jueves, 24 de noviembre de 2016

Las mariposas viven cien años


06/01/15

Ya sé que esta carta la vas a leer quizá, después de que me veas. Con mucha suerte antes, pero dudo. Igualmente, la escribo para rellenar este espacio vacío entre la solitud, la necesidad urgente de dormir (no por gusto propio sino por obligación mayor), el exceso de cosas por decir, las ganas de llamarte porque seguramente la tormenta va a seguir.

Hay un principio científico que se le denomina Principio Holografico, no creo de verdad que importe quién lo postuló o cómo se llegó a eso (con todo respeto a Hawking y Christodoulou). Dicho principio dice, a lo criollo, que el grandioso y complejo universo en el que vivimos, en el que las supernovas son deslumbrantes y los astros se visten de distintos colores, ése, es un universo que no existe. Puede resultar chocante como un insulto en medio del silencio. Puede resultar paralizante o inquietante. La verdad es que explicado suena más increíble que doloroso (no sé a vos pero ya me basta con que "los colores no existan"). El universo sería no más que un plano de forma bidimensional que es interpretado como tridimensional, es una realidad que sólo interpreta realidades de dicha tridimensión. Es decir, la tridimensión que creemos que somos y que todo es, en realidad es una tridimensión interpretada, y todo lo que es y somos, es un holograma (lo bidimensional de este dilema). La palabra holograma quizá nos suene a algo artificial y por ende no sería algo que le adjudicaria a la naturaleza del universo y todo lo que se incluye en ese conjunto estelar. Al menos yo no. Entonces quizá la vida sería triste si todo esto fuera una telaraña colgando de la palmera más alta, si todo esto fuera la boca de un gato blanco bostezando, si todo esto fuera un diente de león cayendo y volando, si todo esto fuera un grano de arena en las playas más calmas. Me alegra y aterra decir que las posibilidades son infinitas. Pero no hay como la belleza que hay en la duda y el beneficio de elegir, de la dicha de las improbabilidades, de la certeza de los destinos y de las mágicas coincidencias. Quizá lo que exista sea lo que anhelamos que así sea, y aquello que no está en los confines más oscuros (como los de la mente del ser vivo), recién ahí, cuando no es pensado ni sentido, no existe. Lo irreal es lo que no existe. Pero no hay una sola forma de existir. Sé que las estrellas de cinco puntas y los corazones con forma redonda no existen. Pero se qué existen en el cielo las estrellas y que es el amor todo. Dentro de las mil millones de improbabilidades vivimos y vamos esquivando hechos obvios, vamos pensando en otra cosa, ignoramos lo que nos toca el hombro y hacemos oídos sordos al hacer nuestro propio destino. Quizá te comparto este principio porque nunca nada me aterro y alegro tanto a la misma vez, y sería incapaz de mostrarme tan ridícula hablando sobre la existencia y el universo, con otra persona. El amor también aterra y alegra al mismo tiempo, dentro de sus inconclusos términos, y de sus azares codiciosos; existe porque lo deseamos con todo el corazón y no hay forma de que no exista algo que ya existió. 
El amor aterra de impenetrable, incomprensible e improbable, y alegra de ínfimo  infinito e inimaginable. Aún cuando todo eso sea ponerle tres cucharadas de azúcar a su café con leche, cuando todo eso sea esperar en una guardia toda una madrugada, cuando todo eso sea taparle los pies porque es terca y no usa medias, cuando todo eso sea llevarle un agua a la cama, cuando todo eso sea llamarlo sin avisar o besarlo de imprevisto. En la mente o en la vida, en todo momento, en cualquier parte, en alguna cabeza de por ahí o en el alma del que tenes al lado, el universo existe, los colores también, las mariposas viven cien años, el sol es eterno, y el amor, es para siempre.




domingo, 13 de noviembre de 2016

Principio y continuidad


El hombre promedio no sabe percatarse de los cambios estacionales que cada año acondicionan su hogar, su patio y su ciudad; cada regreso, cada equinoccio o solsticio recupera la sorpresa de aquella primera vez en la que experimentó el calor, el frío, el viento y las flores. Y se queja de las altas temperaturas, del frío abrasador, de las hojas en su vereda y la reavivada del amor. Se queja y se asombra, lo comparte con sus pares, lo comenta con el taxista y el kiosquero; le hizo poemas en diferentes épocas y le construyó recuerdos en su memoria episódica, incluso tiene determinados comportamientos que se adecúan a tales marcos del termostato y la atmósfera: es liberal, se autoexcuye en una especie de hibernación, se enamora o desprecia al amor y juega junto al viento la llegada de la ausencia. El hombre promedio tampoco nunca llega a percatarse de los amaneceres o de los atardeceres; mucho menos de los ciclos de la maravillosa luna; y a tales episodios también les ha adjudicado acciones similares como las de las estaciones: se sienta en la playa maravillado a ver el sol o sale desaforado a mirar la luna cuando está más grande (al parecer) que nunca.
De tal forma, es de esperarse que el hombre tampoco sepa reconocer la magia de una buena compañía cuando se le presenta, y que años después quizás tampoco reconozca haber menospreciado, tratándose entonces de convencer que este nuevo encuentro es un hito completamente distinto al anterior. Menuda sorpresa habrá de llevarse cuando reflexione sobre sí mismo, que el hecho de nunca perder su emoción hacia las estaciones no está tan mal. Así como no existe nunca un mismo verano, tampoco sacuden nuestras vidas las mismas compañías. A veces las asemejamos, comparamos y excluimos de acuerdo con nuestros recuerdos de un pasado mejor o deplorable, tanto a las estaciones como a las personas que nos visitan. A menudo no sabemos reconocer las estaciones y tampoco sabemos reconcocer el comienzo de un nuevo amor. Lo importante y lamentable aquí es que la relación que reúne a todos estos hechos en convergencia es un aspecto común: la estategia de continuidad del ser. 
Por supuesto que de no mantener este espíritu jamás podría existir la continuidad de la vida misma, debido a que siempre el pasado manejaría las memorias del presente para generar al futuro inmediato. 
En definitiva, el hombre nunca deja de asombrarse frente a tales hechos porque le conviene olvidar y comenzar de nuevo, aún con hechos tan naturales y cíclicos como los de una estación del año o astros en el cielo.
De manera evocativa, el hombre olvida compañías para seguir buscándolas y salvarse el propio exilio. Borra de su vida a quien le borró para desprenderse del pasado y poder progresar continuamente. 
Nunca serán los mismos los sabores de aquel primer verano cuando niños y tampoco será el mismo el sabor de una nueva compañía que la antigua, estos son objetos irrepetibles; sin embargo, respecto al hombre concluiré: buscamos constantemente revivir aquella primera vez.