cemento pisaba el pie plano, y yo debía seguir aquel par de pies planos, aquellos pies que aún no habían conocido ni un tercio del mundo, que aún no habían pisado sus confines destinados, aquellos pies casi de bebes, pero a la vez, pies maduros, pies decididos, pies planos y llanos al igual que quien los portaba con clase y altura; sigilosamente, y sin hacer ruido, me escabullí hacia el comedor principal, atravesé la puerta, la puerta de tela mosquitera que con llave estaba, y una vez en el jardín trasero, me vi desnudo frente a ese tosco mundo frente al cual había querido pasar desapercibido, ahora el veía mis vergüenzas y yo veía sus deleites, unos pasos hacia la derecha, y llegaba al sendero de cemento que cruzaba en diagonal, no sin antes pasar por la mesa gigante del patio, resguardada por la enredadera hogar, y allí, el sendero, y allí, los pies se me sintieron sin callos, los pies se me sentían libres del sudor del hacinamiento, los pies se me resplandecían de inocentes y aunque no eran planos eran pies descansados, pies nuevos, un par nuevo de pies, unos pies temerosos del camino, y las piernas que los portaban a su vez se sintieron aún más aliviadas, eran más flacas, más lampiñas, con menos carga de la gravedad, eran menos densas, sorprendentemente las mismas cualidades compartía ahora el torso, delgado, ni tan descuidado ni tan tallado a mano, y hasta las manos ahora podían sentir más, hasta ellas parecían tener menos lagunas tridimensionales, lucían menos laboriosas y más predispuestas a ser aún menos ásperas y arrugadas, pero los pies, aquel soporte plural, los pies calzados míos estaban, pero aquellos pies desnudos no pude entrever entre las hojas de las plantas altísimas, seguí el sendero, el corto sendero donde debía encontrar los pies planos, y no conseguí victoria, me propuse ahora sí, caminar por la continuación del sendero, por detrás de las plantas altísimas, que más que senderos eran una certeza de laberinto escondido, caminaba con mis nuevos pies, y continuaba caminando, parecía que ahora la noción del tiempo se desvanecía como debajo de mis ojos se desvanecía el cansancio, y continuaba caminado, hasta que encontré los pies, estirados como truncando mi camino, solo las piernas y los pies se notaban, con un aire a sorpresa pude encontrarme con los ojos sanos, con aquellos ojos felices que ya no recordaba, y con la fina tez de un ángel que solo deja sentirse cuando dormido se queda tendido a tu lado, y una laguna morena espesa que caía hasta la cintura, virgen laguna espesa y morena repartida en hilos que en tumultuosas ondas caían hacia un abismo que, a pesar de ser abismo, resistía la caída de la laguna, y la mantenía delicadamente hasta la cintura, para dejarse lucir, entre curvas recién nacidas y un torso, ahora sí, tallado a mano. Tomando mis palmas y las suyas, quiso probar la veracidad de ese encuentro ahora ya no más encuentro sino victoria, la había vuelto a encontrar, ahora inocente, dulce, prematura y primeriza, se denotaba en la sonrisa que las peripecias aun no eran colectivas y que los dolores se podían calmar con melodías de piano, que los sueños florecían en las mejillas rojizas y que bailando se podía ahuyentar al mismísimo dolor; ambos nuevos y ambos pies limpios, pero una pequeña diferencia, ella no sentía las piedras del sendero lastimarla aunque estaba descalza, no sentía mi palma verdaderamente, y no podía apreciar el frio entre los lunares de sus brazos desnudos, porque no sentía la molestia y no podía sentir, pero allí se lucia, y yo me lucia, y ambos encantados de volvernos a conocer, no hablo ni una sola palabra, al principio solo me pareció digno de la sorpresa, asi que no le tome importancia y solo me deje llevar por ese brazo aventurero que corría por el sendero del patio, detrás de las plantas altísimas, y yo vivaz corría detrás de aquel brazo y la portadora vestida de un blanco mármol, que daba aire a tecla de piano, corríamos a ritmo y paso por el sendero, y ella reía y yo reía porque no había razón para no reír y correr al mismo tiempo, como tiernos infantes que huyen de algo que todavía no conocen, de un enemigo que aún no tienen, de un lugar del cual todavía no se quieren ir, quizá yo quería huir, pero ella no podía, asi que quizá solo quería volver, como entre las plantas y el sendero del patio habíamos vuelto a ser puros y castos, a brillar las dentaduras y a lucir la epidermis sin venas superpuestas, habíamos vuelto al reencuentro y al encuentro con la misma inocencia digna del impúber, y seguía corriendo, y la laguna arriba cerca de la cintura rebotaba en un vaivén animado, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, y volteaba a verme y a seguir riendo, y corriendo, hasta que en un momento se detuvo, casi cuando el sendero ya se proponía terminar en la tierra mojada del patio y las flores rosas, se inmovilizo, dejo de correr, no piso la tierra nueva, y se quedó en el asfalto, me hizo posicionarme enfrente de ella, posar mis pies cubiertos en la tierra mojada, y ahora ella detrás de mí, me cubrió los ojos con las palmas de sus manos, y escuche el mismo último suspiro que había escuchado aquella vez en la habitación blanca y tosca de hospital, donde conocí por primera vez el sentimiento de vacío, donde aquel último suspiro llego a mis oídos desde la habitación hasta la sala de espera, y, casi sin darme cuenta, largue un suspiro anticipando las futuras noticias, su último suspiro, cargado de pena y silencio eterno, volvieron a escuchar mis oídos ahora nuevamente desgastados, mis pies ahora con callos y áspera piel, mi torso ya nuevamente descuidado y malgastado por el clima y los años, toda mi totalidad perdió inocencia alguna a raíz de aquel nuevo último suspiro que implícitamente era el mismo último suspiro que soplo en la habitación, solo que ahora volvía a golpear de mis lóbulos a mis tímpanos, y apenas el aire caliente de la respiración y el sonido tenue llegaron dentro mío, sus palmas sobre mis parpados ya no estaban, di la vuelta, y no había silueta alguna, solo estaba el sendero y las plantas altísimas, y yo parado sobre la tierra mojada, nuevamente añejado, en el patio trasero de la casa. Volviendo del sendero intente localizar nuevamente el milagro, pero ya la fe no me encontraba y yo no encontraba sus pies descalzos, nulos de dolor y años, recorrí el camino exacto unas seis veces, y a la séptima, rendido volví por el sendero hasta la puerta de tela mosquitera, saque la llave de mi bolsillo, la abrí, luego pase la puerta de madera, y nuevamente adentro estaba, aturdido por el clima ahora surtiendo efecto en el cuerpo, me senté en el sillón de cuero gris pálido, ahora ya en la academia, de frente, el pianoforte se percibía solitario, y en un intento desesperado de hacerlo sentir tocado, lo observe con recompensa, y al final una sonrisa que dignificaba su buen trabajo, había sonado durante décadas, y le había dado a la casa un aire sofisticado, pero fuera de lo estético, las melodías que sonaban en las tardes en la academia, no solo tocaban las paredes celestes, sino también las plantas altísimas del patio, las flores recién nacidas, los pequeños cuadros de la estantería, y el espacio entero, hasta llegar a los rayos del sol que cada mañana rebotaban en la academia entera. Observando el pianoforte, me levanto del sillón para irme, cuando veo que un rayo encandila una tímida pieza detrás del mueble grisáceo, una luz potente llegaba hacia el rostro de la fotografía, me agacho para tomarlo, y allí estaba de vuelta, esos pies inocentes y limpios, esos pies tibios y fuertes, que soportaban peso y carga, pero que no decaían, y en aquella pubertad no solo había madurez sino también elegancia, pero aun asi, la dulzura, la ternura en esa esencia pura dejaba entrever que aún era lozana. El reencuentro en el sendero había sido un intento de redención, un último vistazo a la limpieza de su cutis y el candor de sus pupilas, un encuentro celestial con su alma, no su cuerpo, porque su cuerpo ya no estaba, por lo que tampoco sentía y por eso descalza no percibía el dolor; un cruce con aquellos tiempos máximos de los tiempos en donde nuestras inocencias coincidían y podíamos ser nosotros mismos, caminar juntos, sentir nuevos dolores e ir perdiendo acompañados aquella frescura en la sana actitud. Un reposo dentro del caos, una tregua entre la pérdida y el dolor, una máxima redención desesperada para que en un simple acto, yo concluyera en la más efímera y sensible acción, de volver a situar la fotografía en su lugar, en lo más alto de las paredes celestes de la academia, arriba de la ventana principal, tome la pequeña escalera del galpón, y subí, casi hasta el cielo, para que la dulce bailarina volviera a su oriundo lugar, de donde nunca se supo ir y de donde nunca la debí bajar, me fui de allí, satisfecho y sorpresivamente calmo con el reencuentro con ella, dándole un significado útil a aquello que no tenía posible explicación, porque apetecemos de la relevancia y no podemos convocar que la razón no encuadre a la realidad. Pase el cuarto contiguo a la academia, con la escalera pesada en brazos, feliz de haber hecho mi cometido; paso a la cocina y de allí vuelta a pasar la puerta de madera, y luego la puerta de tela mosquitera, y de allí al patio, me dirijo hacia el galpón del fondo, al lado del árbol principal, y dejo la escalera entre los escombros y latas olvidadas de pintura, el gato paso por mis piernas y volvió a entrar a la casa, animado nuevamente por mi impulso de no permitir que consiga entrar, lo persigo y se posa en la ventana de la izquierda en la pieza matrimonial, y, entre la tela mosquitera y la cortina azulada, veo sus ojos negros felinos, su pelaje moreno y su rostro inocente lleno de júbilo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario