domingo, 17 de agosto de 2014

Naturaleza muerta


Pese a que las ramas acompañaban, bien sabia yo que más que nada estaba solo. O quizás yo mismo me impregne esa condición  desde pequeño. Nadie nace con nadie, todo pasa, hay que soltar y no atarse. Pese a esos monólogos tan convincentes que rozaban lo político, pese a que a veces la gesticulación y las miradas al párpado intentaban dar certeza y precisión, resulte ser el apego mismo, el eterno buscador de un principio y más sincero enemigo de las despedidas, no todo pasaba, no todo era superficies, de hecho, nada era así, todo iba más allá, yo siempre quise ir más allá, adonde se pierde esa condición de raciocinio. Las damas negras continuaban ingresando en el vestíbulo, con sus caras refinadas de tanta mueca, y sus hijos, con aquel toque especial en los ojos que a veces se perdía entre las lágrimas o la comida fría, que a veces era un respeto natural porque el otro no sonríe, y eso, en el mundo de los pequeños, es fatal. Afuera, el mundo parecía tenue, el mundo era un espacio desgraciado por la subjetividad, al igual que la vida, el mundo sólo daba su mejor cara para todos, brillaba el sol y hasta el viento frío desapareció para abrirle paso a la nueva primavera, los árboles cantaban y de pie vivían, y debajo de la tierra las almas perdidas eran pura zanata, solo las raíces gobernaban allí, se disputaban guerras entre aquellas y ocasionalmente tanta majestuosidad no encontraba lugar para brotar, ni para crecer, pero de pie vivían y debajo luchaban, para de pie vivir y que la muerte se endulze y se desvanezca cuando las garras de aquel nuevo gorrión posaran sobre la rama más baja, que la muerte se aleje y burlescas las raíces creciendo continúen. Recuerdo aquel día estar en el Lapacho blanco, el otoño no dejaba hoja quieta y el mar de texturas y colores llenaba el patio central de la casa. Entre aquel amarillo maravilloso, el naranja se adueñaba del paraje, y un tímido rojo sangre intentando notoriedad no llegaba a ser colectivo, pero en su escasez había una cierta especialidad. De repente, el rojo se vuelve tumultuoso, pegajoso y líquido, es cantidades colectivas en la alfombra y en las hojas, cae de la rama y cae de la sien, y casi sincronizando con una ventisca fuerte en el Lapacho, el ruido ensordecedor llega a mis tímpanos débiles. Esa calma que anticipa la verdad, es calma que acalla la locura, esa calma que antecede la cúmulonimbus. El cielo se endurece y cae un pequeño pedazo en forma líquida, hasta que la caída se hace plural y las gotas se vuelven un lago, que ahora ya dentro de la casona es una metáfora rojiza, y afuera es un traslúcido charco. 
El pájaro llega al nido, ve a su madre caer de él, ve como de la rama cae fallecida y sin aparente razón sucumbe. Sus ojos ayer le parecían cortados, pero hoy ya no ve sus ojos, en cambio, se queda inmóbil en el nido, tratando de comprender porque ahora es cuando y el porqué de su perecer, pero inmóvil solo consigue vértigo y un sabor amargo de vacío. La casa vacía, el nido vacío. La sombras de las damas de negro siento venir hacia donde estoy, me asombra el hecho de que me hayan encontrado. Me miran y algo aparentemente implícito en su mirada me explica que, por educación, hay que volver adentro. Alejo mi vista del nido del pobre pájaro solitario en su nido, y en una ultima ojeada observo que en sus ojos todavía hay vacío, al igual que en su nido. Me toman del brazo las damas de negro, me escoltan lejos del Lapacho, y me sorprende su poco tacto al no notar que el ver a mi madre en su descanso final no es mi mayor deseo, que quisiera quedarme al lado del Lapacho y el pájaro huérfano, pero no, me escoltan hacia adentro, forzado a observar solo un cajón de cedro español y sombras de negro. 

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