miércoles, 16 de julio de 2014

Le quattro stagioni


"Solemnemente, Marcel. Se dice s-o-l-e-m-n-e-m-e-n-t-e". Y cada vez que me equivocaba cuando leía me acordaba de el. "Solemnemente". Aunque sea hoy se mi nombre, y si me pierdo en las calles se que siempre alguien me busca. Pero solo se mi nombre. Y que se dice "solemnemente". Es tan extraño que ella me mire y yo no sepa de que me habla, es tan extraño que en sus ojos haya amor y en los míos no haya nada. Roza mi hombro y noto que lo hace tal como una madre o una hermana mayor rozaría hombros. Con calidad, con caridad, con fina estampa de roce. Un roce que dice tantas cosas...un roce que estimula y en realidad solamente quiere gritar "quiero que te acuerdes de mi". Pero no me acuerdo, perdón, no me acuerdo. Quisiera acordarme y poder rozar tu hombro para gritarte mudamente "estoy acá", pero no puedo. Solo me abstengo a mirarte desde lejos, muy lejos, y cuando trato de gritar o que el roce salga a cazar tu hombro, la voz se me detiene y el brazo se me paraliza. Tampoco recuerdo esa canción que una y otra vez me cantas, como un intento desesperado de himno nacional, como un intento brusco y violento, intento de los mas desesperados intentos, de que recuerde siquiera la melodía y me ponga a bailar o cantar. Pero apenas ahora recuerdo la melodía. Se me pierde entre el silencio que mi cabeza experimenta a la noche, porque entre la noche y el día no se en que o en quien pensar. Solo obtengo de ella vaivenes en los que logro cazar un recuerdo, pero como soldado herido vuelvo sin ese tesoro, que a veces es tu mirada, que a veces es la melodía Otoño de Vivaldi, seca, tiesa, tensionada, un desgarrador grito desde el alma destrozada, que a veces es el olor de tus panes en Domingo. Vivaldi. Solo recuerdo Vivaldi. Y "solemnemente". Pero ahora ya no se quien es Vivaldi. Me suena a nombre de profesor de música. Pero ahora ya no lo puedo recordar. ¿Ves a lo que me refiero? Solo consigo recordar "solemnemente". Y eso quizás a veces me basta. Mi mente se divierte con esa palabra y arma sonetos, y poesías, y otras palabras, y le inventa un sonido, un color, un peso, un sabor, a esa sola y única palabra: solemnemente. Me hace escuchar un sonido leve de violín, y de a poco, entra entre los violines aparece el único e irrepetible color amarrillo, que sabe a una pera recién nacida, que liviana entre mis manos no pesa mas que una hoja de otoño, hoja débil, y de repente la prosa se adueña de la pera y la recorta hasta hacer de ella la mas hermosa poesía. Ayer me llevaron a pasear, me llevo a pasear, me llevaba del brazo como si no supiera caminar, de hecho ya no se como lo hago, solo muevo los pies en un sutil intento de escapar de sus brazos, pero hoy no, hoy necesito apoyar mi codo- Quisiera poder gritarle a Ana que me quiero ir de este lugar que soy yo, quisiera poder gritarle a Ana que acá estoy, que no me fui, que nunca me iría de su lado sin avisarle. Perdón Ana, perdón Ana, perdón. Perdón por esa vez que te grite, perdón por esa vez que no te lleve a Cancún cuando estábamos en la cuna de nuestro amor, perdón Ana, perdón por todo Ana, quisiera poder decírtelo. Ana me sostiene con su brazo enterísimo y eso es amor para mí, es lo único de amor que tengo hasta hoy, y eso me basta, me basta que me tomes del brazo izquierdo, que me hagas un té de hierbas, que escuches mi silencio y que soportes que no te dirija la palabra en todo el día. Ni una sola palabra. Ni un gesto de cariño. Nada. Perdón Ana. Es un hermético otoño, tan hermético como mi forma de ser, pero sé que por más que yo sea un sistema cerrado, siempre por algún hueco de ese universo tan mío, logras entrar, como una supernova que abarca casi todo ese espacio infinito…conseguís empaparme ese espíritu liberador y auténtico hasta por el hueco más pequeño, haces que ese fatuo espacio oficinal y tan a raja tabla se convierta en un tibio útero de primeriza. 

Me indicas con el índice como la hoja cae. La observo mientras sos mi guía; el árbol es muy alto y desde lo más alto cae la hoja, una de las tantas que prematuramente, con la llegada severa del otoño, sucumbe. Ya deja de sostenerse a esa rama firme y tiesa, esa rama que siempre fue su apoyo, esa rama acogedora, esa rama su único lugar en el mundo. Con la llegada severa del otoño, sucumbo. Ana me mira con desesperación, quisiera que su última imagen fuera la de una sonrisa, pero a cambio recibo sus lágrimas empapando mi rostro. Ana dejó de señalar la caída perfecta de la hoja suicida, y sus manos me apretaron fuerte los hombros, en un atroz intento de que no me deje caer. Pero al igual que la hoja que ya en el piso está, ya en el suelo estoy. Dejo mi rama, mi apoyo firme y tieso, dejo mi hogar, dejo mi único lugar en el mundo: Ana. Escucho como grita mi nombre, como hace de mi nombre el único sonido no apacible en ese bosque entre hojas secas y arboles altísimos. "Marcel". Y en un último recuerdo de mi vida, recuerdo: "Solemnemente, Marcel. Se dice s-o-l-e-m-n-e-m-e-n-t-e". 

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