Matar al ídolo de un saque, matarlo de a muchos, en parvada, en una muchedumbre desenfrenada que acepta que está perfecto. Defender al ídolo más allá del bien y del mal, el otro extremo. Pero matar al ídolo supone, en una sociedad 2.0, matarlo de a poquito, formar parte de ese saqueo al status, saber que de alguna forma formas parte de esa matanza. Quizá lo matas junto a los demás porque pensas que es preferible antes que defenderlo. O quizá lo defendes porque es el que está en el póster de tu pieza o en el corazón de tu viejo que te inculcó el fútbol real. Quizá no soportamos que Carlos Tévez se compre una casita (y averiguamos la moneda exacta que abonó) que supere el valor que la nuestra porque es el ídolo popular. Por ende, a mi humilde entender, todo ídolo esta dispuesto a morir. Acepta tal reposo en la sociedad y es conocedor que será asesinado cuando menos se lo espere. En el marco del fútbol, matar o dar la vida a Tévez (en el contexto de la fecha) significa, en el primer caso, reprender una conducta antideportiva e incitada por la violencia en donde no ingresa moral alguna sino más bien las reglas del juego que pretenden ser iguales para todas. Si, incluso para el ídolo. Desde la muchedumbre se interpreta, se imagina, encima de su cabeza, una coronita, puesto que el fervor para que se cumpla con su penitencia es mayor: justicia social en el marco de la regla. En segundo lugar, el hecho de defender al ídolo significa nada más y nada menos que besar el póster, que seguir al uno mismo, puesto que la matanza del ídolo se aferra a la multitud. La defensa del ídolo en medio de una multitud enojada no es más que sórdida lealtad. Yo no le creo a Tévez, me dijo. Esa sonrisita compradora, se piensa que se la seguimos creyendo, siguió diciendo. Y pensé, ¿no es que acaso lo quieren matar porque representa ya un modelo imposible de humildad? Puesto que Tévez siempre representó eso, dentro y fuera del fútbol. Quizá Tévez trasladó esa profesional humildad hacia su carrera y sin querer queriendo terminó en el pedestal con más ayuda y gente haciéndole piecito con la mano.
Messi, por su parte, intentó lo mismo pero su prestigio radica más en la grandeza sobre su calidad de futbolista. Lionel era el ídolo idóneo en el póster que se besaba más por deseo de igualar que por orgullo de observar. Aunque él no lo quisiera. Nunca decidió hacerse cargo de aquel rol de ídolo que la gente le otorgó, y eso dió bronca. En el marco social Messi siempre fue el hijo del medio. El genial y brillante hijo del medio que necesitaba equivocarse para no hacerse cargo de aquel talento inhumano, para no poner a los demás hermanos celosos. El dedicado hijo del medio que ganaba con la sonrisa entre amigos europeos y que sufría entre familia argentina porque allí decidía equivocarse. ¿Está condenado al fracaso acá por nuestras tierras por una inconsciente necesidad de fracasar y no llegar finalmente arriba? Y es que, al fin y al cabo, es el hijo del medio.
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